El concepto del hombre en el judaísmo (1)

¿Qué es el hombre?, ¿Qué es el ser humano? ¿Por qué lo recuerdas y te preocupas por él?
Pues lo hiciste casi como un dios, lo rodeaste de honor y dignidad, le diste autoridad sobre Tus obras, lo pusiste por encima de todo”
. (Salmo 8. 4-6.)
Bienaventurado es el hombre que fue creado a imagen divina“. (Talmud).
La corona de la creación, el Hombre, es el ser que más se asemeja a Dios. Ha sido dotado de inteligencia, y tiene libre albedrío para elegir entre el bien y el mal. Su destino depende de su elección. Sin estar restringido por el pecado original o por la predestinación, tiene tres atributos principales. El uno depende del otro: la razón, que no es concebible sin la libertad, la libertad, cuya base es la responsabilidad. Según la Tora, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. No en su forma externa sino en la posibilidad de imitar los atributos de Dios, y en esto consiste su tarea en la Tierra: mejorar permanentemente sus calidades espirituales e intelectuales para asemejarse cada vez más a Dios y así ser Su colaborador en la permanente renovación de la creación.
Dios creó a un solo hombre y de él han descendido todos los seres humanos, lo que nos enseña que todos somos iguales y debemos ser hermanos. Nadie tiene el derecho a oprimir al otro. Todos tienen igual derecho de ser libres, tienen el derecho a ser respetados como persona y en su dignidad y, por ende, tienen la obligación de respetar a los demás.
El hombre es administrador de la naturaleza por mandato de Dios. Puede gozar de sus bienes y no está obligado a privarse de las bellezas y goces de la vida, siempre y cuando los compense con su trabajo y acepte que también los demás, sus iguales, pueden disfrutar de los mismos beneficios.
La vida del hombre es sagrada y nadie tiene derecho de despreciarla o de eliminar la suya o la de otra persona. Cada uno es responsable por todos los demás hombres del mundo.
Una criatura tan ricamente dotada como el hombre, no puede ser destruida del todo por la muerte, y su cuerpo regresa a la tierra de donde había sido sacado, y su alma es inmortal.
Los maestros judíos de todas las épocas (rabinos, filósofos, exégetas), sostuvieron que la imagen divina que existe en el hombre es su espíritu, su alma, la fuente de su poder para razonar y obtener sabiduría, inspirado por el Supremo Creador. El hombre, reducido a su mera materialidad, no habría podido formar idea de lo abstracto, habría estado restringido siempre a una percepción sensorial. El poder de abstracción es la más poderosa prueba de la existencia de algo trascendental en el hombre, de su imagen y semejanza de Dios, y a partir de esta premisa llegamos necesariamente a la comprensión de la idea del libre albedrío del hombre, lo que lo hace distinto de los animales.

Maimónides escribe que el libre albedrío le fue dado por Dios a todos los seres humanos. Si el hombre quiere inclinarse por el camino recto y ser justo, o si quiere inclinarse por la senda mala y ser malo, es su decisión. Sin embargo, debe saber que él mismo es responsable de su elección, pues es el único entre todas las criaturas, que sabe lo que es bueno y lo que es malo. Nadie lo obliga a seguir lo bueno, y nadie le impide preferir lo malo. El hombre es soberano de sus actos. La omnisciencia de Dios no priva al hombre de su libre albedrío. La idea de la predestinación divina no es parte de los conceptos filosóficos del judaísmo.
«No te asombres, pues, tú, hombre,» – dice Heschel, el gran filósofo contemporáneo – «si tu Creador ha concertado contigo un Pacto, si te ha sobredotado a través de leyes y preceptos, pues a través de Su espíritu, alienta tu vida y la hace valiosa. El te la ha insuflado; de Su propio poder te ha dado poder y dominio sobre Su mundo, y te ha hecho Su colaborador, a cambio de tu responsabilidad en la conservación, subsistencia y desarrollo del Universo. Te ha creado libre, y con la libertad de hacer el bien o el mal. Tú, hombre, si logras encontrar tu camino, puedes elevarte hacia la santidad, la pureza; y, si quisieras ennoblecer tu espíritu, podrías llegar casi hasta las mismas cumbres de la santidad divina. Este es el principio básico de la concepción de la Tora (los Cinco Libros de Moisés), de los profetas y maestros sobre la posición y lugar del hombre en el mundo terrenal».
Los maestros judíos de todas las épocas, han estado llenos de admiración y asombro ante el misterio de la existencia del hombre y ante los maravillosos mecanismos de su vida física y espiritual. Al observar e investigar su vida diaria, llegaron a una conclusión única: por ser el hombre la cima de la creación, creado a imagen y semejanza de Dios, se debe acercar a cada hombre con amor, justicia y respeto, evitar causarle cualquier daño, por eso enseñan los maestros del Talmud: «Aquel que salva a un hombre, es como si hubiera salvado el universo entero».
Si alguien se profundiza aun más en el concepto del hombre según el judaísmo, se acerca a un grupo amplio de los «mitzvot – preceptos», que ordenan y reglamentan la relación entre el hombre y su prójimo, a partir de la ética religiosa judía. Es entonces cuando el judaísmo ofrece y exige un extraordinario y bello concepto, el así llamado «ahavat haberiyot – amor a los seres humanos», la relación «yo y tú» y no «yo y él». Este tipo de amor es un concepto judío original, que no tenía igual en ningún otro pueblo, religión o idioma.
El amor al hombre significa un sentimiento humano fuerte y profundo, una relación anímica especial entre el que ama con el que es amado.
Este sentimiento no puede ser captado racionalmente, ni definido; Sólo puede ser probado en su existencia y en su realidad, al ser puesto a prueba ante el desafío de la necesidad del sacrificio, incluso del autosacrificio por el prójimo. El jasidismo, un movimiento espiritual y popular del siglo XVII-XVIII, dio un nuevo y poderoso impulso al cumplimiento del precepto del ahavat haberiyot. Lo convirtió en piedra fundamental de su concepción acerca de la humanidad, cuyo contenido era regido por el principio, que no hay hombre completamente malo. En todo hombre hay una chispa de la Divinidad, y que todo depende de que se encuentre a aquél congénere que sepa comprenderlo y convertir esta chispa en una verdadera llama. Según este concepto, el amor al hombre no es simplemente la represión temporal del odio en el corazón, sino la extirpación total del odio. Hay que fortalecer, por lo tanto, el amor al prójimo y la disposición a sacrificarse por él.
Los maestros discuten si este precepto incluye también a los malvados, o se debe restringirlo sólo a aquellos que son buenos. Prevaleció la opinión de que la ley que obliga «amarás a tu prójimo como a ti mismo», no hace ni diferencias ni excepciones y el principio fundamental del judaísmo es que todo hombre fue creado a imagen divina, sin distinción. De ahí que todo hombre merece el mismo trato y respeto. Es obligación dirigirse a todo ser humano con justicia, amor y paciencia, comprensión y tolerancia; ésta es la senda hacia la perfección del mundo.
Según el concepto talmúdico, el amor incluye al prójimo, aún cuando éste sea un pecador. Esta es la opinión también de los jasidim, que dicen: Si pudiéramos amar al más justo, en la forma como Dios ama al más malvado, contribuiríamos al mejoramiento del mundo. De acuerdo a los jasidim, el amor al hombre no puede restringirse a los buenos y rectos y excluir al pecador. El jasidismo insiste en un amor universal.
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