PARASHAT EMOR: Hablar de lo que no se habla

¿Será que este tiempo de aislamiento, del que no sabemos cómo vamos a salir, nos pone un poco más agudos en las lecturas de la historia de la humanidad? ¿Será que empezamos a ver los relatos desde otras perspectivas?

Parashat Emor abunda en mitzvot. Encontramos en ella muchas leyes técnicas relacionados al culto específicamente sobre el rol de los kohanim (sacerdotes). También se destaca con quiénes se pueden casar, cómo deben hacer duelo, etc.

Dentro de estas leyes trae una de las disposiciones más irritantes de toda la Torá.

“Y Adonai habló a Moshé diciendo: Habla a Aharón y dile: Ninguno de tus descendientes por sus generaciones, que tenga algún defecto, se acercará para ofrecer el pan de su Dios. Porque ningún varón en el cual haya defecto se acercará; varón ciego, o cojo, o mutilado, o sobrado, o varón que tenga quebradura de pie o rotura de mano, o jorobado, o enano, o que tenga nube en el ojo, o que tenga sarna, o empeine, o testículo magullado. Ningún varón de la descendencia del sacerdote Aharón, en el cual haya defecto, se acercará para ofrecer las ofrendas encendidas para Adonai. Hay defecto en él; no se acercará a ofrecer el pan de su Dios.”  Vaikrá 21:16-21

¡Qué dolor leer esto! Los kohanim deben ser “perfectos” físicamente y de alguna manera eran “culpables” por sus enfermedades o discapacidades. ¡Qué dolor no leer por ejemplo que los sacerdotes corruptos no podrían ofrendar los sacrificios, los maltratadores, los mentirosos!

¿Qué hacemos con este texto y con este dolor?

En primer lugar, enfrentarlo. Seguir sus huellas hasta el día de hoy, revisar cómo se entendió a lo largo de las generaciones y fijar nuestra posición hoy en día. Al menos, esto es lo que pienso hacer yo.

Sin tener en cuenta el origen del defecto o enfermedad, a los kohanim que entraban en esta “categoría de personas” se les permitía participar sólo en la comida de los animales sacrificados. Tenían hasta prohibido entrar en la zona detrás de la cortina, o cerca del altar.

“Pero no se acercará tras el velo, ni se acercará al altar, por cuanto hay defecto en él; para que no profane mi santuario, porque yo Adonai soy el que los santifico.” Vaikrá 21:23

Uno se sorprende por la dureza de estas palabras. ¿Cómo se reconcilia esta disposición con la defensa de la vida, el amor por la dignidad humana, tengan los humanos la condición que tengan?

¿Quién define por tanto quién es “normal”? Y jugando con las palabras podríamos decir: ¿Quién instauró la “norma” que dice quién es “normal”? No puedo pensar en esto como viniendo de los cielos.

Me voy a la Mishná a buscar alguna explicación, y el dolor aumenta. Los sacerdotes con defectos vivían en una recámara llamada de madera y su tarea era buscar los gusanos en los bloques de madera, quitarlos para luego encender con ellos el altar.

Mishná- Tratado de Midot 2 : “La del noreste era la cámara de madera donde los sacerdotes con defectos físicos solían escoger la madera que tenía gusanos, cada pieza con un gusano no era apta para su uso en el altar. El noroeste era la cámara de aquellos con enfermedades de la piel.”

Y la Mishná cuenta que estos vestían de negro, mientras que los “perfectos” vestían sus ropajes blancos y se ocupaban de las tareas importantes.

A los ojos de muchos pareceré una irreverente que se atreve a cuestionar una ley divina. Sin embargo, no podría seguir escribiendo un comentario semanal si no me permito permearme a lo que me duele, a lo que no entiendo, a lo que no me da orgullo.

Es verdad que no niego que este texto y todos los textos son testigos de su época, en su modo de decir y en su contenido; responden a un orden social, político, religioso con sus legalidades que, por suerte, no son las nuestras. Sin embargo, no dejan de preocuparme ciertas similitudes que me provocan una alerta.

La función sacerdotal fue, durante mucho tiempo- todo el tiempo en el que se prolongó una ritualidad sacrificial-, un rol distinguido del resto de los miembros del pueblo. Ellos eran los mediadores entre Dios y el Pueblo. La gente común no entraba al Gran Templo. Quedaban en las márgenes, confiando en que este intermediario hiciera en su nombre lo que él o ella no podrían ofrendar con sus propias manos.

