PARASHAT METZORA: una critica a la normalidad

Parashat Metzorá describe lo que sucede cuando alguien tiene tzaraat (una enfermedad eruptiva que toma toda la piel). La respuesta inmediata es la de separar a la persona de la comunidad. Y de un Kohén, sacerdote que se hace cargo de volverlo al campamento una vez curado.

Cuando la persona se pone en cuarentena, el sacerdote visitante mantiene la conexión con la comunidad. Y cuando la persona está lista, la reintegración no es gradual o marginal: ocurre frente a tabernáculo de reunión, el tabernáculo de reunión, el espacio público más sagrado. Después de eso, la persona reanuda la participación comunitaria completa. El punto es claro: si alguien no se encuentra, la comunidad es incompleta.

En el mundo de hoy Metzorá aún nos desafía respecto de la integridad comunitaria. Metzorá ofrece una aspiración: una sociedad justa, inclusiva de todas las singularidades.

Acá es donde me parece que se pone en jaque el concepto de lo normal y lo anormal que hoy se equipara a “adentro” y “afuera”.

Se marcó un borde, un “afuera” que existe para dar cuenta de la tarea de los que están “adentro”:  la de reintegrarlos, la de no olvidarse, ni ponerles muros para no verlos y así pretender que no existen.

Todos somos víctimas y usuarios de un binomio que no podemos desentrañar: el de normalidad/anormalidad. En la educación, en la sociedad, incluso en nuestras familias.

Hemos aprendido a tener en claro los bordes que dejan a los supuestos normales y sanos adentro y a los supuestos enfermos y anormales afuera.

Toda estructura social necesita bordes, algo que defina lo que puede estar dentro y lo que debe quedar fuera.

No es tan simple hablar de márgenes, de exclusiones protectoras a veces, de inclusiones riesgosas otras, de exclusiones injustas muchas veces y de inclusiones frustradas muchas otras.

Nos llenamos la boca hablando de diversidad, de aceptación de la diversidad, como si alguien tuviera la potestad de aceptar o no la misma esencia de lo humano.

Cuando buscamos la etimología de la palabra diverso casualmente o no, asume la forma de desviarse, del latín, de apartarse del camino… algo que no está en la “ruta principal”.

Diverso… lleva dentro de sí la raíz latina divertere que es separarse, alejarse, antiguamente ese alejarse de lo habitual, cuando se hablaba de alejarse del trabajo derivó en divertir…

Y así también divorcio llega de la misma palabra divertere.

Y así hablamos con liviandad de lo diverso, y muchas veces nos quedamos con la raíz de esta palabra: diverso viene de la raíz “versus”, estar del otro lado. O dejar del otro lado. O ponernos en otro lado.

Nominalmente somos inclusivos, en la realidad es mejor que todos los que no son como uno, estén en los bordes.

No es la intención acá poner en el banquillo a nadie. Necesitaríamos una gran plataforma para sentarnos todos porque no creo que muchos queden exentos de esta actitud que tantas veces nos deja en el centro porque hemos decidido qué y quién quedan en la periferia.

En otras épocas era claro que los bordes estaban designados para los locos, los defectuosos, los leprosos, los incorregibles, los delincuentes, los atrasados, los retrasados. Ese era el nombre que se le daba a los “anormales”.

Pero debemos reconocerlo: cada época define su idea de normalidad/ anormalidad al alcance de la mano. Y caemos en la tentación, en la trampa de sentirnos seguros al creer que todo se soluciona con sucesivos recambios de nombrar a los sujetos bajo etiquetas que nos permitan definir quién debe quedar adentro y quién afuera: clasificaciones, etiquetamientos, agrupaciones, grupos, denominaciones…

Ahora se llama diversidad… pero en el fondo presiento que es sólo un cambio de terminología. Seguimos mandando afuera del campamento todo lo que no es nosotros, sea el nosotros la definición que cada colectivo decida darle.

Y en este afán de construir lo que aún sigue siendo muchas veces un discurso, una vez escuché a una vieja mujer recicladora, que, en un reportaje, conversando sobre su aparente exclusión y ahora “legalizada inclusión social” decía: Antes nadie me veía ahora me miran demasiado.

Fernando Bárcena (catedrático de filosofía de la educación en la Universidad Complutense de Madrid) escribe: “¿qué es la normalidad? Nada. ¿Quien es normal? Nadie. Aunque la diferencia hiere y por eso nuestra primera reacción es negarla ¿Cómo combatir la imposición de la distinción normalidad- anormalidad?

Habitando en el interior de la diferencia, ser íntimo con ella. Con un gesto cotidiano, quizás poético, de no negar la diferencia sino modificar la imagen de la norma.”

Cuando las normas, esgrimiendo regulaciones “objetivas” niegan asilo a poblaciones desplazadas, no incluyen a ciertos grupos de personas porque no aportan al proyecto hegemónico, no salen a curar a los enfermos o a dar cobijo a los que quedaron sin nada… el problema no son los marginados sino la norma misma; o, mejor dicho, la imagen de la norma que tantas veces es la mejor excusa para justificar la exclusión y el destrato.

Habitar el interior de la diferencia.

Me quedo acá.

Darle una oportunidad a ampliar la mirada, ensanchar el corazón y hacer del mundo que disfrutamos un espacio con lugar para todos.

Son muchos y muchas los/as que están en las márgenes con las pieles desgarradas y marcas que los hacen más visibles que otros.

Salgamos a sanarlos, como aquel sacerdote que se ocupaba de volverlos al campamento.

Porque mientras en nuestras sociedades sigan existiendo “metzoraim” invisibles a nuestros corazones, todos viviremos en las periferias por más que nos inventemos un centro inviolable de privilegiados.

Shabat Shalom,

Rabina Silvina Chemen