PARASHAT MATOT: Nuestra palabra pesa

Y hablo Moshé a los jefes de las tribus de los hijos de Israel diciendo: Ésta es la cosa que ha ordenado Adonai: Un hombre, cuando formulare un voto ante Dios o formulare juramento para obligarse a sí mismo con prohibición, no habrá de profanar su palabra. De acuerdo a lo que sale de su boca, así hará”. Bamidbar 30:1-3

Moshé, en esta parashá comienza enseñando las leyes sobre la anulación de promesas a los líderes de las tribus de Israel. Un tema absolutamente ajeno a nuestro modo de vivir. Hoy no existen en la sociedad civil tales leyes porque las promesas o los votos no son categorías legales. Sin embargo en tiempos bíblicos la palabra enunciada era ley y su cumplimiento o incumplimiento estaba reglado.

Éste ya hubiera sido un tema más que interesante para abordar. Sin embargo hoy nos detendremos en otro detalle de este comienzo.

Cuando una persona formule un voto ante Dios no habrá de profanar su palabra. De acuerdo a lo que sale de su boca, así hará.

Sorprende el término. Cuando uno formula una promesa, si no lo cumple está rompiendo su juramento, quebrando su compromiso… pero la Torá habla de profanando su palabra.

Hay palabra sagrada y cuando es incumplida, lo que hacemos es profanarla.

Acostumbrados a concebir la palabra como algo efímero, sin sustancia, en tiempos donde decir y desdecir son habituales, la Torá nos dice que cuando no somos conscientes y consecuentes con lo que decimos y a posteriori hacemos, estamos cometiendo un acto de profanación.

Las palabras no son inmaterialidades volátiles, sino que son el reflejo más profundo de nuestras almas. Y al decir alma, quizás muchos desconecten en la lectura porque el alma es un tema opinable, relegado para los “religiosos”… y no es así. El alma, o como se quiera nombrar, es aquella porción de nosotros, de la cual somos responsables únicamente nosotros. Es el lugar, la dimensión, en donde se alojan los sentimientos, las decisiones, las fortalezas, la conciencia, las vulnerabilidades, las decisiones. Es todo aquello que depende de nosotros. Ahí habitan nuestras palabras y nuestra responsabilidad sobre ellas.

Los modos en los que se expresa el alma son muchos, las palabras es uno de ellos. Allí nace el lenguaje, lo que nos distingue de otras criaturas. Y lo bello que nos distingue del reino animal también es lo más perverso. Porque con el instrumento con el que fuimos dotados- el lenguaje- santificamos o profanamos. Así de contundente.

Cuando en el relato de Bereshit se cuenta que Dios le insufló hálito de vida a Adam, la traducción al arameo indica que la insufló “un espíritu que habla”. Es propio de lo humano hablar. Debería ser propio de lo humano hacerse responsable por lo que hace con ese regalo divino.

La Torá nos enseña que nadie puede anular lo que dijo por sí mismo. Aunque después sostendrá que se necesitarán tribunales que estudien en qué circunstancias fueron formuladas las promesas, quizás en una situación de emergencia o bajo coacción o desesperación.

Pero no nos referimos a la legalidad sino a la oportunidad de registrar algo que por lo cotidiano y corriente no lo pensamos acabadamente. Hablar es sagrado. Y lo que decimos genera un compromiso sagrado: por eso debe cumplirse. Y no hacerlo es un acto de profanación, similar a lo que sucedía cuando los enemigos entraron al Templo de Ierushalaim, o cuando nos violentan nuestras tumbas en el cementerio. Eso es profanar. Atacar lo sagrado. Que no son sólo los lugares de nuestros rituales ni los del descanso eterno de nuestros queridos. Allí donde habitan nuestras palabras, en vínculo con otros hay riesgo de profanación. Y no en mano de vándalos sino en nuestras propias conciencias.

Cuando hablamos de amor y cuidado con nuestras parejas, cuando hablamos de responsabilidad en nuestras familias y en nuestros espacios laborales, cuando hablamos de fidelidad con nuestros amigos… estamos haciendo votos, aunque ya no haya tribunales que nos auditen por ellos. Y cuando incumplimos, nos hacemos indiferentes, nos olvidamos, no nos ocupamos de lo que dijimos, estamos cometiendo un acto de profanación- quizás el más duro, porque es invisible, indemostrable y no es pasible de ningún castigo formal.

Las consecuencias muchas veces son la ruptura, el aislamiento, el descreimiento, la falta de confianza, el silencio…

Y cuando esto sucede, muchas veces nos preguntamos: ¿qué pasó para que esto ocurra? Pasó la profanación por la palabra incumplida. Pasó que no le diste el valor de la verdadera santidad que deberían haber tenido tus palabras que son tus promesas a la hora de formularlas.

tendremos que ser responsables de nuestras promesas cuando le decimos a nuestros hijos: -te quiero, que significa, mirar, atender, dar tiempo, estar disponibles, hacerse cargo, jugar, preguntar, interesarse, ayudar, compartir… “Te quiero” es una promesa de una serie de acciones que el otro espera de nosotros cuando formulamos en esas dos palabras uno de los juramentos más sagrados. Cuando luego desaparecemos de la escena, estamos demasiado ocupados en nuestras obligaciones, nos irrita usar nuestro tiempo libre en “minucias”, nos aburren sus problemas… estamos violando nuestra palabra y los dejamos a la intemperie: al final NO nos hacemos cargo de las palabras que decimos.

Y así sucede hoy con tantas palabras devaluadas y generaciones que van creciendo creyendo que hay palabras que ya no tienen ningún peso de verdad ni de compromiso. Por ello debemos cuidar el espacio sagrado que nuestras palabras construyen.