PARASHAT BESHALAJ: ¿POR QUÉ CANTAMOS AHORA? 

El Cántico del Mar, que recitamos a diario y que entonaremos de manera especial este Shabat, es una ventana hacia las inclinaciones del alma en aquellos instantes y hacia su proyección futura.

Al leer el Cántico descubrimos que solo la primera parte alude directamente al acontecimiento celebrado por los recién liberados. Los primeros once versículos evocan ese momento:

Cantaré a H”, porque se ha engrandecido; arrojó al mar al caballo y a su jinete”… “Soplaste con tu furia, y las aguas se amontonaron; las olas se alzaron como un muro; el corazón del abismo quedó inmóvil”… “Los carros y el ejército del faraón, lo mejor de sus capitanes, fueron tragados por el mar de las Cañas”… “Tu diestra, resplandeciente de poder, lo hizo”.

Sin embargo, la segunda parte del canto se consagra a un tema distinto.

Desde la orilla del mar, la canción eleva su mirada hacia el destino: la tierra de Israel, donde el pueblo habrá de establecerse. Aunque esta sección emplea inicialmente el tiempo pasado —“Has guiado, has redimido, has llevado”—, Ibn Ezra señala en su comentario al versículo 13 que esta parte del Cántico es “una entidad futura”.

El pueblo se convierte entonces en el eje del poema, mientras asciende hacia su destino de santidad:

“Tú los llevarás y los plantarás en el monte de Tu heredad, el lugar donde fijaste Tu morada, el santuario, H”, que establecieron Tus manos”.

La canción mira hacia atrás, a un pasado que define como pasivo, observador de los grandes eventos que ocurren a su alrededor, y hacia adelante, a un futuro en el que el pueblo de Israel tomará su destino en sus manos. Habla sobre el final de la esclavitud, pero, en igual medida, sobre el comienzo del señorío nacional.

El canto de agradecimiento se transforma en la declaración del objetivo que explica todo. El Cántico del Mar, comienza su misión.

¿QUÉ SUCEDIÓ?

Israel sabe ahora qué desea y por qué está dispuesto a luchar. El clímax del relato se condensa en la proclamación del pueblo: “H” reinará por siempre y para siempre”. La obstinación del faraón, su negativa a escuchar la voz del Señor, representa el punto culminante de la necedad egipcia.

La transición del canto entre un acontecimiento y otro fluye con sorprendente suavidad. Apenas han sido liberados del terror que les inspiraba el ejército egipcio que avanzaba sobre ellos, y el corazón de los hijos de Israel ya se orienta hacia la siguiente meta, la más elevada: la tierra de Israel. La trayectoria del cántico asciende desde “las profundidades del mar” hasta la cima de “la montaña de tu heredad”. Mientras Israel se eleva, Egipto —y su rey— descienden al abismo, junto con los demás pueblos que intentarán impedir que Israel alcance su destino.

El grupo que ahora alza la mirada hacia su porvenir es muy distinto de aquel que, momentos antes, la había dirigido hacia el mar. El pueblo se vuelve una figura activa y dinámica, ya a las puertas de su entrada en la tierra: “Hasta que pase tu pueblo, oh H””. Esta vez, quienes reaccionan son las otras naciones —“oyeron, se aterrorizaron, temblaron, desfallecieron”— al contemplar cómo Israel asciende al escenario de la histaoria.

La segunda parte del canto se entrelaza, tanto al inicio como hacia su final, con expresiones que definen al pueblo de Israel: “Este pueblo que has redimido”, “este pueblo que has adquirido”.

Nuestra generación también debe decidir si permanecerá detenida en la orilla del Mar de los Juncos o si lo cruzará, aun sabiendo que al otro lado la esperan dificultades grandes e inciertas. ¿Qué parte del Cántico expresará con su conducta?