Fue un tiempo de fe concreta, animales en el altar, funcionarios del culto vestidos de oro, rituales masivos de peregrinación y expiación…

Y en este contexto aparecen estos sacerdotes que perdieron todo lustre porque tienen una discapacidad, un defecto y por tanto contaminan la estética ampulosa del culto del sacrificio. Se los guarda en una habitación, vestidos de negro, a quitar gusanos de la madera.

Pero la historia dio un giro contundente: Aquel Templo de Jeruéalem fue destruido. El pueblo fue exiliado. El rol de los sacerdotes quedó anulado. Un nuevo mundo nació para el pueblo judío que se resistió a ser destruido como nación e intentó nuevas formas para vivir una nueva realidad: el exilio, la falta del culto central como eje de la vida judía y un nuevo lugar del individuo a la hora de conectarse con el cielo.

Del sacrificio hemos pasado a la palabra. Del culto sacerdotal a la oración individual y colectiva. Del acto al símbolo.

En el Talmud, en Baba Metzia 59, Rabí Eleazar reflexiona sobre los efectos de la destrucción del Segundo Templo. Y nos enseña que “la oración es más eficaz que el sacrificio… Todas las puertas del Cielo se han cerrado, excepto el portón de las lágrimas”.

El sacrificio ya no está más disponible como modo de acceder al cielo. Y con él tampoco está más disponible el sistema que lo administraba. Ahora nuestro vínculo es directo, la puerta de las lágrimas, de la súplica, de las emociones y necesidades de cada “oferente” de palabras, está siempre abierta.

La destrucción del Templo significó el final de una era particular en la observancia judía. La oración pasó a ser el nuevo paradigma de contacto del hombre y la mujer de fe con el Creador. Y para este nuevo paradigma no hay selectos, ni perfectos, ni herederos privilegiados. Cada uno es el “sacerdote” de su propia ofrenda. Seamos como seamos, tengamos el cuerpo como lo tengamos, con habilidades físicas y emocionales diversas, con formas diferentes. Cada uno es su unicidad tiene el mismo derecho a la hora de expresar con su corazón y la mirada puesta metafóricamente hacia el cielo (seamos videntes o no, qué más da).

¿Qué hacen conmigo estos versículos? Me instan a luchar contra la exclusión, contra los discursos de la “normalidad aparente”, contra los abusos de poder de una sociedad que necesita etiquetas que bajo el pretexto de ser inclusiva no deja de señalar al otro desde un solo rasgo, que es el comienzo mismo del prejuicio.

Esta transformación de la exclusividad a la inclusión habla de nuestras relaciones individuales con Dios, y también ofrece un modelo para enfocar nuestras relaciones con las personas en general.

La pérdida del Templo obligó a los rabinos de volver a examinar las relaciones humano-divinas.

Aunque a veces siento que quienes no las revisamos lo suficiente somos nosotros, que rápidamente desplegamos los diccionarios de definiciones que categorizan a las personas, las seleccionamos por “artículo” y decidimos quién entra y quién no, quién puede y quién no.

Y todo este desarrollo dentro de la tradición de Israel me lleva a pensar este tiempo de pandemia. Aquellas estructuras de las concentraciones sagradas de poder están cayendo, no se sostienen, porque quedaron tan impuras como todo el resto de los mortales, que como un solo cuerpo corremos riesgo de contagio. Y de pronto el que se viste de blanco recubierto en oro quedó al mismo nivel del que estaba de negro buscando gusanos en la madera.

Quizás haya llegado el tiempo del aprendizaje. Que cualquier estructura que deja a muchos fuera y algunos dentro termina generando exilios y destrucciones, pandemias y peligros.

Cualquiera puede contagiar a cualquiera. ¡Qué interesante metáfora para decir que los muros de los grandes palacetes no son impermeables!

Se puede contagiar el virus, así como se pueden contagiar los gestos de inclusión, de solidaridad y respeto mutuo.

Brego por un aprendizaje profundo que nos permita renacernos a un nuevo tiempo en el que nadie tenga que esconder a los que les dan “vergüenza”.

Hoy estamos todos exiliados de nuestras certezas.

Confío profundamente que cuando volvamos a nuestras tierras no cometeremos los mismos errores.

Shabat Shalom,

Rabina Silvina Chemen