PARASHAT TZAV 2024: apostillas de un ritual en desuso

Todas estas semanas estarán dedicadas a bucear los sentidos profundos de una ritualidad que dio inicio a un camino de expresión espiritual en nuestro pueblo. Parashat Tzav sigue detallando la puesta en práctica de cada una de las ofrendas y además introduce la instalación de Aharón y sus hijos como sacerdotes en una ceremonia delante de todo el pueblo. Hoy los invito a detenernos allí; en las pistas que la Torá nos da para que alguien asuma un rol de santidad, de representatividad ante lo más supremo y de responsabilidad por la trascendencia de sus actos.

“Sacó el segundo carnero, el carnero de la ordenación. Aarón y sus hijos pusieron sus manos sobre la cabeza del carnero y fue degollado. Moshé tomó un poco de su sangre y la puso en el borde de la oreja derecha de Aarón, en el pulgar de su mano derecha y en el dedo gordo de su pie derecho. Entonces Moshé hizo avanzar a los hijos de Aarón, y untó un poco de sangre en la cresta de sus orejas derechas, en los pulgares de sus manos derechas y en los dedos gordos de sus pies derechos; y Moshé derramó el resto de la sangre por todos lados del altar.” Vaikrá – Levítico 8:22-24

Les pido que se abstengan de la sensación de ajenidad y quizás un poco de disgusto de imaginar animales, fuego, sangre sobre el cuerpo de los sacerdotes. Vayamos a su simbolismo y cómo lo explican nuestros maestros.

¿Qué es lo que más les sorprende? A mí lo que me motorizó la búsqueda fueron los lugares en los que Moshé debía verter la sangre de la ofrenda de ordenación: la oreja, el pulgar y el dedo gordo del pie. Lugares poco glamorosos frente a una comunidad de personas que estaban aprendiendo a que desde ahora en más serían guiados en su encuentro con lo divino por estas personas.

¿Qué mensaje tiene la tarea sagrada del sacerdocio alojado en la oreja, el pulgar y el dedo gordo del pie?

Filón de Alejandría (s. I) entiende que “el oído, que sacraliza lo que se oye; el pulgar, que sacraliza lo que se toca y cómo se toca; el dedo gordo, que es el lugar del equilibrio y de la marcha, que sacraliza las idas y venidas.”

¿A qué debe prestar atención alguien que asume un servicio para con su pueblo? A cómo tamiza lo que oye, cómo se concientiza por lo que hace con sus manos y cómo sus andares hablan de su equilibrio y sus decisiones.

”Esto significaba”, sigue diciendo nuestro filósofo del s. I, “que la persona perfecta debe ser pura en cada palabra y acción, y en toda la vida, porque es el oído el que juzga las palabras de una persona, y la mano es el símbolo de la acción, y el pie del camino en que una persona camina en la vida …. “

Quitémosle peso al concepto “persona perfecta” y entendámoslo como una aspiración: dar cuenta de la palabra y la acción, a cómo juzgamos lo que escuchamos; con qué herramientas contamos -o no- para comprender lo que se dice, cómo actuamos en consecuencia y, en definitiva, cómo caminamos la transcurso de nuestras vidas.

También Filón se percata que tanto el oído, como el pulgar y el dedo del pie se ubican en los extremos del cuerpo. Son los que tienen el primer contacto con aquello que no somos nosotros y la puerta de entrada para una percepción y acción noble o equivocada.

Un modo de entender la Torá es buscar si en otros pasajes y en otros contextos aparece el mismo motivo. Y allá vamos. Cuando unos capítulos más adelante se nos relata cuál es el ritual por el cual pasa una persona que ha sufrido la enfermedad de “tzaraat” (afección en la piel similar a la psoriasis y mal traducida como lepra en muchas versiones bíblicas).

