Bein hametsarím, pidiendo clemencia…

¡Por favor, Todopoderoso, apiádate de nosotros!

Nuevamente estamos en los días de ben hametsarim. Otra vez llegan estos días y vuelve en nosotros el duro sentir de la diáspora. La vida cotidiana y corriente toma otro matiz, al recordar que en pocos días, de no mediar ningún cambio, lloraremos por la destrucción del Gran Templo. Se cumple un año más de vida en la diáspora. Un destierro en el cual vamos dejando nuestros días y años más fructíferos. Una diáspora difícil de sobrellevar por los acontecimientos que día tras día golpean la realidad judía en todo el mundo. Una diáspora que dio lugar al mayor exterminio de iehudim y no nos referimos al Holocausto, sino a la implacable e incontenible asimilación. La imposibilidad de contar con una vida plena dentro del judaísmo. No tener el Bet Hamikdash, Gran Templo, Jerusalén y la Torá como epicentro de nuestras vidas, son las causantes de tamaño mal.
No menos de dos tercios de los Iehudim del mundo no tienen ni la más mínima identificación con el judaísmo y la Torá. La mayoría del tercio restante poco es lo que sabe y observa de los 613 preceptos de nuestra Torá.
Dichosa aquella minoría que asiste por las mañanas y por las tardes todos los días del año a los Bet Hakeneset (Templos). Bienaventurados los que dedican al menos alguna hora semanal para conocer lo que dice nuestra Torá. Más aún, los que varias horas a la semana buscan saciar su sed en los diferentes cursos de Torá para hombres y mujeres, que se dictan en todo el mundo.
Pero precisamente esa minoría que tan presente tiene el concepto de diáspora y redención verdadera, debe preguntarse: ¿hasta cuándo? ¿Acaso no ha llegado el momento?

Está escrito en un libro sobre los iehudim de Yemen que en cierto año, en un Shabat como este, en el cual se anuncia el comienzo del mes de Ab, decretaron una reunión en la ciudad de Tzinha.
Un orador tras otro movilizó y despertó hasta los sentimientos y fibras más íntimos de los corazones presentes. Al final, el último orador se dirigió a los niños presentes, que se encontraban sentados sobre el piso en el centro del Bet Hakeneset y les dijo: «Niños puros y santos: ¿por qué callan? Clamen y pidan al Todopoderoso». De inmediato los maestros y alumnos clamaron al unísono: «¡Todopoderoso, por favor, apiádate de nosotros!» Las paredes se estremecieron del llanto y del clamor de los niños.
Iehudí, si no podés gritar, al menos digámoslo: «¡Por favor, Dios, observa nuestro sufrimiento y envíanos Tu salvación