PARASHAT MIKETZ- SHABAT JANUKA: la responsabilidad del olvido

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Elie Weisel en un discurso pronunciado en 1999 decía:

En cierto sentido, ser indiferente al sufrimiento es lo que deshumaniza al ser humano. A fin de cuentas, la indiferencia es más peligrosa que la ira y el odio. A veces, la ira puede ser creativa. Uno escribe un hermoso poema, una magnífica sinfonía. Uno crea algo especial por el bien de la humanidad, porque está enfadado con la injusticia de la que es testigo. Pero la indiferencia nunca es creativa. Incluso el odio, en ocasiones, puede suscitar una respuesta. Lo combates. Lo denuncias. Lo desarmas.

La indiferencia no suscita ninguna respuesta. La indiferencia no es una respuesta. La indiferencia no es un comienzo; es el final. Por tanto, la indiferencia es siempre amiga del enemigo, puesto que beneficia al agresor, nunca a su víctima, cuyo dolor se intensifica cuando la persona se siente olvidada. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar… No responder a su dolor ni aliviar su soledad ofreciéndoles una chispa de esperanza es exiliarlos de la condición humana. Y al negar su humanidad, traicionamos también la nuestra.

Por lo tanto, la indiferencia no es solo un pecado. También es un castigo”.

Esta introducción escrita por una de las voces más autorizadas para hablar de ello; víctima del odio racial del nazismo, pero también de la indiferencia cómplice de personas y de estados del mundo, me da pie para dar luz a una de las puertas por las que podemos ingresar a la parashá de la semana.

Para ello tendremos que ir unos capítulos atrás. Cuando Iosef, el protagonista de toda esta zaga estaba en la cárcel e interpretó los sueños de dos prisioneros, adelantándose a lo que luego ocurriría. A uno, en efecto, lo mataron, como él anticipó y al otro, el jefe de coperos, lo liberaron. Veamos cómo está relatado:

Bereshit 40:13-15: “Al cabo de tres días levantará Faraón tu cabeza, y te restituirá a tu puesto, y darás la copa a Faraón en su mano, como solías hacerlo cuando eras su copero. Acuérdate, pues, de mí cuando tengas ese bien, y te ruego que te comportes conmigo con misericordia y hagas mención de mí a Faraón, y me saques de esta casa. Porque fui hurtado de la tierra de los hebreos; y tampoco he hecho aquí por qué me pusiesen en la cárcel.”

¿Cuántas cosas está diciendo Iosef en estos tres versículos?

Que se acuerde de él, quien fue el artífice, de algún modo, de su liberación. Que interceda por él ante el Faraón para poder él también ser liberado. Y que recuerde que está allí porque fue “hurtado” de su tierra- vendido por sus hermanos contra su voluntad y puesto injustamente en la cárcel por una calumnia infame de la mujer de Potifar.

Iosef es una víctima que busca por todos los medios hacerse escuchar. Sólo necesitaba que este jefe de coperos lo recuerde, lo tenga en cuenta, lo mencione, le dé existencia y lo saque del absoluto pozo del destierro y la injusticia.

¿Y qué sucedió? ¿Cuál fue la reacción de este señor que sí pudo conseguir la libertad?

Bereshit 40:20-23: “Al tercer día, que era el día del cumpleaños de Faraón, el rey hizo banquete a todos sus sirvientes; … E hizo volver a su oficio al jefe de los coperos, y dio éste la copa en mano de Faraón. Mas hizo ahorcar al jefe de los panaderos, como lo había interpretado Iosef. Y el jefe de los coperos no se acordó de Iosef, sino que le olvidó.

Lo único que le pidió Iosef es que lo mencione, que haga algún mínimo gesto para sacarlo de la invisibilidad y la muerte a la que había sido confinado. Pero no se acordó de él, y el texto lo refuerza como gritándo; “sino que se olvidó”.

Al olvidar- concluyen los que estudian los mecanismos de la memoria y el olvido- se evita que lo que ha sucedido en el pasado tenga demasiado peso en las decisiones del presente. Por lo tanto, el principal objetivo de la memoria no es en sí misma la mera transmisión de información a través del tiempo, sino la optimización de la toma de decisiones.