“Y tomará el sacerdote de la sangre de la ofrenda por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, y sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho.” Vaikrá – Levítico 14:14

Comprendemos entonces que este motivo es mucho más que un ritual simbólico para los funcionarios del culto sagrado. Tiene un contenido que excede la exclusividad de quienes fueron elegidos por Dios como responsables del servicio cultual. Largos capítulos de nuestra Torá se dedican a comprender esta enfermedad y a su sanación como así también extensas páginas de interpretación a lo largo de los siglos. Es un mal que no se adscribe a un manual de medicina ya que además de atacar la piel, enferma las ropas y las paredes de las casas. Y no se precisa una medicina sino la intervención de un líder dedicado a la espiritualidad, como lo eran los sacerdotes, para purificarlo de ese mal. Y ¿con qué nos encontramos? Con un sacerdote que va a verter la sangre de la ofrenda en los mismos lugares en los que sus antecesores fueron marcados: la oreja, el pulgar y el dedo gordo del pie derechos.

Una primera lectura, sencilla, de esta conexión podría ser el rol de lo sagrado ligado a la cotidianeidad de las personas comunes, al acompañamiento del que sufre, la conexión con los que quedan “afuera del campamento”; un liderazgo consciente de no escindirse de su pueblo.

A mí me convoca a otros pensamientos.

Los líderes se definen por sus modos de oír, (y por tanto lo que dicen de lo que escuchan), lo que hacen y los caminos que deciden recorrer y a su vez hacer recorrer a quienes están a su cargo. ¿Cómo se pone a prueba este liderazgo? Registrando si el poder los hizo impunes a una gestión equilibrada, con espacio para escuchar las necesidades de la gente y las manos limpias para construir con sus acciones un proyecto sagrado. Y no pienso solo en lo sagrado como lo religioso sino en todo lo que lleva a una sociedad a ser más justa, más equitativa, con el derecho a la paz y a la armonía.

¿Qué me enseña a mí el ritual para sanar a quien está tomado por esta enfermedad que les pudre la piel, sus vestimentas y las estructuras en donde habita? Que, si la cura es por la oreja, el dedo de la mano y el del pie, su enfermedad tiene que ver con haber fallado en la palabra, en la acción y en las decisiones que ha tomado.

Se aplica para los líderes y para cada uno de nosotros.

Somos testigos, desde el 7 de octubre, de la enfermedad más atroz de tzaraat de todos los tiempos. Es atroz porque no sólo que no se cura hoy, sino que ha sembrado generaciones de odio, de palabras falaces que se proclaman, se escuchan, se escriben en carteles y se repiten hasta el hartazgo implantando una imagen de los judíos en la historia y en el mundo que justificaría nuestra extinción.

Y la gente escucha, y los líderes escuchan. Y la gente habla y los líderes hablan- o callan- o se abstienen.

Porque las manos se llenaron de sangre, sangre real, de la masacre y del goce, y sangre simbólica cuando se mata la razón, la humanidad, la lógica defendiendo violadores en nombre vaya a saber de qué verdad. Y porque asistimos impávidos a las marchas más obscenas en países en los que el sufrimiento de todo lo que no es ellos mismos jamás les importó nada, reivindicando una causa que oculta el verdadero propósito: la legitimidad de su antisemitismo.

¿Cómo se sana esta locura? Usando los mismos motivos con los que el sacerdote sanaba al pobre enfermo de tzaraat: hablar y hablar y hablar hasta que los corazones sensatos -que son muchos- nos escuchen y nos crean. Caminar los espacios de fraternidad, de encuentro, de análisis, de estudio, de vida compartida para volver a sembrar conciencia, humanidad, empatía, responsabilidad por el prójimo y amor. Y hacer todo lo que está a nuestra alcance para que no nos gane la desesperación, el miedo o la resignación

Hoy, todos somos de algún modo sacerdotes de nuestros santuarios: que son nuestras casas, nuestros espacios de amistad, de trabajo, de estudio, de rezo. Hoy, más que nunca deberemos volver a “ordenarnos” para darle lugar a esos espacios pequeños de nuestro ser que pueden hacer toda la diferencia.

En definitiva; una mano sin su pulgar es casi inútil, un pie sin su dedo gordo no mantiene bien a la persona en pie… ¿de qué estamos hablando cuando suponemos que es lícito gritar y proclamar la desaparición de cualquier grupo de personas en este mundo?

Nos necesitamos a todos. Enteros. Atentos.

Necesitamos que la paz llegue. Y volver a inaugurarnos como humanidad para sanarnos del desquicio en el que estamos sumidos.

Rabina Silvina Chemen.