Estamos viviendo probablemente uno de los tiempos históricos más difíciles este siglo. Según se contabilizan hay 56 conflictos armados en el mundo; masacres, hambruna, exilios forzosos, odios escalando a los niveles de los que será muy difícil volver. Los que están de un lado o del otro de las contiendas sostienen posiciones univalentes, ciegas y sordas a las realidades de quienes llaman sus “enemigos”. Tanta confusión nos rodea que se han desdibujado palabras como humanitario, derechos humanos, soberanía, justicia internacional, ética… ¿Nos habita aún el derecho de seguir pronunciando la palabra “ética”?
Y la pregunta que me hago una y otra vez es ¿cómo ampliar la voz de los que nos rehusamos a elegir un extremo en detrimento de otros? ¿Cómo complejizar la mirada y la narrativa para vivir este tiempo histórico no como un partido de fútbol ni como el juego de la “batalla naval” en el que gana en que consigue hundir más a su oponente? ¿Cómo ser creíble cuando parecen haberse exiliado de nuestros lenguajes palabras de amor, de escucha, de empatía, de autocrítica, de revisión y reflexión? ¿Cómo?
En medio de este soliloquio debo sentarme a estudiar las parashot y compartir con Uds. un comentario. Y a esta altura del partido no puedo leer el texto bíblico desentendiéndome de las preguntas y las emociones que me han quitado la serenidad desde hace tanto tiempo.
Estamos terminando el libro de Bemidbar -”En el desierto”. Una crónica de un tránsito complejo, arduo, conflictivo, lleno de aprendizajes y a su vez de sinsabores, del pueblo de Israel en su caminata hacia la tierra de la promesa. Un desierto en el que sucedió desde lo más sublime hasta lo más vil. Y, en cada experiencia, la oportunidad de un aprendizaje que nos haga dignos de constituirnos y pueblo, y habitar finalmente nuestra tierra.
Masei, la última de las parashot, es un recorrido por estos aprendizajes. La necesidad de volver a nombrar cada una de las 42 estaciones en los que el pueblo de Israel detuvo su marcha, armó sus tiendas, organizó sus dinámicas a la espera de un nuevo anuncio para seguir adelante. Un recordatorio que enseña a evocar los pasos hacia el objetivo. Valorar el camino para que la meta no nos obnubile y no nos borre la memoria, el capital más preciado que nos hizo un pueblo.
Leo el texto y quedo detenida en dos palabras: ciudades refugio -«arei miklat».
Se designan ciudades como ciudades de refugio, a las que pueda huir quien mate accidentalmente a alguien. En estas ciudades el asesino puede resguardarse ante la venganza de la familia del fallecido. Moshé establece seis ciudades de refugio: tres al otro lado del río Jordán y tres en la tierra de Canaán.
Así está escrito:
“Os proveeréis de lugares que os sirvan de ciudades de refugio a las cuales pueda huir el homicida que haya matado a una persona sin intención. Las ciudades os servirán de refugio contra el vengador, para que el homicida no muera sin haber sido juzgado ante la asamblea. Las ciudades que así asignéis serán seis ciudades de refugio en total. Tres ciudades se designarán al otro lado del Jordán, y las otras tres se designarán en la tierra de Canaán; servirán como ciudades de refugio. Estas seis ciudades servirán de refugio a los israelitas y a los extranjeros que residan entre ellos, para que cualquiera que mate a alguien sin intención pueda huir allí…” Bemidbar -Números 35:11-15
Las seis ciudades de refugio estaban ubicadas en diferentes zonas, de modo que todos tuvieran un acceso razonablemente fácil a ellas. La ciudad más al sur era Hevrón; la más al norte Kadesh en Galilea; y la ciudad de Shjem en el centro. Se eligieron tres ciudades más, aproximadamente en la misma latitud, al otro lado del río Jordán.
Es interesante leer cómo se ocuparían de facilitar el acceso a estas ciudades. Los caminos que conducían a ellas eran más anchos que el resto (el doble, de hecho). Debían ser de tránsito fácil, se elevarían valles y se nivelarían colinas. Incluso se construirían puentes y se colocarían señales claras en el camino que indicaran perfectamente cómo encontrar dichas ciudades. Además, se estableció que una vez por año, en el mes de Adar se debía inspeccionar minuciosamente el estado de los caminos.
