PARASHAT TAZRÍA: la necesidad de estar con otros

וְהַצָּרוּעַ אֲשֶׁר-בּוֹ הַנֶּגַע, בְּגָדָיו יִהְיוּ פְרֻמִים וְרֹאשׁוֹ יִהְיֶה פָרוּעַ, וְעַל-שָׂפָם, יַעְטֶה; וְטָמֵא טָמֵא, יִקְרָא.

La persona con una aflicción leprosa, la ropa se rasgará, la cabeza se dejará al descubierto y se cubrirá el labio superior; y gritará: “¡Impuro! ¡Impuro!” (Vaikrá  13:45).

Si el versículo que acaban de leer les produce aversión, estamos por el camino correcto.

Parashat Tazría – y la de la semana que viene Metzorá – desarrollan ampliamente  el tema de tzaráat (tal como decimos siempre mal traducida como lepra). Tzaráat es una enfermedad que afecta la piel, las ropas y las casas. Si aparecen manchas blancas o rosas en la piel de una persona  (rosas o verdosas en las ropas), el sacerdote es el encargado de juzgar los diferentes signos que presenta el/la enfermo/a y supervisar el desarrollo de las afecciones para determinar si esta persona está realmente enferma. Si es así deberá vivir sola fuera del campamento hasta curarse.

Podríamos imaginar la situación angustiante y ambivalente de presenciar un cuerpo deformado por las llagas y no entender por qué sucede este fenómeno. Podríamos también ponernos en el lugar de quienes tenían responsabilidad por el pueblo entero, que temían un contagio masivo.

Podemos imaginar todo esto si pensamos en la metzorá como un fenómeno de la salud que pertenece al pasado.

Pero hoy también existen “aspectos” que hemos decidido dejar afuera del campamento, que nos provocan repulsión, rechazo, y por qué no miedo.

Las pieles, las ropas, huelen mal… Los cuerpos están deformados, hinchados o raquíticos.

Levantamos muros para no verlos ni olerlos. Cruzamos la calle. Cerramos los ojos.

Pero ellos están. Y nosotros tenemos que leer Tazría que viene a decirnos que no podemos dejar de saber lo que sabemos: que están, que son parte de nuestra sociedad y que tenemos que hacer algo con lo que hoy se llamará pobreza, abandono, miseria, indigencia, falta de derechos… en fin… ¿es una enfermedad? Sí. Las sociedades que generan desigualdades e indignidades tan profundas están enfermas. Y quizás el que huela bien esté también enfermo… por mirar hacia otro lado.

En la época bíblica el kohen se hacía cargo de curar a la persona, ir personalmente a revisar sus manchas, encomendar ofrendas a Dios para pedir por su sanación y regresarlo al campamento anunciando que ya estaba a salvo.

Uno de los tratados del Talmud que más se vinculan con este tipo de temas es Masejet Nidá, -que es parte de uno de los seis órdenes del Talmud que se ocupa de temas de pureza e impureza ritual llamado Tohorot-, trae el siguiente texto, comentando este versículo que elegí para comenzar el artículo:

Una vez llegó a Rabí Yojanán, una cierta mujer que, cada vez que salía de su inmersión ritual, observaba una descarga de sangre… Él le dijo: “Anuncie sus problemas a sus amigos para que puedan ofrecer oraciones para que se les conceda misericordia. Porque así está escrito: ” y gritará: “¡Impuro! ¡Impuro! “(Levítico 13:45),”. Rabí Iosef declaró: “Tal incidente ocurrió una vez en Pumbeditha y la mujer se curó”. Talmud babilónico, Nidá 66ª

Los sabios del Talmud vuelven a leer este versículo y entienden- o quieren entender- que cuando grita “Impuro, impuro”, lo que está haciendo no es una condena sino una manera de involucrar a otros en su cura. Dicho de otro modo, el principio de la sanación es animarse a sacar a la luz el problema que nos aqueja, tener coraje para decir de nuestras angustias y debilidades y saber que podemos contar con otros.

Entonces la curación de esta persona no dependía de los poderes “mágicos” o “divinos” de una persona, sino de una comunidad haciéndose cargo de acompañar al que está sufriendo.

Por lo que podríamos inferir que más que el aislamiento, lo que cura es la compañía.

Más que los muros, el encuentro.

Más que el silencio, la palabra.

Más que la indiferencia, el compromiso.

Más que el desentendimiento, la responsabilidad.

Más que el miedo, la confianza.

Más que la desidia, la esperanza.

El mundo, tal como está, nos está enfermando a todos. Algunos más visiblemente que otros.

Algunos se llenan de manchas. Otros tienen manchada la sensibilidad. Y nadie se salvará solo.

Volvamos a escuchar los gritos de los que decidimos ignorar. Y hagamos algo por nuestro hermano. Quizás ésta sea la mejor cura para nuestras dolencias.

Shabat shalóm,

Rabina Silvina Chemen