“Viendo el pueblo que Moshé tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aharón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moshé, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.” Shemot- Éxodo 32:1
Así comienza la historia del pecado que marcó por siempre al pueblo hebreo. La construcción del becerro de oro.
Así empiezan historias de decisiones que a la larga son fallidas y con consecuencias nefastas. Es el miedo, la incertidumbre, el no poder avizorar un rumbo seguro, la soledad… todo eso llevó al pueblo de Israel a inventarse un líder, un dios, que los guíe antes la desolación de no saber qué les esperaría si Moshé -sobre quien habían depositado toda su confianza- no volvía. ¿Cómo no entenderlos? ¿Cómo no entender la reacción -para mí amorosa- de Aharón de intentar suplir de algún modo esa ausencia que los sumió en la desesperación? Los entiendo. No los castigo tanto como los comentadores lo hacen. Un grupo grande de personas toma decisiones equivocadas cuando los líderes en quienes confían desaparecen, física o espiritualmente. Nos es más difícil hoy en día, comprender la ávida necesidad de construir becerros, rápidamente, cubiertos de riquezas, que prometan salvaciones mágicas, que aplaquen la soledad y el pánico. Pero los becerros siguen construyéndose. Hoy tienen nombres y apellidos, pero se erigen desarmando a sus pueblos, quitándoles lo material y lo inmaterial también, exigiéndoles una fidelidad absoluta que los hace profanar sus valores más sagrados. La diferencia es que hoy nos escandalizamos menos.
Pero volvamos a nuestra historia. Que tiene un desenlace, para mí, ejemplificador.
Una vez que Moshé baja del monte, orgulloso e iluminado con las tablas en sus manos, ve al pueblo danzando alrededor de ese dios que ellos mismos hicieron y al que luego le otorgaron todo el poder, sobre ellos mismos.
Rompe las tablas, o se le caen… no importa. Lo cierto es que el proyecto fracasa. Las roturas no son siempre materiales de desecho como creen muchos. Quizás es la rotura la que permite un nuevo objeto que porte las cicatrices y que nos permita crecer como personas, como pueblo y como humanidad.
El Dios de esta historia es definitivamente implacable e intolerante.
La ira que le produce la desobediencia lo ciega- ¡me doy licencia para este antropomorfismo! Y le anuncia a Moshé que los va a destruir a todos.
Leámoslo.
“Ahora déjame, para que se encienda mi ira contra ellos, y los destruya, y a ti te haga una nación grande». Pero Moshé trató de aplacar al Señor con estas palabras: «¿Por qué, Señor, arderá tu ira contra tu pueblo, ¿ese pueblo que tú mismo hiciste salir de Egipto con gran firmeza y mano poderosa? «El que los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?». Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, de Itsjak y de Yaakov, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: «Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia». Y el Señor se arrepintió del mal con que había amenazado a su pueblo.” Shemot- Éxodo 32:10-14
Lo explicamos paso a paso.
Dios le “pediría permiso” a Moshé para que se encienda su ira sobre el pueblo. Interesante. Y no sólo eso, sino que al matar a todos -como lo hizo con Noaj- vuelva a armar un pueblo nuevo a partir de él.
Pero Moshé a pesar de su enojo, su frustración y bronca, intercede.
El error de esta gente no puede poner fin a esta gran epopeya de coraje, de fe y de libertad. Los equívocos no se sanan borrando de la faz de la tierra a quienes los cometieron. Porque así no hay pueblo que aguante.
Y eso lo sabemos muy bien. Entonces y ahora.
La humanidad de Moshé “humaniza” al mismo Dios.
Y le pide que recuerde su proyecto fundacional, las promesas que hizo, a los antecesores, y le ruega que no imite a los perversos que quisieron diezmar al pueblo, y lo cuide, con todas sus sombras, dudas, y deslices.
Y ¿qué sucedió? Lejos de enojarse con Moshé, recapacita y abandona el plan de exterminio. Gracias a alguien que se animó a no seguir AL MISMO DIOS cuando la propuesta es de dolor y oscuridad.
Y cuando aparecen voces que interceden en nombre de la vida, de la razón, de lucha de tantos en el pasado, de promesas truncas aportan al derrotero miserable de la historia una nueva oportunidad, una nueva mirada que aporta luz. Y quizás la luz ayude mucho más a los pueblos sumidos en miedo y confusión a cambiar de rumbo, a pensar distinto, a juntarse con otros que les alimenten el amor y no el odio.
