Parashat Emor: Guer y Torá

Subo estas líneas apenas finalizado Yom Hazicarón Lashoá Velagvurá, pensando que quizás estas enseñanzas sirvan para la elevación de las almas de todas las víctimas de la barbarie.
Comencemos recordando aquella pregunta de Midrash Tanjumá en Vaiahakel, 8: ¿»Por qué la Torá fue concedida en el desierto? –Para decirnos que tal como el desierto pertenece a todas las personas, así las palabras de la Ley son propiedad de todo aquel que desee estudiarla. Nadie puede presentarse y alegar ‘yo son un ben Torá’ (un erudito en las enseñanzas) y la Torá me fue entregada y a mis antepasados, y tú no lograrás nunca el conocimiento de la Ley porque eres extranjero y tus padres no supieron Torá, ya que también ellos eran forasteros.
Torá y desierto
Por eso dice la Torá, que la Ley nos fue ordenada por Moshé, morasha kehilat Iaacov, -heredad de la congregación de Israel- para indicarnos que aquel que se acerca a la congregación (kehilá) de Iaacov, aún los extranjeros que estudian Torá, tienen el mérito del Cohen Gadol»
(Devarim 33). Es la continuidad del texto »Por tanto, guardarán Mis estatutos y Mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple. Yo soy H'» que habla del hombre en cuanto ser humano (Vaikrá 19:5). Por ello no nos debe extrañar ya que en Bemidbar 15:15-16 leamos: «En cuanto a la asamblea, un estatuto habrá para vosotros y para el extranjero que reside con vosotros, un estatuto perpetuo por sus generaciones; como vosotros son, así será el extranjero delante de H’. Una sola ley habrá, una sola ordenanza, para vosotros y para el extranjero que reside con vosotros«. ‘Habrá una misma ley para vosotros; será tanto para el extranjero [guer] como para el residente [ezraj], porque Yo soy H’ su D-os.» (Vaikrá 24:21).
En Baba Kamá, 84 a, aprendimos que la ley debe ser igual para todos. Jizkuni nos comenta acerca el versículo que «tal como debemos demandar por las ofensas sufridas por un residente, debemos hacerlo igualmente por las sufridas por el extranjero…». Sforno [ver su biografía en las misceláneas], comenta «tanto para el extranjero como para el residente, porque Yo soy H’ su D-os», nos dice que es el mismo D-os, el del guer y el del ezraj, que no reconoce el grito contra el menesteroso.
¿Quién es el guer de este versículo? – Bejayie ibn Pakuda [ver su biografía en las misceláneas] nos explica que la palabra hebrea guer deriva de garguir, -un grano, o una baya- que se ha separado del árbol, y se usa para significar el estado de quien viene de otro país y que se ha separado de su tierra, y que ezraj es como un plantío llevado a cabo muchos años atrás. Pero, la ley debe ser igual para ambos. La aparición del Nombre en este versículo debe leerse, continúa Bejayie, que si así se comportaran, Yo seré su D-os, y si no, se apartarán de la Divinidad, porque negaron lo principal de la misma fe. El exégeta continúa reafirmando que se trata de una norma fundamental, que si no es respetada provoca jilul H’ (la profanación del Nombre).
La Torá usa en numerosas oportunidades el vocablo guer: respecto a los judíos cuando fueron esclavos en Egipto; a los egipcios y miembros de otras minorías que eligieron unirse a los judíos durante el Éxodo; a los trabajadores que fueron aceptados como aguateros, y leñadores; a los refugiados que escaparon de la explotación política o económica en las tierras vecinas que eligieron buscar el asilo y reconstruyen sus vidas en la tierra de Israel; huéspedes y prosélitos. A menudo se refiere al guer como necesitado y empobrecido a quien hay que apoyar. La Torá no ahorra acentuar esta ordenanza y así encontramos en Devarim 10:17.19 «Porque H’ su D-os es D-os de dioses y Señor de señores. Es D-os grande, poderoso y temible, que no hace distinción de personas ni acepta soborno. Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y también ama al extranjero y le da pan y vestido. Por tanto, amarán al extranjero, porque extranjeros fueron vosotros en la tierra de Egipto».
El pueblo que incluyó en sus plegarias el versículo de Tehilim 146:9.»H’, el que guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda levanta; y el camino de los impíos trastorna«, no puede conformarse mostrando solamente compasión y amor, sino que debe proponerse proteger los intereses del guer, absteniéndose de explotar su trabajo y procurando que reciba su salario cuando corresponda. No debemos retener los salarios de un trabajador empleado pobre o indigente, de sus hermanos o de sus extranjeros que estén en su tierra dentro de las ciudades.
Recordemos Devarim 24:14-15 que no olvida al extranjero en esta disposición, “No oprimirás al jornalero pobre y necesitado, ya sea uno de tus conciudadanos o uno de los extranjeros que habita en tu tierra y en tus ciudades”. “En su día le darás su jornal antes de la puesta del sol, porque es pobre y ha puesto su corazón en él; para que él no clame contra ti a H’, y llegue a ser pecado en ti”. Y pocos versículos más adelante, (17-18) nos ordena no pervertir el juicio al guer, “No pervertirás la justicia debida al extranjero ni al huérfano, ni tomarás en prenda la ropa de la viuda, sino que recordarás que fuiste esclavo en Egipto y que H’ tu D-os te rescató de allí; por tanto, Yo te mando que hagas esto”.
Si no fuera suficiente también debemos garantizar al extranjero su descanso, “Seis días trabajarás, pero el séptimo día dejarás de trabajar, para que descansen tu buey y tu asno, y para que el hijo de tu sierva, así como el extranjero renueven sus fuerzas” (Shemot, 23:12).
Si necesitábamos pruebas del alcance de la Torá en los principios que guían las relaciones entre los seres humanos, pudimos comprobar en este extracto de citas, lo que se puede aprender de un versículo escondido entre temas que por lo general son considerados como más importantes. Pero, no es menester esforzarse demasiado para que nuevamente veamos hasta donde la Torá nos ordena cuidar nuestra relación con el «otro».
De la misma manera nos enseña a no ser indiferentes respecto a quienes obligados por sus necesidades de alimento o por persecuciones políticas, intentan buscar refugio en otras naciones y son perseguidos por los guardias de las naciones más poderosas que les impiden ingresar a sus territorios.
autor: Rabino Yerahmiel Barylka, kehilá Rambám, Madrid, España