PARASHAT SHEMINÍ 2026: La narrativa de los contrastes

Terminamos Pésaj que marca el tiempo para relajarnos después de vivenciar en carne propia el “cada uno debe verse a sí mismo como saliendo de Egipto”. Deberíamos volver la calma, la vajilla de Pésaj a las alacenas, el cosquilleo de los preparativos y las sorpresas para los niños… y sin embargo estos días poco tienen que ver con la calma, la vuelta a la cotidianeidad, al trabajo o al estudio. Estos nuevos imperios que ya no se llaman imperios, siguen sembrando miedo y destrucción en nombre del poder y otros, en nombre de vaya a saber en nombre de qué falso dios. Y mientras creen defender causas “justas” siguen detonando lo humano a cada paso.

(Sé que estas palabras pueden generar incomodidad. Hay causas justas -y muchas de ellas son también las mías- que deben ser defendidas. Pero la tradición que heredamos no nos permite detenernos ahí. Nos exige una pregunta más profunda, una pregunta ética: ¿cómo se defiende la vida sin perder de vista lo humano? ¿cómo se protege un derecho sin poner en riesgo la vida de aquellos que decimos estar defendiendo?)

Tuve la fortuna, hace unos años, de viajar a Egipto. Un viaje inolvidable. Acompañada por egiptólogos que me contaban las maravillas de aquella civilización. Pero nadie mencionaba que la magnitud de esas construcciones y esfinges fueron construidas porque el sistema esclavista consiguió degradar hasta la expresión más vil la condición humana de cientos de miles de personas.

¿Cómo funciona la memoria de los pueblos? ¿Qué se contará de la tragedia que hoy estamos viviendo? ¿Qué aprendemos en este final de Pésaj a la luz de la parashá de esta semana, parashat Sheminí?

Hay memorias cómodas, que se narran y documentan y memorias incómodas, que en general se tratan de ocultar bajo la alfombra de los grandes titulares.

Hay civilizaciones que se recuerdan por lo que construyeron. Y hay memorias que sobreviven por lo que no permiten olvidar.

Yo me quedo de este lado de las memorias que sobreviven porque no podemos permitirnos olvidar.

Mientras la historia de las civilizaciones antiguas habla del brillo de Egipto la Torá insiste en la versión incómoda de la historia, una versión que no se deja monumentalizar.

Eso es lo que nos deja Pésaj: no celebramos un imperio sino haber salido de la esclavitud.

Leíamos en la Hagadá “En cada generación, cada persona debe verse a sí misma como si hubiera salido de Egipto.” No dice “recordar” —dice “verse”. No es historia. Sino se trata de quienes somos. Porque nadie queda fuera de la historia, de los sucesos que viven y es ahí donde este tiempo presente también nos interpela.

Y la Torá, más adelante, irá aún más lejos. En Devarím- Deuteronomio 8:12-13 se nos advierte:

“…no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Adonai tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre…”

La vertiginosidad de los sucesos de este tiempo, y la cultura de la satisfacción inmediata nos están haciendo olvidar rápidamente las heridas de esta época. Quizás porque no estamos ahí donde sangra la humanidad… y, sin embargo, estamos todos lastimados.

Nuestra memoria como pueblo nos enseña año a año, aun cuando Pésaj haya terminado que olvidar la esclavitud no es un error del pasado, sino que es un riesgo para el presente.

Y entonces llegamos a Sheminí. La parashá que relata la belleza de la inauguración del mishkán. Después de tanto trabajo, esfuerzo, diseño, donaciones, expectativas se erige, pieza a pieza, en la sequedad del desierto una morada a Dios. La presencia divina desciende. Todo debería haber sido perfecto. Pero no lo fue.

Nadav y Avihu, los hijos de Aharón mueren.

Siempre me conmovió la inserción de este episodio en medio de la inauguración del Santuario. Eran los hijos del Sumo Sacerdote. Y mueren consumidos por un fuego extraño. Nada más se sabe. Sólo que su padre calla.

La magnificencia de la morada de Dios, y en el mismo relato la desgarradora imagen de un padre que calla ante la muerte de hijos que los consume un fuego extraño. (me vienen a la mente tantos rostros de este tiempo, con ojos hundidos de desconcierto por no haber podido proteger a sus hijos…).

Lo que me moviliza del texto bíblico es que no oculta ese pequeño detalle y ese silencio. Un dolor que no se interpreta ni se intenta justificar.

Egipto construyó pirámides para que nadie olvidara su grandeza. La Torá construyó un relato para que nadie olvidara la esclavitud.

Pero incluso cuando construimos lo sagrado -el Mishkán- la Torá nos advierte: – no lo conviertas en pirámide.

No conviertas lo sagrado en una memoria sin fisuras. No borres lo que incomoda. No edites el dolor.

Somos un pueblo sostenido por los relatos de nuestra memoria. Que no es recuerdo sino es responsabilidad. Y hoy, con nuestros decires, posiciones, conversaciones y opiniones, también estamos construyendo ese relato que se evocará cuando este capítulo de la historia se acabe. No estamos fuera de los sucesos, somos parte cada uno desde el lugar que ocupa. Tenemos responsabilidad en la mirada amplia y compleja de lo que estamos viviendo, porque en medio de los discursos de victoria y poderío sigue habiendo esclavos, hijos que mueren y padres que callan de dolor.

Quizás, como Aharón, también nosotros quedamos muchas veces en silencio. Pero incluso en ese silencio, la Torá nos enseña algo decisivo: ningún dolor debe ser olvidado.

Y es precisamente en ese recordar, aunque duela, aunque incomode, donde se juega nuestra humanidad.

Shabat Shalom,
Rabina Silvina Chemen