Parashat Yitró

וַיְדַבֵּר אֱלֹהִים, אֵת כָּל-הַדְּבָרִים הָאֵלֶּה לֵאמֹר

Y dijo Dios todas estas palabras, diciendo…

Éste es el preámbulo a uno de los textos que marcó a toda la humanidad. Los conocidos 10 mandamientos, 10 palabras, 10 decires… Aseret hadibrot…

Y hoy me quiero quedar aquí. Conteniendo las ganas de entrar a cada mandamiento con todas sus posibilidades de análisis. Porque no estamos hablando simplemente de leyes, más o menos universales, sino estamos ante el evento único, irrepetible, fundante, que fue la revelación de Dios ante todo el pueblo. La teofanía, la aparición de Dios ante los hombres… una manifestación que jamás volverá a suceder así de modo colectivo. Un estremecimiento general. Una conmoción. Y una gran lección.

Y no puedo dejar de evocar una lectura de mis jóvenes años de Universidad, en la Facultad de Comunicación Social, como lo fueron los escritos de Marshall Mc Luhan que revolucionó en los años 60, con su frase: El medio es el mensaje. Él hacía un análisis crítico en aras de la aparición de los medios masivos de comunicación y sus efectos, pero ¿por qué no trasladarlo al momento de la revelación y decir que el medio con el cual Dios aparece, es su mensaje?

Antes de entrar en las palabras y en sus significados, hay un contenido previo, que es el acto de decir de Dios con todas sus consecuencias y que si no lo entendemos desde este primerísimo momento, estamos en riesgo de tergiversar absolutamente el acto más profundo que vivimos como pueblo, la revelación de Dios en el monte Sinaí, esa revelación que nosotros reeditamos cada año, con la lectura de Parashat Itró y cada Shavuot, cuando volvemos a estas palabras.

Entonces repito:

וַיְדַבֵּר אֱלֹהִים, אֵת כָּל-הַדְּבָרִים הָאֵלֶּה לֵאמֹר

Y dijo Dios todas estas palabras, diciendo…

Para comenzar, tenemos que decir que ante todo la revelación del Sinai es un acontecimiento lingüístico. Una teofanía puramente verbal.

Stephane Moses, escritor nacido en Alemania, educado en Paris que acabó viviendo en Jerusalén y hoy wa profesor emérito de la Universidad Hebrea, desarrolla esta escena hermosamente en su libro “El Eros y la Ley” y entiende al momento de la revelación en Sinai, como un acto de comunicación. Y dice: “La voz como vehículo de la revelación despoja de toda connotación antropomórfica y reconduce a un significado esencial: el encuentro entre una voz que emana del mundo sin cesar y Moshé que la capta y la descifra.”

Pero no podemos evadirnos de la pregunta que todos en algún momento de la vida nos hicimos, o nos han hecho. ¿Acaso Dios habla?

Todos los comentadores rabínicos del relato de la revelación del Sinaí partieron de la afirmación evidente de que Dios no podría hablar y que la competencia discursiva que el texto le atribuye debe comprenderse como una metáfora.

Vayamos a Rashi. En su comentario del versículo Y dijo Dios todas estas palabras, diciendo…“Rashi, se vincula con la palabra “todas”, kol…

את כל הדברים האלהמלמד שאמר הקב”ה עשרת הדברות בדבור אחד, מה שאי אפשר לאדם לומר כן.

“Nos enseña que el Kadosh baruj Hudijo los 10 mandamientos en una sola palabra. Lo que el ser humano no puede pronunciar.”

Se dieron cuenta que no dice: Vaidaber Elohim et hadevarím haele. Sino que dice. et kol hadvarím haele

“Dios aparece como una matriz preverbal”-mantiene Stephane Moses- que implícitamente lo contiene todo”: Todas estas palabras.

Dios dijo los 10 mandamientos en un solo hablar. La imagen de esta única emisión de voz remite a la idea de un nivel anterior del lenguaje, antes de que nosotros, como humanos, lo dividamos en palabras, sintagmas, unidades semánticas, que le dan significados.

Entonces podemos decir que esta revelación a través de un acto de comunicación simboliza un paso antes del sentido, antes del contenido.

Dios emanó una voz, una gran palabra, kol hadevarim… nosotros nos apropiamos de esa voz y la transformamos en enunciados.

