PARASHAT TETSAVÉ 2026 – SHABAT ZAJOR: no nos silenciamos ante el emperador desnudo

Parashat Tetzavé tiene como temática central la descripción detallada de cada una de las vestimentas que los sacerdotes debían usar. Como con el Mishkán, acá aparecen una serie de minuciosidades que agobian al lector y por supuesto invitan a una lectura metafórica. No es sólo a mí que me provoca un poco de agobio, sino que ya los sabios del Talmud leen esta descripción como la materialización de un mensaje que los kohanim portarían en sus ropajes. Estudiemos este pasaje (les ruego que me tengan paciencia).

(Nota: entre paréntesis agregados para facilitar la lectura) “Y el rabino Ynioni bar Sason dice: “La túnica expía el derramamiento de sangre, como se afirma (con respecto a los hermanos de Yosef después de que conspiraron para matarlo) … Los pantalones expían las relaciones sexuales prohibidas, como se afirma «Y les harás calzoncillos de lino para cubrir la carne de su desnudez» (Éxodo 28:42). La mitra expía a los arrogantes. ¿De dónde se deriva esto? El rabino Janina dice: Un elemento (que se coloca) en una elevación, (es decir, sobre la cabeza de un sacerdote (, venga y expíe (el pecado de) un corazón elevado. El cinturón expía los pensamientos del corazón. (La Guemará explica: El cinturón expía los pecados que ocurren) donde está (situado, es decir, sobre el corazón). El pectoral expía (los juicios indebidos), como está escrito: “Y harás un pectoral de juicio” (Éxodo 28:15). El efod expía la adoración a los ídolos, como está escrito: “Y sin efod ni terafines” (Oseas 3:4), (lo que significa que cuando no hay efod, se encuentra el pecado de terafines, es decir, la adoración a los ídolos. Por lo tanto, se puede inferir que, si hay un efod, no hay pecado de adoración a los ídolos).

La túnica expía las malas palabras. ¿De dónde? El rabino Hanina dice: un objeto que produce sonido, (es decir, la túnica, que tiene campanillas), venga a expiar un sonido maligno. Y el frontal del Sumo Sacerdote expía el descaro. (Esto se deriva del hecho de que) con respecto al frontal está escrito: «Y estará sobre la frente de Aharón» (Éxodo 28:38), y con respecto al descaro está escrito: «Y tenías frente de ramera» (Jeremías 3:3).” Talmud de Babilonia, tratado de Zevajim 88b

Ya sé. Si fue tedioso para mí escribirlo, me imagino para Uds. el leerlo. Pero créanme que no lo traigo acá llena de orgullo. Sino que quizás sarcásticamente, los pecados enunciados en el listado de las vestimentas son exactamente las atrocidades que vemos hoy con aquellos que abusan del poder en el mundo que habitamos. Cuántos gobernantes tienen las manos manchadas de sangre, cuántos caminan impunes a pesar de sus delitos, cuántos abusan de la fidelidad de sus gobernados llevándolos a situaciones de indignidad, cuántos ejercen su fuerza a través del odio, cuántos decidieron ser insensibles a las necesidades de los que menos tienen, cuántos profanaron sus promesas electorales una vez sentados en el trono. Van vestidos y están desnudos. Como el cuento de Hans Christian Andersen. Pero a ellos no les importa. Manejan un mundo que se está acostumbrando a la impiedad y la violencia, a la impunidad y la obscenidad.

El detalle minucioso de las vestimentas del sacerdote no es fruto de la obsesión del autor. Sino un grito desesperado de alerta y advertencia de lo que pasa cuando se invisten de poder. Se ponen capas y capas sobre sus hombros, se vuelven insensibles al contacto con todo lo que no sea ellos mismos o sus entornos de conveniencia. Y en lugar de honrar el lugar para el que fueron designados lo contaminan, lo insultan y despojan de todo respeto.

