PARASHAT AJAREI MOT-KEDOSHIM: Quitar lo que no nos deja ser

Estamos aún conmovidos por los sucesos de estas dos semanas que pasaron. Con una intensidad inusitada se vivieron la conmemoración de Iom Hashoá y la celebración de Iom Haatzmaut.

Ajarei Mot- es la primera de las dos parashot: Después de la muerte- después del genocidio, después de las guerras en Israel, después de todo el dolor, celebramos, estamos acá, somos pueblo de Israel, festejamos el Estado de Israel.

En este contexto de pandemia y aislamiento, las visiones de las efemérides, de los rituales y las lecturas, cambia. Buscamos motivos que nos hagan comprender el paso de esta situación única para la humanidad, intentamos definir qué es lo que no abandonaremos, qué es lo que podemos prescindir, qué necesitamos, qué extrañamos, qué mejoraremos… Nos estamos encontrando en esta inesperada situación de tener que estar con nosotros mismos mucho más que antes cuando el afuera nos proporcionaba otros “otros”, otros ruidos, distracciones y motivaciones.

Y en este contexto, me quedo con una de las tantas maravillosas mitzvot que aparecen en parashat Kedoshim- la segunda de las dos parashot que leemos esta semana. Una mitzvá que al leerla a simple vista no nos emociona ni nos significa.

Pero intentemos darle otra lectura:

וְכִיתָבֹאוּ אֶלהָאָרֶץ, וּנְטַעְתֶּם כָּלעֵץ מַאֲכָלוַעֲרַלְתֶּם עָרְלָתוֹ, אֶתפִּרְיוֹ; שָׁלֹשׁ שָׁנִים, יִהְיֶה לָכֶם עֲרֵלִיםלֹא יֵאָכֵלוּבַשָּׁנָה, הָרְבִיעִת,יִהְיֶה, כָּלפִּרְיוֹקֹדֶשׁ הִלּוּלִים, לַיהוָהוּבַשָּׁנָה הַחֲמִישִׁת, תֹּאכְלוּ אֶתפִּרְיוֹ, לְהוֹסִיף לָכֶם, תְּבוּאָתוֹאֲנִי, יְהוָה אֱלֹהֵיכֶם.

Cuando hayáis entrado en la tierra y plantado toda clase de árboles frutales, os abstendréis de sus frutos que serán como bloqueados para vosotros. Por tres años os serán bloqueados, y su fruto no se comerá.
El cuarto año todo su fruto será santo, una ofrenda de alabanza al Eterno.
El quinto año podréis comer de su fruto, para que os aumente su producción. Yo soy Adonai, vuestro Dios.”       
Vaikrá 19:23-25

Entre las múltiples y ricas leyes que se describen en parashat Kedoshim encontramos las que atañen al consumo de frutos. En la Torá Dios le ordena a Moshé que la fruta de los primeros tres años de un árbol recientemente plantado está prohibida para el consumo; que el cuarto año debe llevarse la fruta a la ciudad santa de Jerusalem y debe comerse allí bajo las condiciones de pureza ritual; y que al principio del quinto año, la fruta será nuestra para hacer con ella lo que queramos: venderla, hacer con ella diferentes productos y consumirla personalmente a voluntad.

Una medida que, al modo acelerado en el que vivimos, nos parece poco productiva, innecesaria y por supuesto deficitaria en términos económicos: ¡espera de 5 años antes de consumir el fruto de un árbol!

Muchas explicaciones que se le dan a este precepto tienen que ver con un desprendimiento gradual de la fruta, como objeto creado por Dios, hasta que llega a nuestras manos. Cierto tiempo en el que queda ligada al árbol, luego un paso intermedio: tomamos contacto con el consumo del fruto pero en la ciudad de Jerusalem, lugar simbólico de la residencia de Dios y por último, el quinto año, en el que llega la autorización para el consumo humano.

