PÉSAJ, UNA FESTIVIDAD JUDÍA CONTRA LA TIRANÍA

Pésaj, la Pascua judía, no es sólo la conmemoración de una liberación nacional o religiosa. Se trata también de la celebración del tiempo recuperado para el hombre que de pronto es libre. No hay tiempo para cocer la matzá, el máximo símbolo de Pésaj. No lo sería si no fuese celosa de su tiempo. La disponibilidad del tiempo por el hombre moderno es la medida de su libertad.

El Exodo es recordado más de 150 veces en el Pentateuco, texto conciso y lacónico y en el que no se encuentran palabras que no sean imprescindibles. Pero, en cada mención, en cada símbolo, se expresa también afecto a la idea. El recuerdo sin devoción es sólo letra muerta. La retentiva humana es breve y necesita de sensaciones que la renueven. Por ello se recuerda también con las «señales sobre su mano y el ornato entre sus ojos» de los tefilín y en las plegarias «que en aquel mismo día, sacó H» del país de Egipto a los israelitas en orden de campaña» (Ex.12:50).

Pero, si la persona no practica la experiencia, tampoco obtiene nada con el recuerdo vacío. Esa repetitiva declaración de independencia de la casa de la esclavitud y de los intentos inacabados de extirpar los signos de la sumisión del corazón, sirve para perpetuar la importancia de la libertad. Para enseñarnos que no la debemos olvidar. El recordar es preparación para el goce de lo obtenido, porque las acciones sucedieron y allí están esperando que las hagamos propias. Pero, la libertad no es un objetivo por sí, sino un medio para lograr el destino propio y para poder servir lo importante.

Pésaj, dicen quienes entienden la magia de las letras, puede leerse pe-saj, la boca que habla, queriéndonos significar que Pésaj, nos dotó del verbo que habíamos perdido en la esclavitud. Nos devolvió la palabra, el derecho de opinión, la posibilidad de fluir en el Conocimiento. Nos hizo humanos. Pésaj nos restituyó la libertad de la que carecíamos tras las rejas de esa cárcel, para algunos de oro, que no todos quisieron evacuar. Pésaj autorizó a recibir la Palabra de la Ley en Sinai y a abrir la boca, al fin, también para quejarse, siempre y cuando se posea la libertad interior para romper las barreras (también las auto-impuestas). Para elevar nuestro grito a las Alturas. Para agradecer y expresarnos.

Por ello el mandamiento de «vejol hamarbé…», -y cuanto más extensamente se narre acerca del éxodo de Egipto, mejor será. La narración da significado a aquella acción para quienes no pudieron compartirla. La palabra se une aquí al espacio y le da sentido amplio. En nuestros días podemos entender la necesidad del relato cuando hay seres humanos que todavía prefieren aceptar quietos el fatalismo y que otros decidan por ellos en los momentos trascendentales. Aceptan así las dictaduras de la voluntad ajena. Quedan mutilados de elegir su espacio y de interactuar en el Servicio Divino. Leer la Hagadá incorporando su significado y analizando su esencia y mensaje, puede servirles para salir de su pasividad y convertirse en dueños de su destino. Enriquecer el Relato y transmitirlo es ejercer el derecho obtenido en el Éxodo.

El judaísmo no desea la sumisión al pesimismo ni a la desesperanza, quiere que cada ser sea realmente soberano. Condena esclavizarse a esclavos. Celebra a quienes pueden unirse con libertad a su Creador.

 

EL TIEMPO COMO LIBERTAD

La salida de Egipto nos entrega la posesión del tiempo donde antes hubo que aceptar su fijación por los intereses ajenos. El tiempo de amar y el tiempo de odiar, el de rasgar y el de coser, el de perder y el de guardar, el de la guerra y el de la paz, el de llorar y el de reír. Es el ser humano quien tiene la capacidad de decidir las etapas y los tiempos del hacer y del abstenerse de accionar.

Los judíos conocieron el tiempo y determinaron o midieron las grandes y las pequeñas unidades. Los meses que varían, eran fijados por el Sanedrín, y también las festividades que dependen del calendario. Debían venir los testigos para certificar que vieron las señales de la luna nueva y convencer a los jueces de que ya había neomenia.

El tiempo judío es el de una serie de percepciones temporales, en forma de latidos, interiorizándolo y convirtiéndolo en lo que se llama duración y temporalidad. Los tiempos de verbo hebreo expresan acciones completas o incompletas. El verbo hebreo es intemporal y se relaciona con la vivencia interna del tiempo, y no con los modos de presencia de las cosas. Tal como la dimensión del Tiempo es inabarcable, así debe ser la sensación de la libertad.

La Torá nos prescribe que «Este mes será para vosotros el comienzo de los meses; será el primero de los meses del año» (Exodo 12:2), antes de la décima plaga, cuando ya las campanas de la libertad están tocando. El mes será «para vosotros», porque ustedes serán los amos de vuestro tiempo. Ahora ya se puede contar el tiempo propio y seguir dominándolo. ¡No más festejos de alegrías ajenas ni conmemoraciones de épicas dudosas y externas, obligados por decretos que no legislaron!¡¡No más vivir del tiempo prestado o rentado! Basta de seguir la agenda de los otros. Si consiguen la libertad, les brindo el bono del derecho de enseñorearse sobre el tiempo. Serán dueños de la eternidad que no es más que la suma de cada instante. Rabí Ovadia de Solferino, conocido como el Seforno, ve en ese versículo la esencia del destino del pueblo judío.

El midrash nos ilustra la magnitud de esa verdad al relatarnos que los ángeles del servicio le preguntaron al Santo Bendito cuándo es el día del juicio, y les respondió: «Vengan conmigo a preguntar al tribunal terrenal».

El tiempo de la libertad es la concesión más extraordinaria obtenida con la salida de la esclavitud.

Otro ejemplo lo encontramos cuando el Talmud nos relata las discusiones sobre el día en el que debía acaecer Yom Kipur, y nos aclara que «no nos debemos fiar para la fijación de las fechas ni siquiera en una voz celestial».

Nisán es el primer mes del año, porque es el original en el que se pudo decidir la potestad de tiempo. Sólo los esclavos no tienen tiempo, simplemente porque no les pertenece.

«No tengo tiempo para nada, el trabajo me absorbe», es frase de quien renuncia al goce de su disponibilidad. El hombre libre, dispone del tiempo por formar parte intrínseca de su ser, de su libertad, no lo pierde, no lo regala, es celoso de ese bien.