Hermanos en Bereshit

La propuesta:

Asumiendo un criterio patriarcal, tan demodé en estos tiempos, se proponen algunas ideas en relación al concepto de ‘hermanos’ que nos ofrece la Torá, específicamente en el libro de Génesis. Un segundo criterio es que se usan como ejemplos solamente parejas de hermanos, que son las siguientes:

  1. Caín y Abel
  2. Ismael e Isaac
  3. Esaú y Jacob
  4. Efraím y Manasés

El concepto de ‘hermandad’ está muy arraigado en el discurso judío corriente. Asumiendo que todos venimos de los mismos tres padres (Abraham, Isaac, y Jacob) y las mismas cuatro madres (Sara, Rebeca, Lea, y Raquel), los judíos seríamos todos hermanos en el sentido más amplio y vago del término. Un término que a mi entender ha sido abusado cuando los judíos, en realidad y sin profundizar demasiado, estamos atravesados por divisiones muy profundas.

Lo cual no sorprende si leemos Génesis con espíritu crítico (pero no destructivo) y nos damos cuenta que todo ya estaba planteado allí; no hay nada nuevo bajo el sol. La nuestra es una genealogía fisípara que determina, en cada división, una multiplicación de nuevas realidades.

El problema surge cuando nos resistimos a reconocerlas.

Una vez reconocido este patrón de conflicto constante es bueno también reconocer su evolución.

1.- Caín mata a Abel por celos ante el favoritismo de Dios hacia su hermano (Génesis 4). No sólo lo mata en un ataque de ira sino que pretende negar su responsabilidad y huir para siempre. Caín dice entonces en la famosa frase: ‘¿Acaso soy el guardián de mi hermano?’ La pregunta resuena hasta nuestros días. La respuesta políticamente correcta es ‘sí’, soy guardián de mi hermano; la respuesta del mundo real es que en muchos casos no llegamos a ese estándar y en otros tantos nuestro ‘hermano’ no es merecedor de nuestro desvelo.

La respuesta más trágica es cuando volvemos a actuar como Caín: Yigal Alon mata a Itzjak Rabin.

2.- Ismael es el hijo natural que hubiera cambiado la Historia. Nace sin milagro y sin drama con el único fin de ser heredero de Abraham. Será familia pero su madre, Hagar la egipcia, no lo será jamás. Nada que no conozcamos del folklore judío: la madre extranjera que pare un hijo para la heredad. Cabría preguntarse cuál personaje tiene más fuerza: Hagar la egipcia o Rut la moabita; da la impresión que hasta no hace tanto, le percepción sobre Hagar era la prevalente.

Isaac es el hijo del milagro. Un milagro tan absurdo (tan milagroso, valga la redundancia) que causa gracia. Sara es la primera en reírse cuando le anuncian su imposible embarazo; es la misma Sara que no duda en hacer echar a Hagar del seno familiar al desierto y la incertidumbre.

Ismael e Isaac nunca llegan a conocerse ni entrar en conflicto. No se cruzan. Sus destinos son paralelos. Ambos están a punto de ser ‘sacrificados’ y ambos son salvados en el último instante por la intervención divina. Aun con todo este paralelismo, el texto deja muy en claro cuál es la genealogía que habrá de seguir: la de Isaac. El manantial que brota en el desierto y salva a Hagar e Ismael es como Eneas escapando de Troya para fundar su propia épica: otra historia.

No hubo cisma entre Ismael e Isaac. No hubo nada. Son dos historias paralelas que al día de hoy parecen no querer encontrar un punto de encuentro. Líneas paralelas en el sentido más estricto.

3.- Lo de Esaú y Jacob es mucho más complejo. Son mellizos: Esaú nace primero y le sigue Jacob aferrado a su talón. Son producto de una aparente esterilidad de Rebeca (la Biblia insiste con los nacimientos milagrosos; el nacimiento milagroso culminante quedará fuera de la tradición judía); el afán de procrear en este caso se compensa por partida doble (eso que no había tratamientos en aquellas épocas). Sin embargo, el parto ya viene ‘de nalgas’, como diríamos hoy: ‘un pueblo prevalecerá sobre el otro y el mayor servirá al menor” dice Dios en Génesis 25: 23.