Además de las seis ciudades principales de refugio, las cuarenta y ocho ciudades de los levitas también eran lugares seguros para los refugiados.
Podríamos ahondar, revisar críticamente el objetivo de estas ciudades, ponerlas en contexto, diferenciar un asesinato accidental de uno con alevosía, preguntarnos por el rol de la justicia y los tribunales para resolver el caso, etc., etc.
Pero nada de eso hoy me es relevante frente al sintagma “ciudades refugio”. En diferentes lugares de la tierra, de “un lado y del otro”, porque en cada lado del conflicto se necesitan espacios que sean de refugio, de protección, de cuidado, de sostén y de justicia.
Ciudades refugio que se rebelen ante la impiedad y alojen sin distinción “a los israelitas y a los extranjeros que residan entre ellos” para poder huir, no sólo de la muerte, sino de la crueldad, de la insensibilidad, de la falsedad, de la manipulación, de la angurria de poder de los que gobiernan, del silencio cómplice, del dolor infinito por la desesperanza y la desesperación.
Daat Zekenim (un comentario de la Torá compilado a partir de los escritos de tosafistas franceses y alemanes de los siglos XII y XIII.) escriben lo siguiente:
“En Devarim -Deuteronomio 19:3, la Torá instruye al pueblo judío a erigir indicadores que guíen a los potenciales asesinos involuntarios sobre cómo llegar a la ciudad de refugio más cercana en cada cruce de caminos principales del país. … Si Dios muestra a los asesinos el camino para que se rehabiliten, cuánto más mostrará el camino a las personas que son justas y han cometido un pecado erróneamente. Es por eso por lo que el salmista citado anteriormente continúa inmediatamente con:
“Él guía a los humildes por el camino recto, y enseña a los humildes su camino”.
Nuevamente, no vamos a ahondar en el estudio de este texto, pero sí lo elijo para aferrarme a esta idea de que hay caminos para volver a encontrar espacios de refugio, de serenidad y protección. Hay caminos para los justos y rectos. Y hay camino para aquellos que tomaron otras decisiones, que moldearon sus miradas tras el odio, que eligieron a sus gobernantes con sed de venganza. Hay caminos para todos, anchos, transitables, señalizados fácilmente para encontrar refugio, sostén, y quizás, paz.
Quizás tras los muros de estas ciudades, sin cámaras ni redes sociales, sean muchos más los que se animen a juntarse para llorar recíprocamente las penas de cada familia, de cada pérdida, de cada dolor. Quizás sean muchos más de los que sabemos los que se atrevan a dialogar, a buscar palabras comunes que los acerquen, a debatir ideas para construir una realidad que nada tenga que ver con la guerra, la muerte, la impiedad, el poder, y la deshumanización. Necesitamos ciudades refugio en el norte, en el sur y en el centro, porque no hay geografía que esté a salvo si la política es el exterminio y la desaparición del otro.
En español la palabra “refugio” proviene del latín “refugium”, que a su vez deriva de “refugere”, significando “huir hacia atrás” o “buscar refugio”.
Yo quiero huir, sí. Pero no para escaparme sino para encontrarme con todos los que, como yo, queremos huir de esta lógica binaria, excluyente y devastadora. Quiero huir de las palabras que me embotan para encontrar o crear –si fuera necesario– palabras que digan del amor a pesar de la herida, de la compasión en medio de tanto odio, de la equidad entre tanta desigualdad. Sí. Quiero huir hacia atrás, hacia esa humanidad que podía sentarse en una mesa con una taza de café calentado en la arena caliente para poder aprender el idioma y la tradición del otro y cantar debajo de las estrellas. ¿Qué soy romántica? ¿Qué soy ingenua? ¿Qué soy ilusa? Y sí. No me van a robar la ilusión porque sé, fehacientemente, que somos muchos los que buscamos refugio y que estamos dispuestos a darlo sin condiciones. Somos muchos los que hemos decidido trascender las etiquetas y definiciones para ver que detrás de ellas hay un rostro, una historia, un dolor, un miedo, una esperanza, un deseo de irse a dormir en paz.
Quiero volver a creer que la promesa puede volver a la tierra. Y tendremos que arremangarnos para elevar valles, nivelar colinas, abrir caminos para que la cerrazón del alma y de la mente de muchos no nos obstruya la esperanza y un nuevo tiempo de refugio suceda.
Rabina Silvina Chemen
