¿Seguir hablando de paz en medio de la guerra, los atentados antisemitas, la muerte y la desesperación? Sí. Hoy más que nunca es nuestra obligación.
Culminamos el libro de Vaikrá, el Levítico; un texto, que, como tantas veces lo hemos explicado, fue escrito como el manual de procedimientos de los funcionarios del culto, los sacerdotes y levitas. Sin embargo, el mensaje final es mucho más amplio y contundente. La última de las dos parashot que leemos esta semana juntas se llama Bejukotai (traducido sería “En mis leyes”) y recuerda qué le sucede a un pueblo cuando decide elegir el camino de la ley de Dios, cumplir con los preceptos que nos ligan al cuidado personal, colectivo, del planeta, la justicia social, la ética y la santificación de los tiempos. Y como contraparte, qué acontecería si la decisión es desoír el mandato de vivir en ellas. Muchos la llaman la parashá de las bendiciones y maldiciones, sin embargo, pensarlo así supondría que algo externo a nosotros “nos cae” para bien o para mal cuando en realidad lo que se pone de manifiesto acá es que toda decisión en la vida tiene sus consecuencias. Y sí. Elegir el camino del bien redunda en una vida de tranquilidad y sosiego mientras que optar por el engaño o la maldad moldea una vida tormentosa. No se necesitan grandes portentos externos. Sólo es cuestión de hacerse cargo.
Así empieza la última parashá de este libro:
“Si en mis leyes caminarán y observarán fielmente mis mandamientos, yo daré la lluvia a su tiempo, y la tierra producirá sus productos, y el árbol del campo su fruto. Su trilla alcanzará a la vendimia, y su vendimia alcanzará a la siembra; comerán pan hasta saciarse, y habitarán seguros en tu tierra. Yo daré paz en la tierra, y dormirán tranquilos; daré descanso a la tierra de las fieras, y ninguna espada pasará por su tierra.” Vaikrá-Levítico 26:1-6
No puedo y no quiero comentar otro versículo más que –וְנָתַתִּ֤י שָׁלוֹם֙ בָּאָ֔רֶץ – “yo daré paz a la tierra”.
“Yo daré paz en la tierra, y dormirán tranquilos; daré descanso a la tierra de las fieras, y ninguna espada pasará por su tierra.”
Ya no hay más espacio para hablar ni escribir de otro tema. Nos estamos acercando al día 600 desde el 7 de octubre en el que nos sumimos en una locura sin precedentes que parece no terminar más. La herida sangrante de ese ataque feroz del terrorismo contra miles de israelíes, sus asesinatos, violaciones y secuestros. Y una guerra infame que no sólo no consigue liberar a los secuestrados, sino que destruye todo; la vida, la tierra, los propios y los ajenos, la esperanza, el respeto, la posibilidad… todo. Como pueblo judío, “Si en mis leyes caminarán y observarán fielmente mis mandamientos” … no podemos desentendernos de que así no se caminan las leyes que regularon nuestro modo de dignificar la vida y santificar la presencia de Dios a través de nuestros actos. Y que las consecuencias son atroces. Me da vergüenza y dolor escuchar arengas que siguen narrando este capítulo de la historia vitoreando la violencia sin fin y los discursos de aniquilamiento y ocupación como solución a un conflicto que jamás se resolverá con los cuchillos entre los dientes. Mientras tanto, niños que mueren de hambre, familias que siguen recibiendo la noticia de soldados (niños, en realidad, de 20 años) que mueren en combate, señales de vida de quienes ya no tienen más nada en sus cuerpos y almas para aguantar de pie, miedo, escombros, misiles, jovencitos que se enrolan a las listas del terror, noches enteras sin dormir, casas sin agua… ¿cómo imaginar un final en estas condiciones? ¿Qué Torá nos lleva a este desenlace? ¿Qué lluvia de bendición caerá en una tierra yerma, minada, destrozada? ¿Quién puede comer pan hasta saciarse sin temor en este escenario?
Volvamos a la Torá. Busquemos refugio en esa sabiduría ancestral que muchos deciden desconocer y veamos qué dicen nuestros sabios respecto del versículo que elegimos para comentar hoy.
Rashi (s. XI): “Y YO DARÉ PAZ EN LA TIERRA. Quizás digas: «—Bueno, hay comida y bebida; pero si no hay paz, ¡todo esto no es nada!». Por lo tanto, después de todas estas promesas, la Escritura declara: «Daré paz en la tierra». De ahí podemos aprender que la paz lo compensa todo.”