Como Caín y Abel, Esaú es cazador y nómade mientras que Jacob es pastor y hogareño. Rebeca es mucho más sofisticada pero tal vez menos cruel que su suegra: no puede echar a su propio hijo, pero puede hacer prevalecer a su favorito. Así pergeña el engaño a su marido que bendice a Jacob en lugar de Esaú. Éste, encolerizado, decide marcharse a buscar su suerte en otros parajes (sin bendición poco podía hacer allí) y se transforma en el padre del pueblo de Edom (‘los colorados’); se marcha prometiendo volver a vengarse.

Entre tanto pasan veinte años. Jacob viaja a la casa de su tío Laban en Padan-aram en busca de esposa. No consigue una sino dos: la que no ama y la que ama. Quería a Raquel pero recibió a Lea; por el amor de su vida debió trabajar siete años más. Finalmente vuelve a sus pagos en Canaán para cumplir su destino con sus dos esposas y sus sirvientas, de cuyas cuatro surgirán sus doce hijos que, en Éxodo, se convertirán en las tribus fundacionales de Israel nación. No sólo trae descendencia; trae riqueza, parte de la cual es producto de un sofisticado engaño a su tío. Jacob gana años pero no pierde las mañas. Ni el miedo.

El reencuentro de Jacob con Esaú representa el recelo ancestral de nuestro pueblo ante el extranjero. No que el extranjero no nos odie; pero no pocas veces es más el odio que tememos que el odio que recibimos. Tal es el caso de Esaú. Si hay finales felices en la Torá, este sería un top-5.

Tal vez el recelo de Jacob, casi genético (no por nada nace aferrado al talón de su hermano), es una de las razones de nuestra supervivencia como tradición, pueblo, y nación. Cuando nos sentimos demasiado seguros los reveses han sido trágicos, nos han puesto al borde de la extinción. Jacob, en todas sus maniobras previas al gran encuentro con Esaú, es al mismo tiempo el hermano astuto que robó una bendición y el paradigma de la prudencia bien entendida.

4.- De Efraím y Manasés sabemos mucho menos en lo que respecta a su vínculo. Son personajes absolutamente funcionales al relato fundacional de Israel que comenzará en el libro de Éxodo. Son hijos de José y una egipcia, Oznat (otra vez una extranjera) que, cuando Jacob bendice a sus hijos, decide incluirlos a ambos como tales y bendecirlos, en lugar de bendecir a José, su padre. Así, se convierten en dos de las doce tribus que recibirán tierras y heredad en la tierra prometida.

En lugar de expulsar como en los casos de Ismael y Esaú, estos hijos criados fuera de la tradición de Abraham, Isaac, y Jacob, Sara, Rebeca, Lea, y Raquel, son integrados mediante la bendición del abuelo. Si bien Jacob no resiste la tentación de hacer trampa y bendice al menor con su mano derecha y al mayor con la izquierda, los bendice a ambos.

Tal vez por esto, o tal vez porque no sabemos de conflicto alguno entre ellos, a ellos hacemos referencia cuando bendecimos a nuestros hijos. El resto de la descendencia de Jacob ha quedado muy relegada en cuanto a méritos como para servir de bendición paradigmática atemporal. Mucho más sus antepasados, abuelos y bisabuelos, todos signados por el conflicto, el engaño, y el impulso expulsivo. Efraím y Manasés representan por un lado el afán de dejar atrás un pasado penoso (Manasés) y por otro fructificar el futuro (Efraím).

Daría la impresión que seguimos insistiendo en ambos empeños: construir memoria y futuro.

Las conclusiones:

El próximo Shabat estaremos finalizando el libro de Génesis, ‘Bereshit’. A veces es buena cosa precisamente eso: volver al principio, a lo básico, a lo fundacional. Génesis no abunda en preceptos (mitsvot), nombra sólo cuatro: fecundar y multiplicarse; la circuncisión; honrar a los padres; y no comer el nervio ciático; sin embargo, abunda en relatos, drama, conflictos, opciones, y caminos tomados en aras de ciertos ideales.

Los dos años que hemos dejado atrás y el tiempo de incertidumbre que se abre ante nosotros son un buen momento para volver a revisar los relatos. Saber que cuando nos llamamos unos a otros ‘hermanos’, por ejemplo, está bueno saber a quién estamos honrando con ese título o a quién estamos excluyendo: porque hay hermanos y hermanos. Y está escrito en la Torá.