El midrash Shemot Rabá 42:1 recapacita hacer de ese “Ahora déjame”:
«Ahora déjame acabar con ellos.» ¿Había Moshé agarrado al Santo, Bendito sea, como para que tuviera que decir: «Déjame»? ¿Pero a qué se puede comparar esto? A un rey que se enfureció con su hijo, lo llevó a una habitación contigua y se dispuso a matarlo. Allí gritó desde la habitación: «¡Déjenme en paz para matarlo!». El tutor del niño, que estaba afuera, se dijo: «El rey y su hijo están juntos en una habitación. ¿Por qué grita entonces: «Déjenme en paz»? La razón debe ser que el rey realmente quiere que entre y haga las paces entre él y su hijo. Por eso grita: «¡Déjenme en paz!».
Un juego de palabras y una intención clara: es imposible imaginar a un Dios fuera de sus cabales, queriendo exterminar a su pueblo amado fruto de su enojo. Según este midrash es como si Dios estuviera poniendo a prueba el liderazgo de Moshé: ¿lo acompañaría en semejante decisión sólo por ser Dios? Si ésta fue la prueba, Moshé la superó con creces. Cuando tus valores de dignidad, de compasión y misericordia están intactos, nadie puede torcerlos y es desde allí de dónde sea sacarás fuerzas para que se impongan por sobre la ira y la destrucción. Pero para eso hay que tener claridad y coraje: no ir detrás del que ataca primero, el que grita más fuerte, el que insulta impunemente y defender la santidad de lo que uno sostiene que no acaba en uno, sino que tiene que ver con la vida, las vidas de todos, como principio.
El Talmud en Berajot 32ª avanza un poco más sobre esta idea: “La frase: Déjame, enseña que Moshé agarró al Santo, Bendito Sea, como quien agarra a su amigo por su manto, y dijo ante Él: Señor del Universo, no te dejaré hasta que los perdones y los perdones.”
Es lógico: Si Dios pide que lo “deje” no es de permiso, sino que lo “suelte” porque Moshé lo estaría “agarrando del pescuezo” hasta que perdone a su pueblo.
Y sí. No podemos dejarnos convencer rápidamente cuando lo que se nos propone es dolor y muerte. Habrá que insistir. Con uñas y dientes hasta que se nos escuche y se dirima la historia de otro modo.
Y luego la misma página del Talmud concluye:
“Y los rabinos dicen que este término constituye la esencia de la afirmación de Moshé: Enseña que Moshé dijo ante el Santo, Bendito sea: «¡Señor del Universo!». Es un sacrilegio que hagas algo así.”
A veces es necesario enfrentarse a los discursos potentes, seguros, insistentes, cuando lo que proponen es profanar, cometer sacrilegio contra el pueblo que está a tu cargo. Lo sagrado no está en los Santuarios sino en los caminos que aceptamos o no, los valores que defendemos o pisoteamos, o dejamos que los pisoteen sin hacer nada.
Toda esta historia, y hasta este humilde texto no hubieran existido si Moshé fascinado por la sed de venganza de Dios no se hubiera negado con toda firmeza, quizás a riesgo de perder el amor de Dios y su misión con este pueblo, a ser testigo de este capítulo de la historia. Es la fuerza de su fe, de su dignidad, de su don de gente y de liderazgo cuidadoso los que hacen que se pare decidido a defender lo que cree y sobre todo a lo que quiere que es a su pueblo.
En definitiva, en este tiempo de iras cruzadas, guerras agobiantes manejadas a control remoto por los que se creen los dioses del mundo, de odios crecientes y un sinsentido que se está imponiendo en nuestras casas, en la generación de nuestros hijos… lo que nos hace falta es, como Moshé, animarnos a interceder, a proponer otra mirada, otra solución, otros liderazgos, otros recursos que fomenten el diálogo, el amor y por qué no, la posibilidad de la paz.
Becerros investidos del oro de la gente nos hacen danzar a su voluntad. Y no nos damos cuenta. Bailamos como monigotes creyendo que ellos nos defienden. Y que no hay otro camino.
Pues sí los hay. Y muchos.
Los pedazos de las tablas rotas son parte de nuestro aprendizaje. Y gracias a Moshé que nos salvó de la destrucción, hubo otras tablas nuevas, las tablas de la posibilidad. En el Arca Sagrada, cuenta el midrash, se guardaron ambas: las rotas y las enteras. Ambas son sagradas en nuestras vidas.
Volvamos a recuperar la confianza en nuestras voces e intercedamos allí donde estemos para ayudar a otros a animarse a volver a elegir la humanidad como valor supremo.
¡Shabat shalom!
Rabina Silvina Chemen.
