¿Por qué la Torá es especial?

Podríamos responder que la Torá fue entregada por D´s y esas son sus mayores credenciales. Pero la grandeza de la Torá no está en sí misma sino en lo que el pueblo judío ha hecho con ella durante cuatro mil años. No solo la hemos leído y analizado, sino que hemos extraído de ella enseñanzas éticas, morales, legales y más.

El mundo habla de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, la palabra que se usa en hebreo es Mikrá, que no significa “Escritura” sino “Lectura”. Lo verdaderamente sagrado no son las palabras del texto sino la lectura que se hace de dichas palabras. El texto en sí es muy conflictivo. Tiene episodios violentos y pasajes con los que uno puede no sentirse identificado en absoluto. Lo que hace que la Torá sea un libro eterno es la lectura judía, que condena lo condenable y no endiosa a ningún personaje, criticándolo duramente cuando su accionar contradice nuestros valores fundamentales.

La lectura, entonces, es intencionada y tiene como objetivo extraer mensajes éticos permanentes. Esto se hace a través de cuatro diferentes caminos interpretativos, denominados por sus siglas en hebreo: PaRDéS. La palabra Pardés significa jardín o huerto, pero en este contexto representa los cuatro niveles posibles de interpretación de la Torá: Pshat, Rémez, Drash y Sod.

Pshat es la comprensión simple y literal del texto. Es explicar el significado de las palabras y las frases. De hecho, es la manera de entender y explicar cualquier texto. Inventemos un versículo: “Mi mamá me mima mucho”. El Pshat lee que hay un hijo describiendo el comportamiento de su madre. Podría explayarse analizando la forma en que lo hace, como por ejemplo si lo acaricia o si le da siempre lo que pide. Pero eso es todo lo que el Pshat encuentra.

El Rémez propone una lectura más profunda, la lectura alusiva. El Rémez indaga en el texto para explicar su razón de ser. ¿A qué alude? ¿Por qué dice lo que dice? ¿Qué es lo que no dice y por qué? En nuestro ejemplo, el Rémez dirá que el versículo alude al amor materno, la protección y el cariño hacia los hijos como concepto universal y nos exige reflexionar acerca de ello.

El Drash va más allá todavía, creando un contexto que explique la situación. (La palabra Drash significa exigencia: es exigirle al texto respuestas a nuestras preguntas). Así, en nuestro versículo imaginario, el midrash se preguntará por qué dice “mucho” cuando la idea quedaría clara sin esa palabra. Uno dirá que la madre es viuda y trabaja todo el día, por lo que al llegar a la casa mima mucho al hijo para reparar su descuido de la crianza. Otro midrash dirá que el padre sustenta económicamente el hogar, y así la madre puede dedicar todo su tiempo a mimar al hijo. Otro agregará la pregunta de por qué el versículo está en primera persona, y dirá que el que habla es un adulto a quien la madre sigue tratando como a un niño; lo ha sobreprotegido tanto que no le ha permitido crecer. Cada midrash responde a sus propias preguntas y provoca reflexiones sobre diferentes tópicos. Queda claro que puede haber diversos midrashím contradictorios entre sí, porque su objetivo es aclarar conflictos, no narrar historias verídicas. A medida que surgen nuevas interrogantes, estas generan nuevos midrashím. Hay midrashím modernos, como la novela “The red tent” de Anita Diamant, que crea un bellísimo midrash sobre la vida de Dina para intentar responder nuevas preguntas sobre los roles femeninos en la sociedad.

El Sod profundiza aún más en la lectura. Es el camino secreto, que busca en el texto lo que no es evidente. Entre otras cosas, el Sod se fija en las letras, su ubicación, su forma física y su valor numérico (en hebreo cada letra representa un número, además de un sonido). En nuestro caso, el Sod observará que el versículo tiene siete letras M. El número de la plenitud con la letra de la maternidad, debe necesariamente ser una señal: el versículo quiere enseñarnos que el amor de madre equivale a la totalidad del bien en el mundo. El Sod da origen a la Kabala, que es la lectura esotérica que potencia la experiencia mística dentro del judaísmo.

Así funciona el proceso de exégesis. Si el pueblo judío se hubiera quedado en el Pshat, la Torá no habría llegado a ser lo que es. Pero, además, el Pardés ha generado una manera de pensar de una potencialidad invaluable. El estudio de la Torá nos entrena en el arte de leer entre líneas, preguntar y volver a preguntar, nunca quedarnos conformes con una primera lectura. Al indagar por qué usa esta palabra y no otra, por qué dice primero esto y no aquello, el Pardés afirma que se puede tener esa “jutzpá” de tener dudas y expresarlas, de buscar siempre un poco más allá. Esto genera una inquietud intelectual que, llevada a otros contextos, puede explicar el aporte de judíos en diversos ámbitos del conocimiento, como Freud, Marx o Einstein entre tantos otros. Las cosas pueden no ser como aparentan, es posible cuestionar y desafiar la realidad.

La Torá es especial porque es de D´s, pero también porque la hemos hecho especial. Y ella nos ha hecho especiales a nosotros y lo sigue haciendo. De la Torá aprendemos a vivir y a pensar. Es nuestro deber y nuestro desafío seguir estudiándola en todos los niveles posibles. Ya lo dice Pirkei Avot (5:25): “Ben Bagbab dijo (acerca de la Torá): Dale vueltas y más vueltas, que todo está en ella. Mira a través de ella y crece con ella; no te alejes de ella porque no tendrás nada mejor que vivir con ella”.

Autora: G. Waingortin

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