La función de la memoria y la función del olvido son guiarnos a tomar determinadas decisiones. El olvido no nos exime de las responsabilidades que no decidimos asumir.

Pero sigamos.

En nuestra parashá, el Faraón es el que sueña. Y ante la necesidad de mostrarse solícito ante su jefe, ¡de pronto! recuerda a ese siervo, hebreo, que por algún motivo había quitado de su memoria.

Bereshit 41:8-9:

A la mañana siguiente, su espíritu [de Faraón] se turbó; y envió por todos los magos de Egipto y todos sus sabios; y Faraón les contó sus sueños, pero nadie pudo interpretarlos para Faraón. El jefe de coperos habló y le dijo a Faraón: “Debo recordar [o hacer mención de] mis pecados este día”.

¿De qué pecados está hablando? Y ¿por qué en plural?

El exégeta y talmudista francés Iosef Ben Itzjak Bejor Shor (s.XII) va a decir que: “Dos pecados tengo sobre mí: uno que hice enojar al rey (por el cual fui a la cárcel) y el otro, porque no cumplí con lo que el joven (Iosef) me pidiera de recordarlo y lo olvidé.”

La historia que continúa es conocida.

A Iosef lo sacan de ese pozo, de una muerte en vida a la que fue injustamente sometido y lo invisten como el vice faraón de Egipto.

Pero quiero volver a este pequeño detalle. ¿Qué hubiera sucedido si este hombre se hubiera acordado de Iosef? ¿Cuánto dolor se evitaría si comprendiéramos que el olvido de los que sufren, de los silenciados, de los apresados en la injusticia y en el anonimato es un pecado? UN PECADO. La indiferencia no es una experiencia de la neutralidad. Es una decisión voluntaria de quien elige mirar para otro lado mientras allí en el pozo se retuercen los olvidados de siempre, las víctimas de la injusticia, los condenados a las márgenes.

El texto que cité de Elie Wiesel tiene una introducción con la que quisiera finalizar. Hablando de sí mismo, en tercera persona, nos cuenta su historia:

Hace cincuenta y cuatro años, un chico judío de una pequeña localidad de los Cárpatos se despertó, no muy lejos de la amada Weimar de Goe­the, en un lugar de eterna infamia llamado Buchenwald. Por fin estaba libre, pero su corazón no rebosaba alegría. Creyó que nunca volvería a ser feliz. Liberado un día antes por los soldados americanos, recuerda su rabia ante lo que encontraron allí. Y mientras viva, ese joven siempre les agradecerá su rabia y también su compasión. Aunque no entendía su idio­ma, sus ojos le informaron de lo que necesitaba saber: que ellos también recordarían y darían fe de lo que acababan de ver.”

¿Qué evoca en sus recuerdos el Premio Nobel de la Paz? Que los soldados americanos, cuando entraron a Buchenwald y vieron el insoportable horror con el que se encontraron, sus ojos se llenaron de rabia. Alguien – por fin –   manifestaba con su mirada una conexión que daba cuenta de lo que estaban presenciando. Y esa rabia se agradece, porque él como tantos millones sufrieron la tortura y la masacre, tanto como el desentendimiento y el olvido. Y cuando lo miraron, ese joven muerto de miedo recuperó algo de su humanidad, porque entendió que alguien lo recordaría y daría fe de lo que acababa de ver.

No todas las historias terminan como la de Iosef.

El olvido entierra las pocas esperanzas que tienen muchos de ser salvos.

Y aunque parezca que no hacen nada “malo”, los que olvidan y no se ocupan de recuperar a alguien de su dolor, también están en presos en la oscuridad de un pozo.

En este Shabat Januká, que las luces de nuestras janukiot nos inspiren a iluminar aquellos recovecos ignorados de nuestras familias y nuestras sociedades. Quizás un destello de luz y nuestra presencia hagan toda la diferencia.

¡Shabat Shalom!

¡Jag Urim Sameaj!

Rabina Silvina Chemen