PARASHAT BO: las plagas de hoy

Luigino Bruni, economista y escritor italiano,  en su libro “Las parteras de Egipto- Libertad, trabajo y gratuidad en el Éxodo”, tiene un capítulo que se llama: Las plagas de los imperios invisibles.

Y allí trae una definición actual de lo que nosotros llamamos plagas y que algunos leemos con pudor al revisar el texto bíblico. Él dice: “En los caminos de la liberación siempre llega el momento de las plagas de Egipto, que son los grandes signos de los tiempos de las épocas imperiales que los faraones no son capaces de interpretar porque tienen el corazón petrificado.”

Los actuales faraones de los imperios de nuestro tiempo, que él los denomina “imperios invisibles”, no son capaces de interpretar el sufrimiento que provocan las consecuencias de sus medidas porque tienen el corazón petrificado.

Un sistema opresivo, desigual y esclavizante,… pongámosle el nombre que queramos, precisa la implacabilidad de un corazón endurecido, que no se vincule con la debilidad del que está doblado en dos por la carencia, el hambre o el dolor. Y no sólo eso, sino que se rodea de magos que vaticinen oráculos tranquilzadores, como lo hizo el faraón.

En Shmot se relata la competencia, de ver quién se queda con todo el poder, si el Faraón con sus hechiceros de turno, sus ídolos y sus látigos, o Moshé, Aharón y Dios, que propondrán otro tipo de poder: el que viene con la liberación y la palabra- aseret hadibrot- hadvarim- los llamados diez mandamientos que literalmente en hebreo sería las diez palabras o “decires”.

Y esta prueba de fuerza, lamentablemente, se llamó “las plagas”.

Es interesante cómo lee Luigino Bruni este fenómeno. Él dice: “Cuando los imperios comienzan a vacilar, los dominadores llaman a magos, arúspices y adivinos, les piden que confirmen que todo lo nuevo y doloroso que está ocurriendo en su reino no es nada verdaderamente preocupante y que todo puede explicarse utilizando la misma lógica del imperio.”

Y sí… no puedo dejar de ver cómo los hechiceros de turno acomodan las consecuencias de los imperios a lo que los emperadores y los que se benefician con él y por tanto lo sostienen, elaborando teorías de éxito y bienestar que son sólo disfraces discursivos…

Sin ir más lejos, hablemos del cambio climático. (Cito a Bruni). Llevamos décadas sufriendo las consecuencias del cambio climático, vemos cómo mueren seres humanos, ríos, animales, plantas e insectos, pero los magos del imperio siguen negando la evidencia y quieren demostrarnos que estos eventos son naturales y por lo tanto explicables con sus artes mágicas. Pero las plagas están aumentando, los imperios comienzan  a ceder y las simulaciones de los adivinos ya no funcionan, porque la evidencia se manifiesta con tal fuerza, que desenmascara incluso a los adivinos mejores y más sofisticados…

Las plagas de Egipto son la condición normal de todos los imperios idolátricos, también el nuestro. En estos regímenes el agua no apaga la sed de los seres vivos ni fecunda la tierra… Pudre y produce ranas, mosquitos, tábanos… y los animales mueren. El sol no es capaz de atravesar el denso polvo y todo está envuelto en tinieblas. Y finalmente, resignificando la última de las plagas escribe: “… Los imperios de los ídolos no tienen descendencia, porque el ídolo es seductor pero estéril.”

Estos capítulos hay que leerlos como una lección sobre la idolatría. Dios no es uno de los tantos ídolos creado por los hombres. Para creer en el ídolo no hace falta fe, porque está a la vista de todos en las plazas y los mercados.

La fe bíblica por el contrario implica confianza en una voz que no se ve pero se oye. La fe bíblica nos encamina hacia un horizonte, la tierra de la promesa a la que se accede una vez transitado el desierto, una vez despojados de los ídolos que nos manipulan la vida, en un desierto en el que somos prescriptos a repartir la tierra para que todos accedan a un lugar y a un proyecto.

Y aunque no los llamemos ídolos, nuestra tarea hoy, cada día, es reconocer que vivimos en una gran época idolátrica. Quizás la mayor de todas. Hemos llenado el cielo de cosas que no sacian nunca, porque han sido producidas no para quitar sino para aumentar nuestra hambre de ídolos hambrientos, los ídolos siempre tienen que comer devorando a sus adoradores y nunca se sacian, dice el autor. Y quizás nos han moldeado la conciencia hacia ese paradigma, cuando nada nos basta, cuando siempre queremos más y más y no sabemos bien para qué, cuando abandonamos lo trascendente por lo manufacturado, cuando invertimos en las cosas más que en los vínculos…

Nos devoran los ídolos que nunca se sacian. Y nos hicimos insatisfechos permanentes, devoradores, sin pirámides y sin látigos visibles pero absolutamente sujetados.

“Así -dice Bruni- no nos deben sorprender las dos primeras palabras de la Ley: La fe en un Dios libertador de Egipto y la radical negación de los ídolos. Un dios que no nos libera es un ídolo.”

Y debo decir que hay personas que se llaman religiosas- de cualquier confesión- que ni siquiera son conscientes de que son adoradores de un ídolo. Pero que creen que el camino de la religión es la resignación de la voluntad y el deseo.

Somos hijos de un pueblo cuyo primer mandamiento es la fe en un Dios que libera y que nada tiene que ver con los ídolos que nosotros elegimos que nos sometan. Seamos dignos herederos de los que salieron, haciendo valer nuestra libertad real, y comprometiéndonos a quitarles el yugo a todos aquellos a los que aun nadie ha querido escuchar.

Shabat shalóm,

Rabina Silvina Chemen