Hay otra lectura sobre el simbolismo de esta ley, que la aporta la Kabalá que habla de cierta progresión en el camino de la conciencia, entendiendo que el fruto es orlá (literalmente sobrepiel, o prepucio) porque en el comienzo las “cáscaras” impuras cubren todo lo que es sagrado en el mundo. Luego, en el cuarto año la fruta permanece limitada en este proceso de liberación de sus “corazas” por decirlo de alguna manera, y finalmente, cuando la fruta logra despojarse de lo que la contamina es buena, sagrada y fuente de bendición.

Es interesante destacar que la Torá utiliza la misma palabra para nombrar a la fruta que no debe desprenderse del árbol y para el prepucio que se quita a un niño en el brit milá.

Y si buscamos en nuestro Tanaj, encontraremos que dicha palabra es usada simbólicamente para hablar de la dificultad de desplegarse con toda la potencialidad. Miremos:

Y habrán de circuncidar la orlá de vuestros corazones…”  Devarim 10:16

Sus oídos están cubiertos con prepucio…”  Irmiahu 6:10

Y respondió Moshé delante de Adonai: He aquí, los hijos de Israel no me escuchan; ¿cómo, pues, me escuchará Faraón, siendo yo “arel sfataim” (torpe de labios)?”  Shmot 6:12

Este recorrido me parece interesante: los labios, los corazones, los oídos, tanto como los frutos son pasibles de estar cubiertos –simbólicamente– por una orlá, que los aleja de la santidad, que los acoraza, los rigidiza, los impotentiza para desarrollarse con toda su capacidad.

Pero por otro lado el texto de nuestra parashá ofrece una acción que, focalizada en el árbol, intenta moldear nuestra conciencia, nuestras palabras en los labios, nuestra manera de escuchar a través de nuestros oídos, nuestras emociones en nuestros corazones y es más, me atrevería decir que el brit milá entra dentro de esta categoría, en la que la marca en el miembro masculino conlleva un mensaje sobre la santidad del cuerpo y la sexualidad.

En todos los casos, el ritual es de brit, de pacto, cuando entendemos por pacto un acuerdo de partes en el que cada uno da, cede o renuncia en pos de recibir del otro.

Y es allí donde yo le encuentro sentido a lo que debe realizarse el cuarto año, antes de utilizar los frutos a nuestro antojo.

El cuarto año es el año del pacto, de la dedicación de dirigirse a Jerusalem, y tomar el fruto con la conciencia de lo que nos está pasando. Es la ofrenda que nos habilita vivir plenamente, con verdad, lo que tenemos en nuestras manos.

Así, creo yo que somos habilitados para disfrutar. Después de saber lo que no teníamos o podíamos, para luego detenernos en agradecimiento por lo que nos sucede, y allí hacer uso de ello libremente, con la magnitud de lo que esto significa.

Pensaba en este proceso y no puedo no ligarlo a lo que estamos viviendo. Estamos siendo testigos de las consecuencias de nuestras cerrazones, nuestras orlot- al producir una humanidad inequitativa, al explotar al planeta y al hacer de la investigación genética un arma de poder más que de sanación. Y como estábamos acorazados por la insensibilidad y la indiferencia, estamos todos adentro, intentanto “reparirnos” (término que acabo de inventar), de volver a nacer como humanidad, gestándonos nuevamente en los úteros de nuestras casas y soledades.

No vamos a volver como si nada hubiera pasado. Hay un proceso en las corporalidades, en nuestras maneras de pensar y liderar una sociedad, en nuestras decisiones de consumo… sin embargo hay un gran riesgo: que nos salteemos aquel paso que nos pedía que al cuarto año vayamos a Jerusalem, que dediquemos una parte de nuestra vuelta no al desenfreno y a intentar vivir todo lo que no pudimos en estos tiempos de encierro, sino que hagamos un alto e intentemos santificar la experiencia, ofrendar nuestras aprendizajes y de verdad comprometernos a no volver a ser las sociedades que fuimos que nos llevaron a este desastre global… y a tantos otros que no vemos, o que no queremos ver, porque nuestros ojos están cubiertos de prepucios de desentendimiento y apatía.

Sólo si vamos a ser completamente responsables vamos a poder comer de nuestros frutos. Sólo así todo esto habrá tenido algún sentido.

Shabat Shalom,

Rabina Silvina Chemen.