Parshiot Matot-Masé: La tierra prometida

Después de muchos años en el desierto, las doce tribus descendientes de Jacob están a punto de entrar en la tierra de Israel. Entre ellas deberá dividirse el territorio, delimitado al este por el río Jordán. Sin embargo las tribus de Rubén, Gad y mitad de la de Menashé solicitan quedarse al este del río, fuera de la tierra. En la Parashá de Matot, la Torá nos relata que “abundancia de ganado tenían los descendientes de Rubén y los de Gad eran muy numerosos, y vieron la tierra de Yazer y la tierra de Guilad y he aquí, ha-makom mekom mikné el lugar era lugar de ganado” (Núm. 32:1).

Eran hombres y mujeres dedicados al cuidado de ganado y habían encontrado tierra de ganado: la tierra ajustada a sus necesidades. Llegaron ante Moisés y Elazar y hablaron a los líderes de la comunidad arguyendo que aquella tierra era tierra de ganado (erets mikné hi) y ellos tenían ganado (v. 32:4). “Dijeron, Si te parece bien, sea dada esta tierra a tus siervos como legado, no nos hagas cruzar el Jordán” (v. 32:5). Como podréis imaginar, el enfado de Moisés fue monumental. Es entonces cuando los gaditas y reubenitas hacen una promesa. Construirán refugios para sus animales y ciudades para los niños, y acompañarán al resto del pueblo en su conquista de la tierra. “No regresaremos a nuestras casas hasta que cada hijo de Israel tome posesión de su herencia” (v. 32:18). “Porque no heredaremos con ellos al otro lado del Jordán y más allá ki baa najalatenu elenu me-éber ha-Yardén mizraja pues nuestro legado nos ha llegado a nosotros en la franja oriental del Jordán” (v. 32:19). Fue así como las tribus de Rubén, Gad y mitad de la de Menashé habitaron fuera de la tierra de Israel.

Sin embargo, si la promesa de la tierra al final se cumplirá para todos ellos, ¿cómo es posible que se cumpla fuera de ella? ¿Fue su reclamación un acto de conformismo? ¿De oportunismo o comodidad? ¿O por el contrario hemos malentendido la promesa de la tierra?

La Torá comienza en el principio: el principio del relato es el relato del principio. Cuando cada año concluimos el ciclo de lecturas celebramos la alegría de la Torá pero ella nos deja a las puertas de la tierra de Israel, y en lugar de seguir con la narración de su conquista volvemos al principio, a la creación. ¿Por qué? Si todo está en ella, ¿por qué no la tierra conquistada? ¿Cómo es posible que el cumplimiento de la promesa quede fuera de la Torá? ¿Y si fuese la Torá, con sus enseñanzas éticas, la que conduce a ella?

Os animo a retroceder hasta Abraham, Isaac y Jacob. “Ve por ti mismo de tu tierra y de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré” (Gén. 12:1). “Y haré de ti una gran nación, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás una bendicion” (v. 1:2). “Y todas las familias de la tierra serán bendecidas en ti” (v. 1:3). En la primera promesa divina a Abraham encontramos un mensaje que es universal y ahistórico. “Y Abram tomó a Sarai su mujer y a Lot el hijo de su hermano, y todas sus posesiones que habían adquirido y a todas las almas que habían hecho en Jarán, y se dirigieron a la tierra de Canaán y llegaron a la tierra de Canaán” (v. 1:5). Lo Divino no les marcó una dirección geográfica sino que les inspiró un viaje. Ellos se dirigieron hacia Canaán y llegaron a la tierra de Canaán. “Y Abram pasó por la tierra hasta Shejem, hasta la llanura de Moré, y los canaanitas estaban entonces en la tierra” (v. 12:6). Es aquí cuando Dios dice a Abram, “a tu descendencia daré esta tierra” (v. 12:7). Sin embargo, Abram no se asienta en ese lugar y continúa el viaje. “Y se fue de allí hacia la montaña, al este de Bet El, y montó su tienda” (v. 13:8). Pero siguió hacia el sur y cuando el hambre azotó aquella tierra bajó a Egipto.

Si seguimos el relato, cuando Abram y Sarai regresan, los pastores de Lot y los suyos empiezan a tener conflictos entre ellos en relación a la tierra. Aquí se produce un diálogo de extraordinaria importancia y altura espiritual entre Abram y Lot. Abram dice a su sobrino, “¿Acaso no está toda la tierra ante ti? Por favor, parte de mi lado; si vas hacia la izquierda yo iré hacia la derecha, y si vas hacia la derecha yo iré hacia la izquierda” (v. 13:9). ¡Qué lección de paz y de tolerancia! Abram deja que Lot decida. Lot alzó sus ojos y vio la llanura entera del Jordán, bien irrigada y fértil, y la escogió  (Gén. 13:10-11). ¿Qué habría pasado si Lot hubiese preferido tomar una dirección distinta? Lot decide y Abram toma la dirección opuesta, hacia Canaán. Y Dios le dice, “toda la tierra que estás viendo, a ti te la daré y a tu descendencia por siempre” (v. 13:15).

En otra ocasión le dice que le entregará como herencia la tierra de sus andanzas (v. 17:8), toda la tierra de Canaán. ¿Y a sus descendientes? A su nieto Jacob Dios dice, “la tierra sobre la que estás acostado a ti te la daré y a tus descendientes” (v. 28:13).

