HAMAVDIL BEIN KODESH LE KODESH – el pasaje de los días sagrados a la santidad de cada día

FINALIZACIÓN DE PÉSAJ

Hace pocos días recitábamos en nuestras mesas del Séder, Ha lajmá aniá, con la matsá en la mano.


Lo hacíamos con el corazón convencido de lo que estábamos diciendo:

Éste es el pan de la aflicción que nuestros antepasados comieron en la tierra de Egipto.

En silencio levantamos un pedazo de matsá. Entre todos rompimos nuestras matsot al medio. Escuchamos el sonido de pan de aflicción al abrir grietas. Y mientras sosteníamos las dos piezas de matsá en nuestras manos nos proponíamos la intención de romper y ablandar nuestros corazones, nos proponíamos que nuestros ojos puedan estar abiertos al dolor de los demás, que nuestros oídos puedan estar abiertos al llamado de los otros, que podamos vivir con mayor conciencia, que podamos perdonar nuestros propios bordes y limitaciones y que podamos seguir adelante como personas libres capaces de responder por nosotros mismos y a los demás con compasión, aprecio y amor.
Y a pesar de que el calendario indica que Pésaj está terminando, tengo la sensación de que Pésaj recién empieza.

Este año tuvo la particularidad de coincidir Pésaj con Shabat, desde el primer día de la fiesta. Y con ella, la segunda noche tuvimos que decir el sábado por la noche junto con el kidush, las bendiciones de la Havdalá – la finalización del Shabat y el comienzo de la semana- pero de un modo diferente. Con las copas en nuestras manos recitamos “hamavdil bein kodesh lekodesh”, Quien hace la distinción entre lo sagrado y lo sagrado, cuando la recitación habitual es “hamavdil bein kodesh lejol”, que en su traducción habitual es Quien hace la distinción entre lo sagrado y lo profano.

Voy a consultar el libro “Lo sagrado y lo profano” de Mircea Elíade, autoridad en temas como mitos y ritos quien trata de explicar que tal distinción entre santidad y realidad cotidiana no era tal para el hombre arcaico:

Se medirá el abismo que separa las dos modalidades de experiencias, sagrada y profana, al leer las discusiones sobre el espacio sagrado y la construcción ritual de la morada humana, sobre las variedades de la experiencia religiosa del Tiempo, sobre las relaciones del hombre religioso con la Naturaleza y el mundo de los utensilios, sobre la consagración de la vida misma del hombre y la sacralidad de que pueden revestirse sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.). Bastará con recordar en qué se han convertido para el hombre moderno arreligioso la ciudad o la casa, la Naturaleza, los utensilios o el trabajo, para captar a lo vivo lo que le distingue de un hombre perteneciente a las sociedades arcaicas o incluso de un campesino de la Europa cristiana. Para la conciencia moderna, un acto fisiológico: la alimentación, la sexualidad, etc., no es más que un proceso orgánico, cualquiera que sea el número de tabús que le inhiban aún (reglas de comportamiento en la mesa, límites impuestos al comportamiento sexual por las «buenas costumbres»). Pero para el «primitivo» un acto tal no es nunca simplemente fisiológico; es, o puede llegar a serlo, un «sacramento», una comunión con lo sagrado.

Y esto me da pie para pensarnos nuevamente y decidir que cuando uno termina un tiempo de conciencia, profundidad y compromiso como lo es la celebración de Pésaj, quizás sea incorrecto, o digámoslo de otro modo, quizás sea un tanto irreverente creer que finalizamos Pésaj y atrás quedan, como imágenes estáticas, nuestras frases, nuestras invocaciones y reflexiones.

Es como si uno, al tomar el pan, luego de una semana de dar cuenta de todo lo que es jamets, se descomprometiera con ese Ha lajmá aniá, con el clamor de su quebradura, con la intención de abrir nuestras casas a todos los que necesitan.

Y creo que no es tal la intención de nuestra tradición cuando fija tiempos de celebración y conciencia. Porque justamente para ello se dedican tiempos sagrados en donde la rutina se detiene: para entender una conducta que lejos de ser episódica aspira a integrarse en nuestra cotidianeidad: porque la vida es sagrada, el alimento es sagrado, la capacidad de quitarnos de encima el jamets espiritual, es sagrado, la voluntad de compartir, es sagrada…hamavdil bein kodesh lekodesh, deberíamos decir, porque salimos de la santidad del Jag, para entrar a la santidad de la vida de todos los días, con todo lo aprendido, con todo lo dicho, transformado en realidad y reverencia.

Quizás por eso Pésaj, en las comunidades de origen marroquí, y hoy extendido en tantas comunidades del mundo, culmina con una celebración, la Mimona, (Mimuna, Mimouna, Timimona) una celebración judía de origen maghrebí, que empieza en la noche del último día de Pésaj y marca el fin de la prohibición de comer pan y otros productos que contienen masa fermentada, prohibidos durante toda la semana de Pésaj. Y lejos de creer que nos juntamos para volver a comer pan, el objetivo central de esta celebración es compartir la experiencia de la hospitalidad, una tradición que fue arraigada profundamente en la cultura africana del norte y que la comunidad marroquí llevó consigo a todos los países a donde, por diversas razones, debió emigrar, como Francia, Canadá, Estados Unidos, España y países de América del Sur. Mimona es la fiesta de la amistad, la responsabilidad por el otro, el compromiso con una convivencia respetuosa y celebrada.

En la víspera de Mimona, se acostumbraba dejar las puertas de las casas abiertas, de modo tal que todas las personas se sintieran muy bienvenidas y pudieran compartir este evento familiar y comunitario tan especial y tradicional. La costumbre de visitar amigos y familiares se mantiene vigente aun en estos días. La gente suele saludarse con una bendición marroquí tradicional, “Tisado we’ tirbacho”, una bendición de “abundancia, prosperidad y felicidad”.

Porque nos queda todo el año, hasta el próximo Pésaj para volver a decir “kol dijfin ietei veiejol”, todo el que tenga hambre que venga y coma, nos comprometeremos a santificar cada una de nuestras mesas, con la puerta de nuestra casa y nuestro corazón abierta para saber quiénes nos necesitan, a quienes les haría bien saber que pensamos en ellos. Para no volvernos indiferentes a ningún tipo de hambre y necesidad que nos rodee. Para invitar más frecuentemente a nuestros viejos. Para darles más espacios de pregunta y conversación a nuestros hijos. Para no pactar con ningún tipo de esclavitud como tantas que disfrazadas de modernidad nos empobrecen nuestras vidas.

Shabat Shalom y Jag Sameaj

Rabina Silvina Chemen