PARASHAT VAIERÁ (Bereshit 18:1-22:24): El antídoto a la hostilidad.

Inmigrantes, extranjeros, extraños, mujeres, diversidades sexuales, pobres, refugiados, enemigos políticos, rispideces y sospechas… ¡qué tiempo trágico estamos viviendo!

Pero esta alerta no es de ahora. Desde el comienzo de lo humano, las narraciones de la Torá intentan describir de todos los modos posibles el error de no hacerse cargo del otro –”OTRO”–, entre grandes comillas y grandes mayúsculas… La narrativa bíblica nos pide en todas sus variantes, dar la bienvenida al forastero, al que no reconozco como uno de los “míos”.

Fíjense, sólo en esta parashá hay tres menciones a la hospitalidad o su antónimo, la hostilidad.

Por un lado, nos relata la destrucción de las ciudades de Sdom y Amorá. Y dice textual. “El clamor [zaakat] de Sdom y Amorá, cuán grande es, y su crimen [jatatam], cuán grave es”. (Génesis 18:20)

Los pobladores de Sdom y Amorá gritan a causa de su castigo, saben que sus pecados son graves. Intentan detener el decreto de la destrucción de su ciudad, sus casas y sus gentes. Sin embargo, la Torá no explica el contenido de sus desviaciones… ¿qué es lo tan grave que han cometido, para recibir semejante castigo?

La Torá no lo dice.

Mucho más adelante, el profeta Iejezkel enojado con los pecados del pueblo de Israel en su época dice: Éste fue el pecado de tu hermana Sdom: ¡arrogancia! Ella y sus hijas tenían pan abundante y tranquilidad sin problemas; sin embargo, ella no apoyó a los pobres y los necesitados. En su soberbia, cometieron abominación delante de mí…(Ezequiel 16:49-50)

El profeta reconoce que el crimen de Sdom y Amorá fue la hostilidad ante los que más necesitaban.

Un capítulo más adelante, la Torá nos cuenta la historia de Lot, en esta misma ciudad de Sdom. Lot, el sobrino de Abraham recibe hospitalariamente a dos desconocidos. La gente del pueblo se le agolpa a la puerta de su casa exigiendo que los saque para intimar sexualmente con ellos. Lot quiere proteger a los huéspedes, pero entrega a sus hijas… Una hospitalidad selectiva, con un final muy costoso.

Y unos versículos atrás, Abraham ve pasar 3 personas por el desierto y los va a buscar, los recibe, los aloja en su tienda…Una hospitalidad proactiva, con un final milagroso: Abraham y Sará a pesar de su vejez, tendrán un hijo…

Si tuviéramos que dibujar estas escenas, las representaríamos con casas, gente adentro, gente afuera y esta interacción entre el adentro y el afuera que se resuelve en finales diferentes.

Pareciera que la Torá tiene un contenido en su narrativa, pero un hilo conductor cuyo interés es otro: Somos mirados en nuestra forma de hospedar. De hacer lugar. De dar lugar. De abrir las puertas. De salir y traer a aquel que ni siquiera se atreve a tocarnos la puerta…

Inmigrantes, extranjeros, extraños, mujeres, diversidades sexuales, pobres, refugiados, enemigos políticos, rispideces y sospechas… ¡qué tiempo trágico estamos viviendo!…

¿Qué mecanismo opera en nosotros para decidir a quién “bienvenir” y a quien dejar afuera?

El Otro es siempre la oveja negra en un rebaño de blancas; es el que habla una lengua que me es ajena, el que en unas elecciones vota a quien a mí no se me ocurriría votar, es otro color, es otro olor, es un extraño, extranjero. Es al que le digo el “diferente” cuando me ubico en el lugar de los “iguales”.

A lo largo de nuestra historia, los chivos expiatorios, esos otros, fueron cambiando de denominaciones. Pero lo que es claro es que una sociedad se organiza rápidamente alrededor de tener alguien que debe quedar afuera.

Intentaba hacer memoria de mis lecciones de Historia cuando iba a la escuela. Y el eje principal era la definición de vencedores y vencidos en cada época. Los que llegaron al poder conquistando a ese otro, que quedaba o sojuzgado o exiliado o asesinado.

Los bárbaros, los indígenas, las mujeres, los judíos, los musulmanes, los cristianos, casi hasta el extremo de hacerme creer que la historia se escribe a partir de los despojos, y que nadie te cuenta las hospitalidades…

Cuando desde Bereshit, desde el principio, la Torá clama que una sociedad debe ser juzgada por sus niveles de hospitalidad, de abrazo, en definitiva –como dice Derrida– de justicia.

Vaierá es una parashá que, sin decirlo, nos interpela sobre el tratamiento de las personas en los márgenes de la sociedad: pueden ser ignorados o bienvenidos, abusados o protegidos, escuchados o inadvertidos.

Ser hospitalario es estar abiertos a una invitación. Y para poder invitar tenemos que tener en primer lugar la conciencia de que uno tiene algo valioso por ofrecer al otro.

Me pregunto si parte de la hostilidad que impera no tiene que ver con que en el fondo no creemos que tengamos nada demasiado valioso para convidar…

Luego lo que hace falta es un deseo; el deseo de hacer espacio en mí para que otro tenga su lugar.

Me pregunto si parte de la hostilidad tiene que ver con que también este tiempo trágico nos ha robado el deseo de saber qué es lo que verdaderamente deseamos…

También será necesaria la conciencia de que uno no está completo si sólo se ve a sí mismo y a los sí mismos…

Me pregunto si parte de la hostilidad tiene que ver con este tiempo en el que vanidosamente nos miramos sólo en el espejo o en el reflejo de los que nos devuelven algo idéntico a nosotros…

De la hostilidad a la hospitalidad no se pasa con frases políticamente correctas, o discursos de moral y buenas costumbres.

De la hostilidad a la hospitalidad, se transita poniendo el cuerpo, desaprendiendo los modos de exclusión y desvalorización que nos han enseñado; se transita registrando críticamente la mirada que tenemos de la Historia y de la humanidad y cultivando ciertas dosis de esperanza, porque la desesperación nos está haciendo cada vez más hostiles, más solitarios y más pequeños…

Shabat shalóm

Rabina Silvina Chemen

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