Sobre búsquedas y presencias, Parashat Nitzavim

“Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos.

No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos?

Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos?

Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la transformes en tu obra.”   Devarim 30:11-14.

Pocos textos de la Torá me emocionan como éste.

Nitzavim

Palabras que leemos siempre como preámbulo de los Iamim Noraim, que no sé si son terribles, temibles, como se suele traducir, pero que definitivamente son profundos, inquietantes, intensos, sensibilizantes.

Y en estos días buscamos dentro de nosotros dónde están las respuestas, revisamos las fallas, necesitamos palabras de nuestra tradición que nos marquen el camino, que nos abran la puerta para renacernos una vez más.

Insisto: buscamos dónde están. Necesitamos encontrarlas. Pedimos por una señal, una referencia. Precisamos espacios de seguridad.

Y la Torá nos sorprende con su revelación:

No está en el cielo, no está más allá del mar…

Está cerca, en nosotros. Es decir, no está en ningún lugar específico.

Somos la respuesta.

Somos el lugar.

Somos la palabra.

Somos lo que hacemos.

David Harman en su libro La tradición interpretativa escribe:

“Cuando Dios ejercita la autolimitación ‘no está en los cielos’ los estudiantes de Torá son llamados a ejercitar la iniciativa y la creatividad humana.”

Creo entender lo que dice este rabino y filósofo. Dios se “retira” de los espacios, justamente para permitir que nosotros los habitemos y los creemos una y otra vez.

Y acostumbrados a no soportar el vacío en una conversación, o el silencio prolongado en una obra musical, la Torá nos desafía a entender esa ausencia como la obra maestra de nuestro Dios.

No está en ningún lugar.

Y ése es el motor que nos impulsa a buscarlo en otra dimensión que no sea el exterior, mensurable, visible, controlable o definible en categorías racionales.

Lo mejor que nos puede pasar en estos Iamím Noraím es dar cuenta de que lo que venimos a buscar en nuestras tefilot y reflexiones no es su presencia o cierta señal de que nos “escucha” o que “está”, sino todo lo contrario, venimos a buscar su ausencia, porque sólo cuando lo entendemos así, nosotros pasamos a ser los que estamos presentes en la historia y en nuestras historias.

No será Él quien dictamine un veredicto. Seremos nosotros, nuestras reflexiones, nuestra conexión con lo trascendente del hecho de estar vivos, de sentir amor, de sentir temor, de tener responsabilidades, lo que nos guiará en las consecuencias de nuestras decisiones.

Esa “presencia ausente”, si se me permite, es la que nos pone a nosotros en el centro de la escena.

Quizás por eso la parashá se llame Nitzavim- que significa “de pie”, “erguidos”, “firmes”. Así se nos prescribe entrar al nuevo tiempo, en un diálogo con una presencia que nos regala su vacío para que nuestras voces tengan espacio y reverberen en nuestros corazones.

Así sucedió con Moshé. Dios no esperó entregar la ley que nos constituyó como pueblo ni en la civilización egipcia, ni en la Tierra Prometida. Las Tablas fueron entregadas en el vacío del desierto. Porque a partir de Su palabra, en nuestras manos y en nuestras conciencias está la responsabilidad de hacerlas presentes.

Sólo cuando damos nos cuenta de esto.

Sólo cuando maduramos en nuestra manera de entender la fe.

Sólo allí la experiencia de los Iamím Noraím se hace propia, personal, indelegable.

Por eso el versículo siguiente tiene que ver con la elección.

Cuando nos damos cuenta de que no está, de que no es una definición asible con nuestras categorías, cuando por fin reconocemos que donde tenemos que buscar no es afuera, sino dentro de nosotros… se habilita la capacidad más sagrada que tenemos como seres humanos.

“Mira, pongo ante ti hoy, la vida y lo bueno, la muerte y lo malo… Y elegirás la vida”.

Elegir la vida no es un slogan. Es la meta de una conciencia madura. De una fe consistente.

Elegir la vida es la decisión que tenemos que tomar antes de pedirle a Dios Zojrenu lejaim- que nos recuerde para la vida.

Escucho a Dios simbólicamente en mi interior contestándome: el día que Uds. la elijan, yo lo recordaré junto con Uds.

Nadie podrá hacer esta tarea por nosotros.

Ni siquiera el Creador del Mundo.

Que tengamos una experiencia profunda, que este año nos encuentre de pie, que nadie nos haga creer que hemos perdido la capacidad de elegir ser quienes queremos ser.

Shabat Shalom

Shana Tova umevorejet!!

Rabina Silvina Chemen

Leave a Reply