PARASHAT VEZOT HABRAJA: cuando los hermanos dejan de competir

Concluimos nuestra sagrada Torá. Moshé Rabenu continúa -fiel a su estilo- de pie y llevando hacia cada tribu de Israel su bendición, la de un hombre simple que alcanza la condición de “Ish ha-Elokim”, “el hombre del Todopoderoso”.


No es simple llegar a esa condición que, además de indicar proximidad, nos habla de confianza, solemnidad, espiritualidad y sabiduría sin igual. “Be-jol betí neemam hú”, nos había dicho sobre él El Creador. Si hay un hogar en lo más recóndito que abarca al Todopoderoso, en ese hogar solo uno es el más creíble, confiable, fiel y Moshé Rabenu, nuestro maestro, es esa persona.
Por lo tanto, su bendición no es sólo un buen deseo, es la visión misma del porvenir que aguarda a sus amados, a aquellos que condujo durante difíciles cuarenta años, a los que había visto crecer al amparo de un desierto conflictivo, de una experiencia y vivencia singulares.
Cada tribu representa un destino peculiar, aunque todas pertenecen a un mismo tronco y raíz, sus ramificaciones, flores y frutos son diversos y multicolores. Cada uno y uno ha sido una significativa realidad en todo este tiempo y para cada uno habrá de llegar la palabra justa, la visión exacta y, también, la amonestación necesaria para la construcción de su futuro.
De ahí la grandeza del hombre más humilde que conoció la tierra, de Moshé, que no solo conocía a sus dirigidos, sino que también pudo ver, con aguda o crítica visión, todo aquello que habría de conformar el episodio de su devenir en la Tierra de Promisión que estaban por alcanzar.
Ese, su saber tan exacto como su desear, queda establecido al hablar a cada una y una de las tribus sobre su conformación espiritual, no solo geográfica, lo cual nos sorprende, también, por la precisa descripción que Moshé Rabenu hace de las tierras que ocuparán y las riquezas naturales que podrán explotar allí. Algo significativo, no solo sorprendente.
Si bien a lo largo de nuestro recorrido por los cinco libros hemos visto y leído acerca de protagonistas claros y contundentes, tales como Iehudá, Leví o Shimón, Reubén en otro momento y Biniamín en la feliz reconciliación de los hermanos, Efraim y Menashé como herederos de Iosef -su padre-, alcanzados por la bendición de su abuelo Iaacob en Egipto, serán otros, menos escuchados hasta hoy, los que ocupen nuestra atención a partir de la singular berajá que Moshé Rabenu instala en ellos.
Son hermanos, claro, de la misma madre y habrán de vivir ligados en la construcción del pueblo de Israel en Erets Israel. Serán parte de un todo pero, a la vez, conformarán un modelo de acción y dedicación que servirá como eje de la edificación de una nación que necesita, requiere y anhela poder vivir religada, vinculada estrechamente por lazos fraternos que superen las propias biologías.
Hablamos hoy, como eje de “Y ésta es la bendición”, de Zebulún e Issajar que, en el silencio de los hechos, erigen los pilares del edificio a construir en el futuro más inmediato: midrash y maasé, es decir, el estudio y la acción, sin privilegiar por el momento que se ha de hacer antes y que se ha de hacer después. Torá va-Avodá, el estudio de la Torá acompañado de una labor, aunque no siempre coincidan tiempos y personas.
“Semaj Zebulún be-tseteja, Issajar be-aholeja” es la bendición que escuchamos decir a Moshé desde su corazón. “Alegrate Zebulún en tu partida, Issajar (regocíjate) en tu tienda”, son palabras demasiado simples para ecuaciones demasiado complejas. ¿Hacia dónde sale Zebulún? ¿Dónde permanece Issajar?
Zebulún dedicará su vida a comerciar, navegando por mares y océanos; Issajar, quedará en tierras seguras, al resguardo de la sagrada Torá, estudiándola, comentándola, enseñándola, es decir: engrandeciendo la Torá para enaltecerla.
“U-mi-Bené Issajar iode’é biná la-‘itim”, asevera el libro de Crónicas. A partir de su gran saber, supieron establecer los tiempos, calendarios y el andar de las constelaciones. Todo el saber estaba en esta pequeña tribu, pero ¿de dónde nacía su mérito? Al decir de nuestros sabios, de bendita memoria, Issajar podía dedicarse a la Torá pues Zebulún se ocupaba de su manutención y cuidado.
Mientras Zebulún habría de dedicar su vida al comercio, Issajar estará ligado siempre al estudio y a la Torá. Uno sin el otro carecerá de méritos, en nada progresará.
Concluimos la lectura anual de nuestra sagrada Torá, contemplando cómo deberá ser el mundo creado por el Todopoderoso desde el Bereshit. Aquí, en el final precisamente, es cuando podemos apreciar la resolución de las cosas.
Fue en Bereshit cuando dos hermanos, incomprensiblemente, llevaron el mundo al vacío inicial, cuando Caín se levantó contra Hebel y ya no hubo palabras pues Caín dejó a Hebel sin aliento. La muerte violenta consumaba su acción, que sería seguida por silencios y culpas, exilios y destierros, impotencias y descrédito por doquier.
Hoy, en Vezot HaBerajá, percibimos algo del sentido de la bendición. Isajar y Zebulún son diferentes, asumen distintos papeles y no tienen las mismas metas. Sin embargo, el amor entre ellos es más fuerte y el impulso vital de su progreso individual alienta, a uno y a otro, a luchar por el futuro en común, que no es otro que el de todo el pueblo judío.
Tal vez pueda el lector apreciar la diferencia. Principio y final se unen, en un epílogo que, cual bálsamo reparador, llega para regalarnos la posibilidad de aprender a vivir, unidos en sana y productiva convivencia, junto al otro, que es muy diferente a mí pero que es mi hermano. Esa, querido lector, es la mejor bendición.

Autor: Rab Mordejai Maarabi

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