El Síndrome de Jerusalém (3/3)

«Y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: ¡Cantadnos algunos cánticos de Tsión! ¿Cómo cantaremos cánticos de Dios en tierra de extraños?” Tehilím (Salmos) 137,1-3.

En el devenir diario de la vida judía no existe la  alegría completa, siempre hay un vínculo, un instante, aunque fuere un segundo, que  recuerda al judío su  unión con Jerusalén: 1. En toda ceremonia de matrimonio, por ejemplo,  se rompe una copa de vidrio para recordar la destrucción del Templo y la  devastación de la ciudad.2. No hay edificaciones completamente terminadas porque siempre, en algún rincón, los judíos dejan parte de un muro sin terminar, para simbolizar el carácter temporario de esa construcción que servirá de vivienda hasta que su propietario pueda regresar a Jerusalén; 3. todas las casas de reunión, las Sinagogas, se orientan en dirección a Jerusalén, y en cada celebración se repite la frase: Le-shaná haba birushalayim (El año próximo en Jerusalén).

Y es que desde que el rey David unificara a la nación hebrea y proclamara a Jerusalén su capital política y religiosa, Jerusalén y el pueblo judío son una unidad un sólo corazón latiendo al unísono y ligados inextricablemente a su pasado bíblico, a su presente y a su futuro y también ligado a sus sentimientos, emociones y esperanzas. Ya lo expresó bellamente Yehuda HaLevi en una de sus Sionidas:

«Mi corazón está en Oriente mientras yo resido en extremo Occidente

¡Qué alegría me daría poder errar por aquellos lugares donde se descubrió Dios a tus profetas y mensajeros!

¡Oh, quien me hiciera alas y poder volar allá lejos! ¡Me llevaría y dejaría allí mi despedazado corazón, entre las quebradas peñas de Betar!

¡Me echaría cara abajo sobre tu tierra y me gozaría en tus piedras y besaría tu polvo…! (Halevi, Y., La Gran Siónida. SPES, p. 24).

No es el único poeta que canta a Tsión de forma apasionada. Podríamos citar versos de todas las épocas, prosa, novela e impresiones de viajes…

Algo tiene Jerusalén…