Shabat Januká: La dificultad de hablar de milagros

Estamos en medio de la festividad de Januká. Nos invaden las imágenes de janukiot encendidas en todas las casas y en todas las plazas de las grandes ciudades del mundo.

– Hubo un milagro– decimos. Lo repetimos sin pensarlo. Un pueblo de lecturas tan profundas, de análisis e interpretaciones, hizo de la leyenda de un milagro una fiesta que, a pesar de ser menor, nos conquista el corazón.

Tenemos que volver a hablar de los milagros. Y acá hay una tensión. Porque por un lado, nuestra historia como pueblo se funda en hechos “milagrosos” como el éxodo de Egipto, de mano del poderío de Dios y la Ley, revelada en el monte Sinaí en una de las escenas más conmovedoras de contacto entre el cielo y la tierra.

Pero por otro lado, encontramos en el Talmud de Babilonia en el tratado de Pesajim 64b:

ולא סמכינן אניסא-“No debes depender de los milagros

¿Qué hacemos festejando un milagro de un aceite que duró 8 días, cuando había material sólo para uno, cuando se nos pide que no dependamos de ellos?

Es más, el Talmud está lleno de relatos de rabinos que podían hacer maravillas a voluntad (a veces sin siquiera saberlo). Sanaban a los enfermos, peleaban con demonios y hacían que los árboles se pararan y se movieran. De hecho, parece que los milagros eran tan habituales que se necesitaban normas. Un estudioso de Babilonia muy respetado, Rav Ada bar Ahava (hacia el 250-290 de la era común), era especialmente conocido por sus habilidades sobrenaturales:

“Rav Huna tenía vino almacenado en un edificio en ruinas. Cuando quiso recuperar el vino (sin que el edificio se viniera abajo), llevó a Rav Ada bar Ahava al lugar y lo mantuvo ocupado con una conversación erudita hasta que el vino fue retirado. Apenas Rav Ada bar Ahava salió del edificio, éste colapsó. Cuando Rav Ada bar Ahava se dio cuenta de que lo habían usado para ese propósito, se enojó y citó a Rav Yanai, quien una vez dijo: “Un hombre nunca debe permanecer en un lugar de peligro con la esperanza de que haya un milagro para él, pues puede ser que no suceda así. Pero incluso cuando hubiera un milagro para él, se le imputará contra sus méritos [en el mundo por venir]”.Talmud Bablí, Taanit 20b

Y esto me hace pensar en cuántas veces funcionamos creyendo que las circunstancias obran milagrosamente por nosotros, que dependemos de fortunas, azares, sobrenaturalidades, de Dios y nos aprovechamos de estos pensamientos para elegir la pasividad y la inmovilidad.

Y sí. Hay situaciones que no sabemos explicar. Y las vivimos con la intensidad de un milagro. De hecho en Januka una de las bendiciones que recitamos es

“Bendito eres Tú, Dios nuestro Señor, Rey del Universo, Quien hizo milagros a nuestros antepasados, en aquellos días, en este tiempo”.

Hizo milagros en aquél tiempo. Hace milagros en nuestro tiempo.

Y la pregunta es si definimos apropiadamente el concepto de milagro. Si no lo redujimos a un acto mágico, esotérico, vaciado de nosotros mismos.

¿Se podrá hablar de “milagro humano”?

Todos conocemos la historia original de Januká, relatada en el Libro de los Macabeos. En el año 164 antes de la era común, los macabeos organizaron una exitosa revuelta contra el rey sirio, Antiocus, retomaron el control de Jerusalém y volvieron a consagrar el Beit Hamikdash. El Libro de los Macabeos no menciona el encendido de las velas de Januká ni la historia milagrosa de la vasija de aceite que duró ocho días.

Por diferentes razones, el Libro de los Macabeos nunca fue aceptado como parte del canon autorizado del Tanaj. Y por ello la historia que nos queda más presente es la de la maravilla del aceite que duró ocho días.

Y aunque pareciera que los temas de los dos relatos de Januká son muy diferentes: victoria militar, a pesar de tenerlo todo en contra y la maravilla religiosa y ritual; quizás no sea así. Porque milagro es aquel logro al que accedemos cuando las circunstancias objetivas indican que no lo alcanzaremos, aquella situación que a priori tiene todas las condiciones para un fracaso y que sin embargo florece. Y no es por antonomasia o intervención divina. Es porque no dejamos de insistir, de creer, de golpear puertas, de buscar modos, de hablar, y volver a pedir…

¿Cuál fue, entonces, el milagro humano de Januká? En función de todo lo dicho, podríamos pensar que:

El triunfo de los pocos sobre los numerosos.

El triunfo de los débiles sobre los poderosos.

El triunfo de los piadosos sobre los impíos.

El triunfo de la convicción sobre la violencia.

El triunfo de la sublevación sobre la supresión.

El triunfo del cuestionamiento sobre el ciego acatamiento.

El triunfo de lo esencial sobre lo superficial.

El triunfo de la responsabilidad activa sobre el sufrimiento pasivo.

El triunfo de la intervención humana sobre la devaluación de las iniciativas del hombre.

El triunfo del derecho de un pueblo a su supervivencia, integridad y autodeterminación.

El aceite pudo durar 8 días encendido, porque hubo quienes entraron al Templo para reinaugurarlo, para devolverle la santidad y la dignidad, a pesar de no tener objetivamente ninguna posibilidad de vencer.

Es interesante la Haftará elegida para leer en Shabat Januká es del libro de Zejariá, que no habla ni de luchas ni de milagros…

A simple vista, la haftará parece una buena elección porque en ella hay un candelabro de siete brazos, Y a cada lado de la menorá hay un olivo. Quizás aludiría a la paz, y a la luz. Pero acá hay algo más.

לֹאבְחַיִל, וְלֹאבְכֹחַ–כִּיאִם-בְּרוּחִי, אָמַריְהוָהצְבָאוֹת.

“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho el Señor de los ejércitos”. Zacarías 4:6

Januká es la celebración de una espiritualidad que nos sostiene aún en los momentos más decisivos.

Es el festejo de la convicción, de la búsqueda de justicia, de la proactividad ante el dolor.

Es la fiesta en donde la lucha terrenal y el asombro se hacen uno. Porque entendemos que milagro es aquel punto medio entre nuestras acciones y lo que nos sorprende, aunque no lo entendamos.

No hay asombro si no hay acciones.

No hay cielo si acá en la tierra no se le abren las puertas.

El espíritu de Dios se manifiesta, cuando nuestro espíritu está a Su altura. Cuando confiamos, nos hacemos de coraje, de fe, de iniciativas para salir adelante. Entonces, la luz brilla por mucho más tiempo del que teníamos previsto.

Shabat shalóm. Jag Urim Sameaj!

Rabina Silvina Chemen

Leave a Reply