Así es. No hay posibilidad de desarrollo ni progreso si lo que rodea es amenaza de muerte y un conflicto que no se lidera con voces que intentan arribar a cierto acuerdo.
Por su parte Ibn Ezra (s. XII) agrega algo, para mí fundamental:
“Y YO DARÉ PAZ EN LA TIERRA. Entre vosotros.”
Así es. Hoy en día nadie tiene paz. Se necesita paz interior, paz en el seno de la sociedad, entre las personas, entre los que dicen tener responsabilidades de gobierno y liderazgo para poder pensar en conjunto el final de esta locura. Hoy, éste no es el escenario, con todo nuestro pesar.
El libro de midrashim Tanna DeBei Eliyahu Rabá (s. X), nos trae el siguiente pasaje:
“Esto es lo que Dios le dijo a Israel: «Hijos míos, ¿qué busco de ustedes? Solo busco que se amen, se honren y se respeten mutuamente».”
Así se resume “Si en mis leyes caminarán y observarán fielmente mis mandamientos”. ¿De qué sirve el cumplimiento obsesivo de las normas “técnicas” de la legalidad judía si prima el odio, la corrupción, el ventajismo, y la falta de sensibilidad para hacerse cargo de la responsabilidad que tienen para el resto del pueblo de Israel y las consecuencias para todo el pueblo judío fuera de él que estamos sufriendo la ola del peor odio furibundo después del Holocausto?
Todo aquel que se dice observante de las leyes de Dios deberá anteceder el amor, la honra y el respeto por sobre toda otra elucubración política, estratégica o económica.
Y por último una cita del Talmud, en el tratado de Taanit 22b:5 que se refiere al final del versículo “ninguna espada pasará por la tierra”.
[NT: entre paréntesis los agregados al texto para que se entienda la traducción]”¿Cuál es (el significado del término) «Espada»? Si decimos (que se refiere a) una espada que no es de paz, ¿no está escrito (antes en el mismo versículo) «Y daré paz en la tierra»? Más bien, (el versículo debe significar que) ni siquiera (una espada) de paz…”
Ya no hay más tiempo para seguir creyendo que esta guerra traerá la paz. Ni siquiera una espada “de paz” debe pasar por la tierra nos dicen los sabios del Talmud. Porque es espada de paz es un oxímoron, una jugarreta tendenciosa del lenguaje que une términos que jamás deberían estar juntos.
Una querida maestra y amiga, Ethel Katz Barylka, escribía esta semana a un grupo de educadores latinoamericanos respecto de estos temas: “El valor de la vida se desgasta y es importante volver a nuestra brújula moral, para no perder el sentido de quienes somos.”
Caminar las leyes de Dios nos darán la justa recompensa sólo si no perdemos nuestra brújula moral, si no hipotecamos el sentido profundo de la razón de ser de nuestra tradición, que nos hizo pueblo del Libro porque seguimos Su palabra con la obra de nuestras manos. Manos hoy manchadas por la decisión de algunos. Páginas de la historia manchadas por las apetencias y el abuso de poder. Y una paz que se escurre de nuestros vocabularios y nuestras expectativas.
Necesitamos volver a dormir sin miedo. Todos sin excepción.
Necesitamos que la tierra recupere su capacidad de florecer por sobre la condena de tener que enterrar a sus hijos.
Necesitamos voces que proclamen como el profeta: “Paz, paz, para que el que está lejos como para el que está cerca.” (Isaías 57:19)
No hay paz posible para los nuestros, si quienes hoy están del lado de nuestros enemigos no tienen la posibilidad de recuperarse. Es para todos. O no es. Es la paz la que traerá seguridad y no la guerra. Definitivamente.
Cuántas veces recitamos el final del capítulo 29 de Tehilím-Salmos: “Adonái oz le amó itén, Adonái yevaréj et amó bashalóm” “Que Dios le dé fuerza a su pueblo, que Dios bendiga a su pueblo con la paz.” (29:11)
Es para el coraje y la convicción de perseguir la paz que le pedimos a Dios que nos dé fuerzas. No es la fuerza de la guerra. Sino la valentía más grande: defender la vida y recuperar la paz.
La paz será o no seremos.
Que vuelvan los secuestrados y que se termine la guerra para todos. Ya. No hay más tiempo.
Rabina Silvina Chemen
