PARASHAT EMOR 2026: Mensaje a los profanadores

“Serán santos para su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios; porque las ofrendas del Señor hechas por fuego, el pan de su Dios, ellos las ofrecen; por lo tanto, serán santos.” Vaikrá- Levítico 21:6

¿Qué hago yo comentando un versículo como éste que habla de la santidad de los sacerdotes, cuando la institución del sacerdocio no existe más ni mucho menos las ofrendas como modo de dirigirse a Dios?

Vayamos al pshat- es decir- a la literalidad del versículo. A ver si comprendemos algo más.

Se les dice a los kohaním que deben ser santos para Dios y creería que la segunda parte del versículo explica que la santidad tiene que ver con no profanar el nombre de Dios y la tercera parte explica por qué: porque son ellos los que ponen las ofrendas en el fuego para Dios, ofrendas de las que Dios “se alimenta” y esa tarea estaría imbuida de santidad.

¿Están de acuerdo conmigo?

Sin embargo, me quedan dudas… qué será ser santo, qué será no profanar el nombre de Dios…

Vayamos a buscar algunas explicaciones.

Ovadia Sforno (s. XV) explica:

“… al sacerdote no se le permite ignorar la dignidad que su condición de sacerdote le impone. Aunque los sacerdotes, sin duda, pretenden honrar a Dios en lo que hacen, cuando ignoran las restricciones que su condición les impone, profanan indirectamente el nombre del Señor.”

Tiene sentido el punto de este erudito italiano. El sacerdote cumple una función que excede su propia vida y, por tanto, las exigencias del cumplimiento de su función hacen que el no llevarlas a cabo, fuese como la profanación del nombre de Dios.

Se me ocurre pensar en lideres religiosos que embanderados en los valores de su tradición no respetan su investidura y la usan para otros propósitos: eso sería profanar el nombre divino.

Es un buen punto. Pero necesito algo más.

“El midrash (Sifra, parashat Emor) explica:( Levítico 21:6) «Santos serán para su Dios»: por fuerza (es decir, incluso si están dispuestos a ser impuros) «y no profanarán el nombre de su Dios; porque el fuego del Señor, el pan de su Dios, lo ofrecen, y serán santos»: Esta es la causa (es decir, al despojarse del precepto del sacerdocio).”

Lo que entiendo que dice el midrash de modo algo “retorcido” es: Asumir el rol de sacerdote es -les guste o no- respetar la santidad con la que fueron investidos. Hacer cualquier otra cosa es decidir despojarse de su función porque habrán profanado el nombre de Dios con el abandono de sus responsabilidades.

Pensaba que es interesante el hecho que los sacerdotes nacen sacerdotes porque es una función que se hereda… entonces su voluntad acá no tiene ningún espacio. Se supone que es un honor, pero ¿si no lo fuera?… Polémico.

Encontré textos más interesantes en el Talmud:

“La Guemará pregunta: ¿Cuáles son las circunstancias que provocan la profanación del nombre de Dios? Rav dijo: Por ejemplo, en el caso de alguien como yo, siendo una figura pública importante, si tomo carne de un carnicero y no le doy el dinero inmediatamente, es probable que la gente piense que no tenía intención de pagar. Me considerarían un ladrón y aprenderían de mi comportamiento que está permitido robar.” Talmud de Babilonia- Tratado de Yoma 86a

Es atrayente lo que plantea este texto. Los que tienen responsabilidad, los que son figuras reconocidas públicamente, tienen que extremar aún más el cuidado de sus acciones, que pueden darse a comprender equívocamente. El que elige una función pública es un referente y debe ser cuidadoso, también con las acciones que no tienen malas intenciones, pero pueden darse a confusión.

Uno más, para seguir este recorrido por las fuentes:

“El Talmud continúa hablando de un erudito de la Torá que se beneficia de los banquetes opcionales. Los Sabios enseñaron: Todo erudito de la Torá que se entrega a los banquetes en exceso en todas partes se degrada a sí mismo y se acarrea sufrimiento. Finalmente destruirá su casa, dejará viuda a su esposa, huérfano a sus hijos y sus estudios serán olvidados. Se enfrentará a muchas disputas, sus palabras no serán escuchadas y profanará el nombre de Dios, el de su maestro y el de su padre. Y se acarreará mala fama a sí mismo y a sus hijos…” Talmud de Babilonia- Tratado de Pesajím 49a:19

No es sólo lo que sabes. No son sólo los títulos. Las conferencias. La especialización. Es también lo que se espera de la persona que está detrás de los diplomas lo que hace que no se profane el nombre de Dios. También me parece interesante pensar cómo la fama, los puestos jerárquicos, los roles de autoridad promueven en algunas personas una impunidad que los exilia de sus comportamientos humanos; como si ellos fueran sus carreras, sus conferencias, sus escritorios en lujosas oficinas… pero cuando las luces se apagan, allí se juega la verdadera santidad: la de volver a casa, la de cuidar lo propio, la familia, la casa, a los mayores… todo aquello que espera cuando nuestras relaciones laborales, comerciales o académicas se van de nuestro lado.

Por último, vayamos a Maimónides que quita de contexto sacerdotal este versículo y lo comprende universalmente (como nos gusta a nosotros).

“A toda la Casa de Israel se le ordena acerca de la santidad del Gran Nombre… y se le advierte que no profane [el nombre de Dios]…”  Mishné Torá Hijlot Yesid HaTorá

Esto significa que no es sólo a los que le atañe una función pública, sino a todo el pueblo que aplica este principio; no cumplir con la santidad es profanar el nombre de Dios.

Y más adelante agrega algo interesante:

“Cuanto más erudito sea el autor, más escrupuloso deberá ser y más deberá ir más allá de lo que exige la letra estricta de la ley.”

Tan contrario a nuestro tiempo que, cuanto más erudición y yo agregaría, más poder, se creería que se aumenta el derecho a no cuidar de los escrúpulos porque están apañados por sus funciones o por la confianza que les dan quienes los han puesto en esos roles. A más poder, más cuidado; aún más allá de lo que la estricta ley obliga.

Y con esto me voy despidiendo. Creo que no hacen falta demasiadas conclusiones.

El lenguaje aparentemente religioso de lo que significa profanar el nombre de Dios ha exonerado a muchos en ámbitos no religiosos a no tener pudor. Pero sí, es profanación, con todas sus letras. Profanan la confianza, profanan el futuro, profanan la esperanza, profanan la función que representan, profanan en definitiva el proyecto de justicia, amor y misericordia de Dios en la tierra.

Y no me vengan con que esas palabras son sólo de las religiones.

Justicia. Amor. Misericordia. Paz.

Son obligaciones inviolables de todos. De los de a pie y de los que andan en coches de lujo, de estrado en estrado.

La santidad está lejos de quedar encerrada en los santuarios.

Es un imperativo de un mundo todo profanado por las angurrias de poder y el sufrimiento de tantos en consecuencia.

Justicia. Amor. Misericordia. Paz.

No lo deleguemos. Que no se nos pase la vida esperando que otros lo hagan por nosotros. A sembrar nuestros espacios de pequeñas santidades. Quizás así podamos imponernos a los que se empeñan en profanar su Nombre y todos nuestros nombres.

Shabat shalóm,

Rabina Silvina Chemen