PARASHAT BEMIDBAR 2025: un Sinaí incompleto y herido

Bemidbar- en el desierto es el nombre que tiene en hebreo el cuarto libro de la Torá que estamos comenzando hoy, a días de la festividad de Shavuot y la pregunta que vuelve una y otra vez al aproximarse una celebración: ¿qué deberíamos festejar en el contexto que estamos viviendo?

En español, debido a la traducción al griego de la Biblia, se lo llama el libro de Números, debido a que la parashá comienza con un censo. Moshé recibe instrucciones de contar a todos los israelitas por sus respectivas tribus. Cada persona debía ser contada una a la vez, sin importar su apariencia, su éxito ni su posición en la comunidad. No es sólo contar cuántos eran, sino con quiénes con quiénes contamos. Cada uno de acuerdo con su tribu y todos parte de un mismo proyecto; somos parte de un todo, que nos aloja con nuestras particularidades.

Tomaron, pues, Moshé y Aharón a estos varones que fueron designados por sus nombres, y reunieron a toda la congregación en el día primero del mes segundo, y fueron agrupados por familias, según las casas de sus padres, conforme a la cuenta de los nombres por cabeza, de veinte años arriba. Como el Señor lo había mandado a Moshé, los contó en el desierto de Sinaí.”  Bemidbar- Números 1:17-19

Lo mismo sucede cuando retornamos aquel evento majestuoso del Sinaí, con un pueblo reunido a los pies del monte vivenciando un tiempo único: la presencia de Dios hecha voz que desciende con la palabra de la Ley y que los constituye en pueblo.

Evoco el final de la Torá en este momento cuando Moshé, antes de morir, cuenta ese episodio a las nuevas generaciones.

“Vosotros todos estáis hoy en presencia del Señor vuestro Dios; los cabezas de vuestras tribus, vuestros ancianos y vuestros oficiales, todos los varones de Israel; vuestros niños, vuestras mujeres, y tus extranjeros que habitan en medio de tu campamento, desde el que corta tu leña hasta el que saca tu agua; para que entres en el pacto del Señor tu Dios, y en su juramento, que El Señor tu Dios concierta hoy contigo…” Devarím- Deuteronomio 29:1-12

¿A quién le corresponde recibir la palabra del cielo? A todos, sin excepción. A todos, sin condición. Ser pueblo implica alojar las diversidades; las etarias, las de vocación, las de dedicación, las de la posibilidad, las de clase social, las de pensamiento…

Cada uno era parte de una cuenta, porque todos contaban, al comienzo de nuestra parashá.

Cada uno fue convocado a recibir la revelación, en el relato de Devarím- Deuteronomio. Revelación que volveremos a celebrar estos próximos días.

Sinaí que necesitamos desesperadamente. Y no precisamente porque queramos volver a la teofanía, sino porque necesitamos volver a estar juntos, como pueblo, con todos nuestros colores y posicionamientos. Juntos porque es la única manera de recibir la palabra que Dios tiene para nosotros. Juntos porque esa fue la condición para hacernos pueblo y que hemos olvidado mientras nos ocupamos de fragmentarnos, al hacer caso omiso a los mandatos más trascendentes de nuestra tradición: ser garantes los unos de los otros, amar a nuestro prójimo y ocuparnos de él como lo hacemos con notros mismos y cuidarnos.

Y si hablamos de este próximo Shavuot, quisiera también traer las palabras del rollo que se lee en esta festividad: el libro de Ruth. Un libro que- más allá de lo que comúnmente se explica que lo leemos en Shavuot porque en él se menciona el momento de la cosecha del trigo- tiene un mensaje mucho más potente:

Nos plantea preguntas sobre el buen camino en la vida, las decisiones que tomamos y nos sumerge en temáticas relacionados con el género, la privación económica y la condición de los migrantes.

