PARASHOT BEHAR-BEJUKOTAI: Responsabilidad o retribución

Las porciones de Behar y Bejukotai contienen treinta y seis de los 613 preceptos, siguiendo la clasificación tradicional. Diecisiete de ellos sólo resultarían aplicables en Érets Israel, y nueve ya no se aplican desde la destrucción del Segundo Templo. Los diez restantes desarrollan o reiteran lo explicado ya en otros comentarios, principalmente el de la Parashat Kedoshim.

Los temas que se tratan en estas porciones son principalmente el año sabático, el jubileo, y finalmente la tojejá o reprimenda de Moisés a los israelitas al final, en el capítulo 26. Trataremos los temas desarrollándolos por separado:

A) El año sabático. En el capítulo 25, versículos 2-7, se dice que «un año de siete el suelo de la tierra de Israel será dejado sin sembrar en él». Este séptimo año es llamado «un shabbat para el Eterno», es decir, un año sabático. En el libro de Éxodo se habla también de este descanso de la tierra, en el llamado séfer habrit, «libro del pacto» (Éxodo 23:10) sin embargo no se le denomina «shabbat», y en el versículo que sigue (23:11) se prohíbe al propietario usar los productos de ese año, teniendo que dejarlos para provecho de los pobres o de los animalillos que pasen por el fundo. Esa regulación no se contradice con los versículos que nos ocupan (Lev. 25:6-7), en los que se pide que el producto de la tierra no se extraíga para «utilización exclusiva del propietario», sino que habrá de compartir con los demás, por ejemplo, los más pobres.

También en el libro del Deuteronomio (más tardío), se habla de una shemitá que se traduce como «año sabático», pero referida a la liberación del deudor respecto de la suma debida (Deut. 15:1-10), tratando por ello la materia de manera diferente. La etimología de shemitá parece apuntar a un verbo cuyo significado es «dejar que algo brote». El judaísmo tradicional une las dos cosas: liberación de la deuda y descanso del suelo.

Se tienen noticias de la observancia de la shemitá en la época del Segundo Templo (lee por ejemplo Macabeos 6:49). También Josefo se refiere a las exenciones de impuestos que en ocasiones Julio César condece a los judíos palestinos durante el año sabático. No debe extrañarnos pues que la Mishná el Talmud de Jerusalén recojan un Tratado Shevi’it, referido a este tema en detalle. Más tarde, la indulgencia romana se transforma en opresión, y el Rabino Yanai llegará a autorizar a los judíos a que cultiven la tierra incluso durante la shemitá (como medida excepcional). En el presente, algunos judíos ultraortodoxos de Israel guardan estos preceptos.

B) El jubileo. Se lo define como «siete semanas de años», el último de los cuales sería la séptima shemitá, siguiéndole un yovel o «jubileo» (Lev. 25:8 y ss). Antes de llegar el jubileo se toca el shofar para anunciarlo. No debemos confundir el término yovel con jubilum en latín, «grito salvaje» que alude a la alegría o gran celebración, significado que conserva en determinados ritos cristianos. Las reglas de este yovel consisten en la devolución de las tierras a sus antiguos propietarios y la concesión de la libertad para los esclavos. En casos de viviendas en ciudades amuralladas lo primero resultaba aplicable sólo dentro del primer año desde la venta. Se añaden disposiciones para protección de los bienes de los levitas (29-34).

No se tiene testimonio de su observancia durante el Segundo Templo, pero sí tenemos el capítulo 4 del libro de Rut, en donde se menciona la devolución de tierras. La regulación del yovel parece haber ser un manual de justicia teórica, que raramente resultaría aplicable. Es por eso que los rabinos, en relación a muchos de los versos, declaran «nunca fueron operativas ni lo serán jamás».

Sí que interesa sin embargo entrar al significado de deror, un extraño término para «libertad» en el verso 25:10. Entre los antiguos babilonios encontramos el duraru o anduraru, de origen sumerio. El significado de este duraru varía según las fuentes. Puede ser la liberación del esclavo o la devolución de las tierras a anteriores propietarios o la extinción de deudas, no como una práctica común sino como un acto de gracia por parte del gobernante o con ocasión de la ascensión de un rey.

C) La tojejá de Moisés a los israelitas (en el capítulo 26). Con ella termina el Código-H (de holiness en inglés «santidad») que empezábamos hace dos o tres semanas con el capítulo 17, seguido de las bendiciones y maldiciones. Esta estructura parece común en documentos antiguos tales como el Código de Hammurabi o el sumerio Lipit-Ishtar; también los acuerdos entre conquistadores extranjeros y reyezuelos locales de la época hitita o asiria (o también el capítulo 28 de Deuteronomio).

En este punto debemos hacer una reflexión sobre el significado de qué es «retribución». En la teología teísta tradicional Dios es omnipotente y omnisciente, conoce los pensamientos de los hombres y los retribuye según el camino que éstos siguen. Esa retribución es colectiva generalmente en las fuentes pentatéuticas, pero va girando hacia un mayor personalismo en los profetas y salmistas. El libro de Job es la mejor exposición de esta clase de teología de la providencia, del Dios in-influenciable.

Sin embargo, el judaísmo moderno ha evolucionado hacia una teología deísta (como el transnaturalismo de Mordejai M. Kaplan), que pone el acento en la capacidad del hombre de influir en Dios o de mejorar el escenario a su alrededor. El rabino Harold S. Kushner escribió ese libro genial titulado When Bad Things Happen to Good People «Cuando a la gente buena le pasan cosas malas». Kushner está a la cabeza del llamado sector progresista del movimiento conservador/masortí. Aquellos que estamos con Kaplan o Kushner, creemos que Dios no está en todas partes ni tampoco siempre, sino allí y cuando el ser humano «le llame» o allí y cuando éste actúa y «mueve el culo». En un episodio de los Simpson, cuando Homer y la casa familiar arden en el episodio en el que Homer deja de ir a misa, se expresa perfectamente … Dios no incendia la casa pero reside en los corazones de los que van a apagar el fuego. No sé muy bien de si podemos o no influir en Dios, pero de esto tengo la absoluta certeza: está en los corazones de los que acuden a apagar el fuego, a curar a los enfermos, a asistir a la viuda y al huérfano… En el relato de la destrucción de Sedom, Abraham discute con Dios. La gente pasa estos versos de corrido, porque despacito pueden resultar soporíferos, pero encierran un tesoro. Cuando Abraham le dice… «si hubiese cincuenta (o cuarenta y cinco, …. o diez…) justos en la ciudad, ¿destruirías a los justos con los impíos?». Abraham no pretende variar la voluntad de Dios, pero sí puede influir sobre la relación que él tiene con Dios … Abraham echa cuentas … ¿si Dios destruye a la ciudad habiendo en ella cincuenta justos… seguiría ESTE siendo MI DIOS? … ¿si Dios destruye a la ciudad habiendo en ella cuarenta y cinco justos … seguiría ESTE siendo MI DIOS?…

Ciertamente, en este tema, el derecho romano se muestra más ético que los versos bíblicos: y es que prefiero mil veces la «responsabilidad» a la «retribución», y detrás de la responsabilidad está la máxima latina neminem laedere «no hacer daño a los demás» … o el verso bíblico cuando dice tsedek tsedek tirdof «justicia, justicia has de perseguir» (Deut. 16:20).

Autor: Adi Cangado