Volvemos a Abraham.
Hace unas pocas semanas nos confrontábamos con esta parashá, hecha mensaje en las lecturas de Rosh Hashaná. Hecha mensaje de comienzo, de evaluación de nuestras decisiones, de nuestras risas, de nuestros abandonos y sacrificios.
Y hoy vuelve, como un boomerang a la conciencia, una parashá que no puede silenciarse, ni evadirse.
Parashat Vaiera, es un caleidoscopio de situaciones que nos llevan a una misma pregunta: dónde estamos, cuando tenemos que estar. Y aunque parezca un juego de palabras, creo que acá se condensa la pregunta central que define nuestras vidas, éticas o no: dónde estamos cuando tenemos que estar.
Y esto es lo que me provoca esta parashá cada vez que la leo: la saga mitológica de un hombre, llamado a ser Av Hamon Goim, el padre de muchos pueblos, con promesa de descendencia tan incontable como los granos de arena o las estrellas del cielo, que todo el tiempo está confrontado a la sencilla pregunta de dónde estás cuando tienes que estar.
Kafka intentan comprender a Abraham, desentrañar los caminos que a partir del relato de su vida se abrieron en nuestra cultura y él dice: “Yo podría, para mí, pensar otro Abraham”, quizás dando a entender que Abraham no es uno solo, o que su vida puede ser leída como un cúmulo de facetas, como un ser no lineal, como alguien atravesado por el compromiso de vivir una vida profunda. Abraham va intentando construir un relato de su vida, acorde con lo que él cree creer, fiel a lo que su razón y su emoción le van dictando.
¿Se equivoca?
¡Claro que se equivoca!
Y acá me diferencio de los que buscan en el origen de nuestra fe, la perfección absoluta, y ven la vida de Abraham como la inmaculada vida de un ser humano, para mí tan poco humano…
Lo que lo hace merecedor a Abraham de ser el punto de origen, desde mi punto de vista es que su vida se construyó a fuerza de intentos de ser fiel a su posición en la vida: “Hineni”.
Somos hijos de un personaje que no duda en ofrecer su presencia. No sin costos. No sin equívocos. No sin consecuencias.
Abraham es una figura inmensa. Porque se hace patriarca al responder al llamado de Dios- o de la vida- como quieran llamarlo diciendo: “Hineni” (acá estoy, heme aquí, estoy dispuesto).
Y diciendo esto podría cerrar este mensaje: La enseñanza abrahámica, es que cuando se lo llama, es decir, cuando le pregunta si está, él dice: Sí. Acá estoy. Sí.
Así lo entiende Jaques Derrida en un texto llamado Abraham, el otro.
Y aunque parezca banal y cotidiano, toda la diferencia que marca Abraham que le da mérito al origen de esta civilización religiosa es su permanente Sí.
Dejemos un minuto al mito y recorramos nuestras respuestas a los diferentes desafíos de la vida.
Quizás en este tiempo de individualidades, de frenesí por la posesión, de aburrimiento e hiper exigencia, hemos dicho muchas más veces: No.
¿Estas? No
¿Puedes? No
¿Quierss? No
¿Te animas? No
¿Salimos? No
¿Hacemos? No
¿Defendemos? No
¿Nos jugamos? No
¿Nos arriesgamos? No
Y aun cuando decimos sí, tantas veces es no…
A los hijos cuando prometemos y no cumplimos.
A nosotros mismos cuando nos llenamos de excusas para no modificar nada y no ir a ninguna parte.
Como ciudadanos cuando nos consideramos personas solidarias, pero no movemos un pelo…
Yo no estoy aquí.
Yo no soy parte.
Yo no muevo nada y me quedo donde estoy.
La vida que se define por No – por negar, y por negarnos, muchas veces para no probar, para no involucrarnos, creyendo que vamos a sufrir menos – termina siendo una vida que no da origen a ningún relato.
Negar. Renegar. Denegar. Rechazar. Evitar. Evadir.
A todo eso nos lleva el No, tan fácilmente instalado como primera palabra que sale de nuestras bocas.
Las vidas que comienzan con un No terminan siendo invisibles a los ojos de los que nos rodean, aunque vistamos ropajes brillosos y manejemos autos lustrosos.
Yo le temo a la neutralidad de los Noes. Que aparentemente no dañan a nadie. Es una opción. No meterse, no figurar, no alterar nada del orden que nos resguarda…
Abraham me enseña la potencia que tiene un Sí, aquí estoy, aún a riesgo de equivocarme.
Este «sí» originario de Abraham hace del «sí» – dice Derrida- una vigilia innegable, la herencia de un lugar inextirpable de este «sí» que transita todos los «no» de la tierra y sobrevive a través de todas las modalidades negativas de la desaprobación, a través de todas las negatividades de la interrogación, de la duda, del escepticismo, de la crítica.
Lo que Abraham nos enseña es que la vida se trata del responder. De responder a uno mismo; de responder a alguien; de responder delante de otros; de responder por otros.
Entonces ya ni siquiera importa si fue un Abram, o un Abraham, o varios. Si fue coherente. Y ni siquiera si le fue bien.
Nos legó el vibrante desafío de no pasar la vida desapercibidamente.
Nos legó el Sí como primera opción en nuestros labios.
Nos legó la respuesta como modo de vida.
Mirándolo de este modo yo nos diría a todos: No echemos a perder nuestra herencia.
Shabat shalóm,
Rabina Silvina Chemen.