Nuevamente la misma temática: el día que celebramos la recepción de la Torá para todos debemos leer un libro que se ocupa de quienes quedan en las márgenes de los que deciden estar en el centro y cómo la historia los vuelve a incluir. Porque si no, el mensaje de nuestro pueblo se esfuma, se corrompe. Somos todos. O no somos. Somos juntos o… nos pasa lo que nos está pasando.

Erri de Luca, autor italiano escribió un libro “Las Santas del Escándalo” en el que se ocupa de 5 mujeres, de hecho las únicas 5 mujeres que aparecen en la lista genealógica del Evangelio de Mateo, desde Abraham hasta Jesús. No vamos a entrar en este terreno que es bien interesante, por cierto, pero quiero compartir con Uds. una reflexión en la que me quedé pensando desde el momento en el que la leí.

Nuestro pueblo está esperando al Mashiaj, el mesías, corporizado en un ser humano, con un linaje. Viene de una genealogía: la del Rey David.

Entonces tenemos que revisar la genealogía del Rey David. Y allí aparecen dos datos importantísimos, que muchas veces soslayamos.

Nos tenemos que remontar hasta la época posterior a Yaakov, cuando uno de sus hijos Yehudá va a terminar teniendo hijos con su nuera Tamar, una mujer cananea, que hace todo lo imposible por ingresar al linaje de los patriarcas. De esa relación nacerán: Zaraj y Peretz.

Éste último, Peretz, será parte de la descendencia de la que surgirá el mashiaj.

Y luego, mucho más avanzados en la historia, tenemos a Ruth, la moabita, también una extranjera, que elige ser parte del pueblo de Israel, y que dará a luz a Obed, quien será el padre de Ishai, padre de David.

¿Se entiende? De Tamar, la cananea; Pertez, linaje de David. De Ruth la moabita, Obed, el abuelo de David. Y de David, el mashiaj- mesías. Mashiaj ben David…

Erri de Luca comenta: “en la preciosa ascendencia del mesías se han injertado mujeres y vientres de pueblos diversos. Con sus transfusiones de sangre mezcladas la historia hebrea aleja de sí el cetro y el espectro de la pureza de sangre, del pedrigree. Hasta el mesías es mestizo.

Una frase provocativa. Hasta burlona. El mesías es mestizo.

Quizás parafraseándolo yo diría: la armonía, la buena convivencia, la realización de lo humano en la tierra- que es en definitiva lo que creemos que será lo mesiánico- nos necesita a todos, a los que confinamos a estar siempre aparte, a los que echamos por no pensar como nosotros, a los que decidimos invisibilizar, a los que sometemos cuando no nos convienen sus críticas, a los que humillamos.

Volvamos entonces a preguntarnos ¿qué vamos a celebrar este Shavuot y cómo vamos a leer parashat Bemidbar este año?

Tomando conciencia de que el mensaje supremo de nuestra tradición es que encontremos modos de que cada uno, en su “tribu”, cuente como parte imprescindible de ese todo que llamamos pueblo. Que quienes hemos puesto en las márgenes sientan el derecho de integrarse con total dignidad. Que ser parte de Israel requiere que todos estemos presentes para que el mensaje divino tenga sentido.

Hoy- escribiendo esta reflexión- se cumplen 600 días del secuestro, cautiverio y tortura de los que aún quedan en Gaza. 600 días -en los que no se encuentra o no se prioriza- el modo de traerlos nuevamente a casa. ¿Qué Torá vamos a celebrar si hay quienes parecen no haber leído la parashá de esta semana, el relato de Devarím o el libro de Ruth como mensajes rectores de la ética y moral de nuestro pueblo?

Hoy cada uno de nosotros va a volver a Sinaí, por uno mismo y por quien aun siendo llamado por Dios a los pies del monte, no estará, porque sigue siendo víctima de la violencia, el terror y la desidia. Un Shavuot más en el que no seremos dignos de recibir Su palabra por no haber podido, sabido o querido ser dignos receptores de su mensaje.

Rabina Silvina Chemen