El diámetro de la bomba era de treinta centímetros
y el campo del impacto unos siete metros
y en él, cuatro muertos y once heridos.
Y alrededor de ellos, en un círculo mayor
de dolor y de tiempo, dos hospitales esparcidos
y un cementerio. Pero la joven
mujer que fue enterrada en el lugar del cual
provenía, a una distancia de más de cien kilómetros,
amplía el círculo aún mucho más
y el hombre solitario que llora su muerte
en los extremos de un país lejano cruzando el mar,
incluye en el círculo al mundo todo.
Y ni que hablar del grito de los huérfanos
que llega hasta el trono del Señor
y de allí, más allá, extiende
el círculo a un sin fin y sin Dios.
Autor: Yehuda Amijai
Nos volvimos todos expertos en misilística y armamentos: adquirimos nuevas palabras: esquirlas, racimo, interceptar. Y otras que se clavan como tatuadas en el alma: muertos, heridos, miedo, desastre, sirenas…
Y acá estoy yo, con el texto de la Torá delante, preguntándome qué sigo haciendo al explicar con detalle la ritualidad a un Dios al que queríamos acercarnos (recuerdo que la palabra ofrenda en hebreo es korban, que proviene de la palabra cercanía. Karob), pero al que percibimos cada vez más lejos.
Porque eso que llamábamos fe fue cooptado por los cultores tecnócratas de una expresión de lo judío que justifica la barbarie en nombre de defensa de no sé qué valor profano. Y porque sentimos que las herramientas que antes poseíamos para resistir con esperanza aun los embates que nos parecían terriblemente injustos ya no nos sirven para poder sostenernos.
El diámetro de una bomba -escribe el gigante de Amijai-, no tiene medida porque los estragos son infinitos en espacio y tiempo. Y además porque nos queman la posibilidad de mirar el futuro con fe.
En la porción de la Torá de esta semana, parashat Tzav, se nos recuerda varias veces el esh tamid, el fuego perpetuo, que debe permanecer encendido en el altar.
Los pongo en situación: hay un altar sobre el que se presentan las ofrendan, que se elevan al cielo a través del fuego. Ese altar tiene que estar encendido siempre, y no es una metáfora, como algunos quieren romantizar, sino un dato concreto: el altar no debe apagarse jamás. Y esa es una tarea importante dentro del sistema de sacrificios del tiempo bíblico.
Lo que llama la atención es la repetición de versículos cercanos, dentro del capítulo 6 del libro de Vaikrá- Levítico de este mandamiento.
“Esta es la ley del holocausto: el holocausto estará sobre el fuego encendido sobre el altar toda la noche, hasta la mañana; el fuego del altar arderá en él.” (versículo 9)
“Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana… “(v. 12)
“El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará.” (v. 13)
Lo que notan los estudiosos es que en versículo del medio tiene una indicación: este fuego no es mágico, ni de origen divino sino es el fruto de la conciencia y la constancia de la responsabilidad de los sacerdotes: agregar constantemente leña para que este fuego no se apague.
La perpetuidad del fuego sucede porque hay alguien que tiene la obligación de mantenerlo con vida.
Rabí Abraham Ibn Ezra (s. XII) explica interesantemente por qué la repetición de no apagar el fuego: “para añadir que no se apagará durante el día”. Incluso cuando no se ve, hay que saber que una llama siempre está encendida. Me pareció interesante esta mirada: mantener el fuego encendido cuando se lo ve –en la noche- y aun cuando no se lo ve -durante el día-. Sentía que esta explicación me está hablando de no dejar de alimentar esa llama, aun cuando nadie me ve, – pensaba…
El Talmud de Jerusalén en el tratado de Yomam en el capítulo 4 comentan:
“Cuando viajaban, cubrían [el fuego] con un psikter (recipiente).” Aún en condiciones improbables de que este fuego siga encendido encontraron la manera de mantenerlo despierto, a pesar de las inclemencias del desierto. Se ocupaban de desafiar los vientos, las tormentas de arena, y cuidaban del fuego.
Y por último en Guía de los Perplejos, Maimónides escribe sobre el símbolo de una pequeña luz como metáfora: «Una persona dejó caer una perla en su casa, que estaba oscura y llena de muebles. Ahora la perla está allí, pero él no la ve ni sabe dónde está. Es como si ya no la tuviera, puesto que no puede beneficiarse de ella hasta que… encienda una lámpara».
Juntemos estas piezas de un rompecabezas que aún no sé a dónde me lleva.
Quiero oponer a la oscuridad que generan los fuegos del odio, el mensaje de fuego eterno. Que no es un símbolo que hemos adquirido para siempre porque nos corresponde, sino que viene a hablarnos de nuestra responsabilidad. Protegerlo de los embates de quienes se proponen que bajemos los brazos por agotamiento o incredulidad. Cuidarlo de que nuestra desazón termine extinguiendo la razón de ser de nuestro mensaje: la vida, la ofrenda, la fe, la comunidad, el tiempo celebrado, la santidad. Mantenerlo encendido aun cuando no necesitemos mostrárselo a nadie; porque las turbulencias pasan, las noticias envejecen rápido, la naturalización de la tragedia está a la orden del día… no nos rindamos antes quienes dicen que arriba del altar ya no hay nada… para dar, por lo que vivir, por lo que jugarse las ganas y el sentido.
¿Dónde están los leños para mantener ese fuego?
En la fortaleza de nuestros espíritus, la convicción de la defensa de nuestros valores, la capacidad de amar y amar sin condicionamientos, la valentía de proteger lo que nos pertenece, la osadía de no subsumirnos a los agoreros de turno que se aprovechan de nuestra vulnerabilidad.
Parece todo perdido, todo apagado, todo en llamas que nos sumen en tinieblas…Y el sabio medieval Maimónides nos dice que aun en el rincón más oscuro hay algo que brilla que sólo encontraremos cuando seamos nosotros los que tengamos el coraje de prender esa luz…
El diámetro de una bomba es infinito.
Elijo creer que el diámetro de lo que pueden hacer los gestos que cuidan la luz también puede ser infinitos y eternos.
Y hoy no nos queda más que volver a apostar a que en nuestras manos queda alguna cerilla perdida que anda buscando de dónde producir una chispa para volver a encenderse.
A veces levantando la vista, en medio de la bruma, veremos del otro lado, alguien o quizás muchos, que estén buscando a esa otra parte que nos haga vibrar y sentir que no estamos ni solos, ni locos. Que tiene valor recuperar la fe. Mantener lo que nos da sentido. Confiar en los gestos que mueven montañas. No dejaremos de ningún modo que nos apaguen el fuego que fue decretado eterno, porque seguimos eligiendo la vida y la paz por sobre todo.
Shabat Shalom
Rabina Silvina Chemen
