Seguimos adentrándonos en los laberintos rituales del libro de Vaikrá. En esta parashá, dos grandes temas nos convocan:
El proceso de “purificación” que debe atravesar una mujer que da a luz, y la definición y tratamiento de tzaráat, una enfermedad que podríamos llamar atípica, sobrenatural. Una afección de la piel, que se propaga luego a la ropa y a las casas.
Si bien la Torá nos sorprende con los temas que aborda, a veces por su pertinencia, a veces por su impertinencia, a veces por su simpleza y otras, por su misterio, está claro que la Torá no se ocupa de lo que nosotros hoy llamamos enfermedades. No hay un registro de la época de las afecciones corporales y es más, cuando se menciona al cuerpo se lo hace desde una visión ritual ligada a lo puro o impuro, lo prohibido y lo permitido. Así encontramos regulaciones para la vida sexual, y consideraciones sobre la menstruación y otras secreciones que marcan impureza.
Pero tzaráat, es definitivamente otra cosa. Hablar de la piel, en tiempos en los que se la mostraba poco, nos hace relacionarnos con este tema desde un registro simbólico. Sabiendo que un símbolo sirve para representar, de alguna manera, una idea, a la que nosotros vinculamos para otorgarle un significado.
Ttzaráat en la piel, entonces es un símbolo, que aparece para ayudarnos a iluminar un sentido, en la lectura de esta parashá. La piel tiene una función biológica, pero también social y antropológica. Las marcas en la piel identifican culturas y modas y para todas ellas, la piel es el órgano que habla de quiénes somos y quiénes no.
La piel es, en definitiva, lo que ayuda a mantener el interior de nosotros mismos. Es una frontera, un borde con el “afuera”. Es protección y a su vez es lenguaje, dice de nosotros, de nuestras vinculaciones con el exterior. Nos ayuda a marcar la diferencia.
Y como todo el libro de Vaikrá, en el que se nos ordena “el orden”, el corte, la estructura, lo que entra en el santuario y lo que queda afuera, el texto de esta semana nos pone a nosotros mismos como objeto directo del ritual. Ya no es un carnero, no es una ofrenda de harina, ya no es la alimentación permitida o prohibida, ya no son las situaciones de la vida que nos llevan a traer tal o cual sacrificio; ahora somos nosotros, desnudos, y es la piel la que está en juego en esta aproximación a lo sagrado.
Ttzaráat, es una afección, una brecha, un grito que irrumpe para decir cuándo nuestros límites fueron vulnerados, cuándo no supimos defender nuestras fronteras, cuándo no pudimos respetar nuestros interiores y todo lo que nos cumbre se afecta, pica, duele, arde, llora…
La antropóloga inglesa Mary Douglas, en su libro “El Levítico como literatura”, explica por qué el ritual de sanación de esta herida era un ritual de expiación y escribe: «(El Levítico) Utiliza la simple idea de cubrir para construir una serie de analogías para la expiación de la piel que cubre el cuerpo, la prenda que cubre la piel, la casa que cubre la prenda, y finalmente al tabernáculo: en cada caso, cuando algo ocurre por lo que se echa a perder la cobertura, la expiación se tiene que hacer”.
Vulnerar lo que nos define, y nos protege merece un registro de expiación para poder ser curados. Necesitamos pedir perdón, o quizás, necesitemos muchas veces perdonarnos las heridas que nos causamos cuando elegimos vivir en la piel de otro, cuando desoímos los mensajes de nuestros límites y nos sometimos a terrenos que nos produjeron heridas. Tenemos que hacer un ritual sobre nuestra propia piel, sobre esa carcasa de nosotros mismos, a la que descuidamos y maltratamos.
La autora Sandra Martínez Rossi en su libro “La piel como superficie simbólica” reconoce que la piel es una especie de altar, porque en ella se consuman esos sacrificios sagrados que exigen los dioses a los miembros de determinados grupos étnicos, es también una especie de ensayo porque en cada piel hay grabado un tratado político, económico, sociológico o filosófico y también es una especie de frontera entre lo uno y lo otro, entre el yo y su espejismo, entre lo hegemónico y lo transgresor, entre el presente y sus múltiples pasados y futuros, entre el deseo y la represión del deseo, entre el amor y la soledad.
La piel es ese espacio simbólico desde el cual se construye la memoria y la identidad del individuo y de la sociedad.
Por eso parashat Tazría combina estos dos grandes tópicos: el nacimiento, es decir, la llega a la vida, la piel en blanco, sin marca, que irrumpe para iniciar su camino. Y la piel vulnerada del metzorá- el que sufre de tzaráat, que nos alerta acerca de aquellas huellas que nos marcaron, las heridas que nos produjimos o nos hicieron; el registro de cuánto protegimos nuestro interior o cuánto lo expusimos, el respeto que le tuvimos a nuestros límites o las murallas que nos construimos para no arriesgarnos al contacto con el afuera.
Porque la piel tiene su lenguaje y es tiempo de no desoírlo.
Shabat shalóm,
Rabina Silvina Chemen