La cabalá y, en particular Gershom Sholem, va a hablar de esto. En su libro “El nombre de Dios y la teoría del lenguaje de la Cábala” escribe: “La Torá se despliega en una plenitud infinita de sentidos en todos los mundos en que los seres creados perciben la Revelación, el lenguaje de Dios, en otras palabras, el verbo divino que llega a todos los mundos encierra, por cierto, un polisemantismo infinito, pero no tiene una significación determinada. Él mismo desprovisto de sentido, el verbo divino es interpretable absolutamente.”

No sé si se entiende a dónde estoy yendo.

Lo que nosotros llamamos Torá y que muchos se adjudican ser los portadores de la verdad revelada, están desoyendo o negando el momento más sublime que nos constituyó como pueblo. La revelación en Sinai. Una sola voz se emanó de ese mundo que no cesa de emanar, que llamamos Dios, y la esencia misma de este acto de comunicación es polisemántica, es decir, está arrojada a la tierra para que cada uno se la apropie, la comprenda, la interpreta y la viva.

Y parece difícil en este tiempo donde nos gobierna un principio binario. Si lo mío es bueno, lo del otro es malo, si ésta es la verdad, lo otro es mentira, vivimos, como en la gramática, sobre nexos disyuntivos. Es esto o esto. No hay espacio para dos. La famosa grieta que no es sólo política, y de esta época nos enseña a identificar rápidamente contrincantes, opositores, enemigos… al otro, que está equivocado y con quien no me vinculo o lo destruyo.

Mientras que la gramática de la revelación es un nexo copulativo: Es esto y es lo otro. Y podemos convivir, compartir, construir, aprender, gestar. La revelación legitima la interpretación. Porque de otro modo carecería de sentido. Porque es sólo voz.

Es famoso el pasaje del Talmud en Eruvin 13 b: “Dijo el Rabi Aba que dijo Shmuel: Durante tres años discutieron las escuelas de Shamai y de Hilel. Aquella decía: La jurisprudencia concuerda con nuestro criterio y ésta decía: La jurisprudencia concuerda con nuestro criterio. Salió un eco (del cielo) que dijo: tanto éstas como aquellas son palabras del Dios viviente.”

Elu ve elu divrei Elohim Jaiim. Dios es viviente, Dios está vivo, cuando sigue hablando kol hadevarim haele… todas estas palabras.

El Talmud, en este pasaje, no es sólo que da cuenta de la diversidad de opiniones, sino que hace de esta diversidad, la manifestación misma de la verdad.

Es una hermosa definición de diversidad: lo que permite la manifestación misma de la verdad.

Y lejos de creer que la diversidad conduceal relativismo o al escepticismo o a la hecatombe, la revelación en el Sinai nos explica que ésta es la estructura misma de la verdad.

Tan lejos de lo que hoy creemos entender que es la verdad – el patrimonio de una sola voz, un solo modo de vivir, de ver, de actuar, de vestir, de amar, de pensar…

En la infinita complejidad del mundo, la idea misma de una verdad –una – es decir, común a todos los hombres, es impensable, sino miremos qué bandera enarbolan los fundamentalismos – los ajenos y los propios, los totalitarismos que proponen una sola “raza”, una sola religión, un solo color, una única postura política.

La voz original tuvo y tiene una infinita plasticidad.

¿Qué nos pasó a nosotros que intentamos rigidizarla en nombre de lo absoluto?

La revelación en Sinai nos regalaba la pura posibilidad, la capacidad ilimitada de manifestarse bajo formas siempre nuevas, la autorización a la contradicción; y nosotros, los humanos, en lugar de abrazar esa infinitud, cosificamos a Dios, haciéndolo pasar por un emisor de una verdad preconcebida, cuando lo que nos estaba entregando era la responsabilidad y el compromiso de hacer de su voz, nuestras palabras.

Volvamos a Sinai.

No nos dejemos convencer por los gurúes de turno.

Volvamos a ser los ojos capaces de ver las señales y los oídos capaces de reconocer otros sonidos…

El cielo nunca han dejado de hablarnos: solo espera volver a encontrarse con nosotros, escuchándolo.

Shabat shalóm,

Rabina Silvina Chemen