Israel ha vivido la experiencia de una victoria absoluta del bien sobre el mal, tan rotunda que parece no admitir ciclos ni retrocesos. Incluso el Cántico del Mar concluye con un versículo que proclama la eternidad: “El Señor reinará por siempre jamás” (Éxodo 15:18). Sin embargo, la poesía no basta si no va acompañada de acción. Tampoco un líder, por sí solo, producirá el cambio, por más que estemos habituados a esperarlo… como está escrito: “Pero H” dijo a Moshé: ‘¿Por qué me pides ayuda? Ordena a los hijos de Israel que sigan su marcha’” (14:15).

Varios comentaristas observaron que el orden de las acciones previas al cruce del mar parece ilógico, pues debería haber sido inverso: “Habla a los hijos de Israel y partan… y extiende tu mano sobre el mar y divídelo, y los hijos de Israel entrarán en el mar en seco” (Éxodo 14:15-16). Primero se ordenó al pueblo avanzar hacia el mar, y solo después Moshé dividió las aguas. Sobre esto escribió el rabino Meir Simjá Cohen de Dvinsk:

“Todos los hijos de Israel iban tras Moshé como ovejas en la llanura detrás del pastor. Sin embargo, en el mar, el Santo, bendito sea, ordenó a Moshé que siguiera tras el pueblo, y ellos, por su fe en Él, caminarían a través del mar” (Meshej Jojmá, ¿Por qué clamas a mí?).

En esa misma línea, el rabino Joseph B. Soloveitchik señala que, cuando los judíos salieron de Egipto, ni Moshé ni el pueblo entonaron himnos de alabanza por el milagro que acababan de presenciar. Solo siete días después, tras la división del Mar de los Juncos, Moshé y el pueblo cantaron Az Yashir.

¿Por qué Israel esperó una semana para agradecer? Según el Rav, la respuesta reside en la naturaleza profundamente distinta de ambos milagros. El Éxodo fue obra exclusiva de H”, sin participación humana: “…y ninguno saldrá de su casa hasta la mañana. H” pasará a herir a los egipcios…” (12:22-23). El Rav define este tipo de intervención como “un acto de liberación” y afirma: “El acontecimiento histórico paradigmático que significa ‘manumisión’ fue la salida de Egipto. Nadie —ni ángel ni hombre— ayudó a H” en la asombrosa ‘noche de vigilancia’”. El papel humano fue mínimo: permanecimos en nuestras casas, comimos el Pesaj y, pasivos, observamos el desarrollo del milagro y el cumplimiento de la promesa divina.

Pero la encrucijada frente al mar fue de una naturaleza completamente distinta. Allí, todo el pueblo actuó para salvarse de los carros y jinetes del faraón, y el Todopoderoso se unió a su esfuerzo para consumar la salvación. El Rav describe este tipo de naasé —este obrar milagroso— como “la ayuda del Maestro del Universo”.

Cruzar hacia el otro lado del Mar de los Juncos fue, por lo tanto, un instante en el que el Creador ofreció a los israelitas un papel activo en su propia redención. Exigió un salto de fe: un salto literal al agua antes de que el mar se abriera (véase Guemará Sotá 36–37a).

El estremecimiento del agua fría, el temor a hundirse, se transformaron en la pequeña pero decisiva “contribución” de Israel al milagro. En ese momento se convirtieron en socios de Dios y, como consecuencia, Moshé y el pueblo entonaron con toda su fuerza el majestuoso Az Yashir en señal de gratitud.

Cuanto mayor es la participación humana en el esfuerzo necesario para alcanzar un objetivo, mayor debe ser también la gratitud hacia el Creador. Nuestro reconocimiento crece porque bendecimos a Dios por el privilegio de permitirnos ser Sus socios, y no por reemplazar con milagros las acciones que nos corresponden.

Estamos obligados a alabar al Maestro del Universo cuando nos unimos a Él para hacer surgir una acción humana, por la confianza que deposita en nosotros.

Por eso cantamos Az Yashir en el Mar de los Juncos y no lo hicimos tras el Éxodo.

Que sepamos ser siempre socios de H”, mientras avanzamos en la gran marcha hacia nuestra redención final, con nuestro trabajo, nuestra responsabilidad y la valiente defensa de nuestros soldados.

Que nunca olvidemos que la redención no solo se espera: también se construye.

Autor: Rab Yerahmiel Berylka