Este Shabat es, además, Shabat Zajor, el Shabat del recuerdo, que siempre se celebra el Shabat anterior a Purim Y ¿qué debemos recordar? Lo que nos hizo “Amalek”, pueblo que atacó traicioneramente a los israelitas en Refidím poco después de su salida de Egipto. Ese ataque artero, por la espalda y sin motivo, hizo que el recuerdo de Amalek no deba ser borrado jamás de la memoria del pueblo. La tradición posterior ubica a Hamán -el malvado del relato de Purim en el libro de Esther- como parte del linaje de Amalek. Hamán, que, investido con el anillo del rey que le otorgaba toda la fuerza de gobierno, se ofusca con Mordejai, quien no se arrodilla ante su poderío, y antojadizamente decide borrar a todo el pueblo judío del reino de Persia.

Una parashá que habla de los sacerdotes que se visten para tener presentes los riesgos del poder. Un maftír (la porción de Torá que se lee a parte en Shabatot especiales) que encarna la maldad absoluta de alguien que gobierna. Y una fiesta que nos pide que… ¡nos disfracemos! (y que tomemos vino hasta no distinguir entre el malo de Hamán y el bueno de Mordejai) .

Yo agregaría a esta explicación: una fiesta que nos pide que volvamos a creer que podemos revertir estos rasgos maquiavélicos de todo aquellos que llegan al poder y con su bastón, su anillo, su capa, el voto popular o su fuerza asumen la responsabilidad sobre la gente común que luego es olvidada, humillada, segregada o usada para sus propósitos.

Me preocupa este tiempo de desencanto. Porque nos lleva a pensamientos erróneos, nos vulnera la libertad, nos confunde a la hora de tomar decisiones sobre nuestro futuro.

Se ha perdido hasta el pudor y ya nadie se espanta de que el emperador camine desnudo mostrando sus obscenidades (y sus planes) sin tapujo. Porque nos hemos acostumbrado a la brutalidad y el descaro. Y nos han hecho creer que ya no hay nada por reclamar porque está todo perdido.

Y, sin embargo, la Torá no nos deja en el cinismo.

Si Tetzavé detalla cada prenda es porque el poder nunca es neutro. Se reviste. Se construye. Se aprende. Y también se corrige. Las ropas del Kohen no lo engrandecían para sí mismo: lo recordaban permanentemente a quién servía. Cada hilo era un límite. Cada campanilla, una advertencia. Cada inscripción, una rendición de cuentas ante algo más alto que su propio ego.

Amalek no es sólo un enemigo externo. Es la voz que susurra que todo da lo mismo, que la brutalidad es la norma, que el fuerte siempre vencerá y que el vulnerable está condenado. Hamán no es sólo un personaje antiguo. Es la encarnación de un poder herido en su narcisismo que prefiere destruir antes que tolerar la dignidad del otro.

Y Purim nos pide algo desconcertante: disfrazarnos. Tal vez porque el mundo ya está lleno de disfraces. Tal vez porque necesitamos experimentar, aunque sea por un día, que las identidades rígidas pueden invertirse, que los decretos pueden anularse, que la historia puede girar.

El emperador puede caminar desnudo. Pero la tradición judía nos educó para no aplaudirlo en silencio.

Shabat Zajor no es sólo recordar lo que nos hicieron. Es recordar quiénes somos cuando el poder se corrompe. Es recordar que la memoria es un acto moral. Que no naturalizamos la sangre, ni el abuso, ni el descaro. Que no confundimos vestidura con dignidad.

Quizás el mayor acto de resistencia en tiempos de impiedad sea no acostumbrarse.

No acostumbrarse a la mentira.
No acostumbrarse a la violencia.
No acostumbrarse a la humillación del otro.

Porque cuando dejamos de escandalizarnos, Amalek ya ganó.

Tetzavé nos enseña que el poder debe vestirse de conciencia.
Zajor nos enseña que la memoria debe vestirse de responsabilidad.
Y Purim nos enseña que incluso cuando todo parece decretado, la historia puede darse vuelta.

Que no nos roben también eso: la convicción de que el poder puede y debe ser ético.
Y que nuestra voz —aunque pequeña, aunque minoritaria— sigue siendo una campanilla que suena.

Pues entonces, que suene.

Shabat Shalóm,

Rabina Silvina Chemen