Los hijos de Israel, de Jacob, liberados de la esclavitud, llegan al borde del cumplimiento de la promesa y el relato nos devuelve al principio, tal vez porque la tierra cumplida no se pareció nunca a la prometida. Si seguís en el Tanaj la historia de los primeros israelitas a través de Josué, Jueces, Samuel y Reyes es fácil imaginar a muchos de aquellos hombres y mujeres preguntarse, “¡Ah! ¿Pero la tierra prometida era esto?”.

La Torá es el comienzo de la autobiografía espiritual, religiosa, de los primeros israelitas, pero no es un libro de geografía ni tampoco de historia. La tierra de la promesa no puede ser geográfica sino universal, sencillamente porque la enseñanza de la Torá es ahistórica. Aunque existe una vinculación innegable entre la historia judía y la tierra de Israel, ésta no es la herencia prometida en la Torá.

Israel no es únicamente un lugar del mapa sino también la idea del cumplimiento en cada instante de la promesa de leche y miel, de una vida llena de preceptos y buenas acciones, que deja su rastro como la huella de un hombre justo, y después de la inevitable muerte el legado de un buen nombre. La promesa de un mundo más justo y en paz, reparado de sufrimiento y carestía, ¡ése es el lugar! ¿Dónde está la tierra prometida a Abraham, Isaac y Jacob? Solamente tienes que releer los versos anteriores: es el lugar hacia donde vas, aquel al que llegas, el camino por el que pasas, allí donde asientas tu tienda, la tierra alrededor que en toda su extensión observan tus ojos y sobre la que duermes por la noche. La tierra prometida es una posibilidad que puede cumplirse en cada lugar que pisas.

La Torá se quedó bamidbar en el desierto, el nombre hebreo del libro de Números que esta semana concluimos. ¿En qué lugar debe llevar a cabo su tarea el pueblo judío? Bamidbar, “en el desierto”. El desierto nos evoca el suelo seco, la ausencia absoluta de población, flora y fauna. Es un mundo absolutamente físico, pero al mismo tiempo benigno o neutral, a partir del cual debemos sembrar y cultivar, hasta transformarlo tras una dura travesía en una Tierra Prometida, en la que lo Divino pueda por fin residir. El desierto es un punto de partida, la promesa de una posibilidad.

Aunque a muchos les cueste aceptarlo, el judaísmo ha sobrevivido hasta nuestros días no debido a la tierra, a la posesión temporal o histórica de Israel, sino debido a la Torá. En el Talmud de Babilonia se relata la siguiente anécdota. Mientras el Templo de Jerusalén estaba a punto de caer y la ciudad sitiada, mientras tantos luchaban contra un ejército superior por la tierra, después de decenas de miles de muertos y sin comida para los que agobizaban en vida, ¿había futuro? La tierra ofrecía dos caminos: rendirse y vivir, o luchar y morir. ¿Qué camino tomaron nuestros antepasados? Los alumnos de Yojanán ben Zakay (30-90 e.c.) lograron sacarlo de allí en un ataúd y llevarlo ante el emperador. Éste le pregunta qué desea y el rabino le pide un favor: ten li Yavné ve-jajmea “dame Yavné y a sus sabios” (Guitín 56a-b). ¡Qué valiente y honesto! De aquellos hombres y mujeres de Yavné procedemos, de quienes escogieron la vida en lugar de la tierra. Pues el judaísmo moderno, mal que pese a muchos, no comenzó en Masada sino en Yavné. El emperador aceptó. George Steiner dice: “nuestra patria es el texto”.

La Torá es el árbol de la vida: su mensaje es eterno. La tierra en cambio es transitoria. La tierra prometida está en la Torá y se cumple en cualquier lugar que pisas. Depende de ti. La misión de Israel se convirtió así en un mensaje para la humanidad entera y para que los demás pueblos hallen inspiración en nuestros valores e historia y en las enseñanzas de nuestros sabios debemos habitar en medio de ellos. Sin la tierra, la religión de Abraham, Isaac y Jacob perduró. Sin la Torá, sin su herencia, ninguna tierra será la tierra prometida.

Las tribus de Rubén, Gad y mitad de la de Menashé sencillamente encontraron su lugar y a pesar de estar más allá del Jordán, se cumplió también en ellos la promesa. Ellos fueron la primera diáspora.

Creo que el pueblo judío es una comunidad de fe y de cometido, no una etnia o nación, porque el judaísmo es principalmente una religión. El vínculo del judío con la tierra de Israel es profundo e histórico y el moderno Estado de Israel juega un papel significativo en la experiencia judía. Pero su relevancia es transitoria y está sujeta a condición tal y como Jeremías advierte en la haftará que leeremos este Shabat (Jer. 2:4-19, 4:1-2). Al igual que los actos de jueces y reyes antiguos, de los sacerdotes que servían en el Templo o de sus moradores de entonces, los actos y decisiones de los líderes y dirigentes del moderno Israel no están eximidos de crítica y denuncia cuando se alejan de los valores y enseñanzas del judaísmo, ni tampoco sus habitantes. Y al igual que en la remota antigüedad, es posible y real que en la actualidad existe un mundo judío fuera de la tierra de Israel que no está en el exilio sino en casa, pues su patria es la Torá.

Autor: Adi Cangado

https://www.etsjayim.com/2018/07/comentario-las-parshiot-matot-mase-por.html

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