PARASHAT BERESHIT: la creación; un imperativo a la reparación

Si hay algún texto que necesita de nuestra imaginación es éste. El comienzo de un relato que pretende hacer una narrativa del proceso creativo del universo. No hay personajes, vínculos familiares, conflictos, migraciones ni pruebas de fe. O mejor dicho: la prueba de fe más grande es que estemos acá volviendo a buscarle sentido a este primer párrafo de toda la Torá, que si bien, desde la conciencia es inverosímil, sigue cautivándonos con sus múltiples y ocultos mensajes.

No en vano la mística judía se ha ocupado especialmente de explicar esta narración. Han encontrado en ella las manifestaciones más profundas de la divinidad.

El primer capítulo de Bereshit, relata la historia de la creación. En el primer día, Dios dice: “- Que haya luz” y la luz se hizo. “Y vio Dios que era bueno”. La primera pregunta que surge es qué es esa luz, dado que los astros que proveen de luz a la tierra; el sol, la luna y las estrellas, fueron creados el cuarto día.

El Zóhar, uno de los textos fundantes de la mística nos dice que esta luz estaba por todas partes y el Creador necesitaba una vasija donde contenerla, para recibirla y compartirla, por lo que ocultó la luz dentro de la naturaleza y en nuestro interior. Es una luz oculta- or ganuz; y quizás toda nuestras vidas se organicen a partir de este primer momento de nuestro texto bíblico: la tarea es descubrirla, buscarla, develarla – quitarle los velos – que hacen que nuestras existencias a veces se perciban tan oscuras.

En este comentario no podríamos desarrollar en profundidad cómo la Kabalá describe lo que sucedió con esta luz divina, pero a groso modo, y con el objetivo de llegar a una reflexión en este nuevo ciclo, diremos que gracias a los escritos de Rabí Itzjak Luria (1534-1572, también conocido como «ARI’zal», «Ha’ARI» o «Ha’ARI Hakadosh) conocemos lo que se llama “shevirat hakelim”- el rompimiento de las vasijas. Esta luz creadora, explica Luria, fue depositada en vasijas que no pudieron contener su potencia. Así es como se quiebran y simbólicamente se fragmentan y caen a este mundo en el que nosotros vivimos. Recibimos en milésimas de fragmentos la luz original “exiliada”; y nuestra tarea es de algún modo, volver a reunir esas chispas, que recibimos, para reparar (tikun olam- reparación del mundo) esa unidad de luz quebrantada.

Esto nos demanda dos compromisos; uno hacia nosotros. Animarnos a encontrar esa porción de luz divina que nos sostiene, nos ilumina y nos guía.

Y por otro lado, comprender por fin que no habrá luz verdadera si no nos damos cuenta cuán conectados y dependientes somos de todo lo creado. Cada organismo, por pequeño e invisible que sea a nuestros ojos, por despreciable que sea a nuestros valores mundanos, tiene una parte de esa luz, que necesitamos recuperar y reunir para reestablecer la armonía del origen, en la que nadie necesitaba depredar a otro para sentir que existía.

Un alumno de Rabí Itzjak Luria, Israel Sarug Ashkenazi (1590–1610) escribía: “Vestigios de la luz divina permanecen adheridos como chispas a los fragmentos de las rotas vasijas. Por lo tanto, cada uno debe proponerse recoger esas chispas, desde donde sea que estén presas en el mundo, para elevarlas a la santidad con el poder de su espíritu.”

Pensaba en la profundidad y belleza de entender que aún en las roturas podemos encontrar vestigios de luz que serán rescatados sólo si nosotros los buscamos.

En tiempo de tanta rotura y desgarro de un mundo que siento que no comprende las señales de un evento que implosionó mundialmente, nos encargamos de las grietas y no de la luz; de la pequeña porción de luz de cada uno, y de la necesidad de encontrarnos con otros, a veces tan lejanos y distantes, pero que tienen esa otra parte de la chispa que yo no tengo y necesito encontrarla.

El poeta norteamericano Howard Schwartz percibe así con su pluma la necesidad de volver a juntar nuestras luces.

Mucho antes de que el sol echase una sombra

antes que fuese pronunciada la Palabra

que hizo que los cielos

 y la tierra existiesen

brotó una llama

desde un cierto lugar oculto

y del centro de esa llama

saltaron chispas de luz

ocultas en cáscaras

que volaron hacia todas partes

hacia arriba y abajo

como una flota de barcos

cada uno con su carga de luz.

Por alguna razón

nadie sabe por qué

las frágiles vasijas

se agrietaron

abriéndose y haciéndose pedazos

y todas las chispas se dispersaron

como arena

como semillas

como estrellas.

 

Es por eso que fuimos creados:

Para ir en busca de las chispas

sin importar dónde se hayan ocultado

y cuando es descubierta cada una

es consumida en nuestro propio fuego

y renace desde nuestras propias cenizas.

Algún día

cuando las chispas hayan sido reunidas

serán restauradas las vasijas

y la flota va a volar a través de otro océano

del espacio y la Palabra

va a ser pronunciada de nuevo.

¿Si creo en el relato de la creación de Bereshit? ¡Sí! Creo en la misión que esta narración me da. Creo en el sentido por el cual fui creada y desde allí honrar la posibilidad de ser parte de este mundo. Creo en el restablecimiento de vínculos más amorosos entre las personas y con todo el planeta. Creo en un mundo ecológicamente espiritual. Creo que no soy insignificante en esta maraña de intereses y destrucciones; que tengo una posibilidad y que haré todo lo que esté a mi alcance para resistir a la apatía y a la oscuridad. Porque cada uno tiene su luz, y la mía está buscando la tuya.

En este espíritu, comencemos a caminar juntos toda la Torá, nuevamente.

Shabat Shalóm umevoraj.

Rabina Silvina Chemen