PARASHAT KI TISA 2025: la sinsalida de la ira

«La ira reside en el seno de los necios» (Kohelet- Eclesiastés 7:9).

Con este versículo comienzo el comentario de esta semana.

¿Por qué? Porque parashat Ki Tisá tiene como relato central una rotura. Las tablas que traía Moshé son arrojadas al suelo, se hacen añicos y la herida de la ira quedó flotando en la memoria.

 Y aconteció que cuando él llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moshé, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte.” (Shemot-Éxodo 32:19)

Moshé ve el becerro y la fiesta, se enfurece y rompe las tablas allí mismo, “al pie del monte”.

Las aguas están divididas al respecto. ¿Fue un gesto positivo, aleccionador, o dejó en evidencia la impotencia de no poder guiar a este pueblo en el camino correcto?

Sólo si vamos a la repetición de la historia en el libro de Devarím- Deuteronomio, relatada por Moshé veremos que la percepción del autor es un tanto diferente:

“Me volví y descendí del monte, y el monte ardía, y las dos tablas del pacto estaban en mis dos manos. Miré, y he aquí que pecasteis contra Adonai vuestro Dios; os hicisteis un becerro de fundición, y os apartasteis pronto del camino que Adonai os mandó. Tomé entonces las dos tablas, y las arrojé de mis dos manos, y las hice añicos delante de vuestros ojos.” Deuteronomio 9:15

Moshé rompe las tablas, pero no se menciona la ira. Pareciera que es una estrategia intencional. Y no un ataque de enojo que provoca una acción descontrolada y gravísima. Un líder que se precie de ser tal no sería aceptable que actúe con ese nivel de impulsividad.

La rotura de lo más sagrado como producto de la ira no pudo pasar desapercibida a lo largo de los siglos de interpretación. El Midrash Tanjumá nos trae otra explicación:

Los rabinos dijeron: «Mientras la escritura estuvo en las tablas, Moshé no sintió el peso. Una vez que la escritura se desprendió, las tablas comenzaron a sentirse pesadas en sus manos, las arrojó y se rompieron».”

Una escena imaginable en la fantasía, pero llena de contenido. Nadie puede cargar el peso de la ausencia de la ley. Se vuelve intolerable y se hace pedazos, imposible de sostener.

Otro midrash se nota visiblemente enojado con la actitud de Moshé. En Devarím Rabá se relata cuando Dios le ordena a Moshé construir las segundas tablas.

“Dios le dijo: «Entonces, Moshé, ¿calmas tu ira destruyendo las Tablas de la Alianza? ¿Quieres que yo calme mi ira destruyendo cosas? ¿No ves que el mundo no duraría ni una hora si lo hiciera?» Moshé le dijo a Dios: «¿Qué debo hacer?». Dios respondió: «Tienes que pagar una multa. Tú las rompiste, tú las reemplazas». Por lo tanto: «Esculpe dos tablas de piedra» (Devarím- Deuteronomio 10:1).

La ira no queda impune. Dios lo obliga a Moshé a escribir él mismo unas tablas que rediman la violencia que provoca el enojo, que no educa, ni calma las injusticias.

Puedo imaginar a algunos de los lectores pensando cómo tengo el “tupé” de criticar a Moshé, tan abiertamente, cuando fue un líder sinigual, que gestó la mayor epopeya de nuestro pueblo protegido bajo las alas de la divinidad.

Y sí.

«La ira reside en el seno de los necios» (Kohelet- Eclesiastés 7:9).

No niego que las atrocidades nos provocan la peor de las iras. Que las injusticias y las indignidades nos despiertan las más bajas emociones e instintos. No somos infranqueables ante las violencias y los odios, con todas sus nefastas consecuencias. Y nos han enseñado desde chiquitos, como si fuera una gran proeza, a “defendernos”. -Si te pega, pégale más fuerte, nos decían quienes nos alentaban a no mostrarnos vulnerables.

Y es cierto, es humano, es entendible que nazca en nosotros ese deseo de doblar la apuesta. El odio necesita más odio, que a su vez será respondido con más odio y así nos seguimos rompiendo, hasta hacer añicos hasta lo más sagrado.

Por siglos esta humanidad tomó clases de historia repitiendo las lecciones de vencedores y vencidos, como si fuera el único modo de narrar los pasos hacia “adelante” que dio el progreso del mundo. Quiénes mataron y quiénes murieron. Quiénes conquistaron y quiénes perdieron…

Y sin querer, en lugar de ser cada vez más fuertes y sólidos, nos hemos transformado en cada vez más vulnerables porque hemos perdido la capacidad de evitar las roturas como reacción inmediata. La ira nos hizo necios, aunque parezcamos sofisticadamente inteligentes.

Moshé rompe las tablas.

Pero el relato no se queda en la fractura.

Aparecen unas segundas que les permiten seguir caminando la historia. A barajar de nuevo. A retomar el rumbo.

Moshé también aprende. Ninguna lección duradera sucede cuando la respuesta que encuentra quien conduce a un pueblo, es la descarga que hace pedazos algo tan preciado. Un ruido ensordecedor de trozos de piedra estrellándose en las rocas. Como si eso fuera a sanar o enmendar las equivocaciones de la gente.

La lección llega cuando Moshé no insiste con la venganza sino con una alternativa. Volver a escribir la historia de propio puño y letra y ofrecer tablas que reparen las consecuencias que dejó su ira en aquellas primeras.

En el fondo le agradezco a Moshé que haya ofrecido una opción al callejón sin salida al que estamos condenados cuando nos habita el enojo y la bronca.

Seguramente cuando bajó con las segundas habrá tenido dudas; si habrá tenido sentido desplazar la ira por una nueva oportunidad; si el pueblo cambiará de actitud o él quedará expuesto a un nuevo fracaso como líder. Si mostrarse compasivo lo debilitaría frente a la irreverencia de estas personas… No lo sabemos.

Nos sobran razones para tener ira. Pero también nos sobran razones para intentar otros caminos. Porque necesitamos reparar nuestros cuerpos y mentes despedazados. Recuperar la esperanza en alguna alternativa que no sea jugar a quién rompe más fuerte, más despiadadamente, como si eso fuera una señal de valentía.

Hoy escuché el testimonio que dio por primera vez el sobreviviente, rehén liberado Omer Wenkert. Y este comentario está dedicado a él y lo que me enseñó con sus pensamientos después del infierno indecible que intentó narrar.

El periodista le preguntó si tiene deseos de venganza a lo que respondió que no.  – “No pienso en ellos para nada. No trato con ellos en absoluto. No me interesa; no me llenará de ninguna manera. Y eso es algo que Tal [Shoham] solía decirnos a menudo: ‘No olviden que al final, él quedará atrapado en su propia maldad, en la crueldad infrahumana que lleva consigo. No solo él, sino todos ellos. Y volveremos a vivir nuestras vidas. Y esa será la victoria’”.

A pesar de sus pedazos, él me enseñaba que hay otros modos de sanar las roturas.

Vivir es nuestra victoria. Zurciendo los retazos, uniendo los añicos, lamiendo las cicatrices, amarrando las grietas sin ceder jamás a regalarles lo más sagrado: nuestra dignidad que nos hace enteros, a pesar de todas nuestras marcas.

Rabina Silvina Chemen