Parashat Lej lejá: Un comienzo con historia

El recorrido al que nos somete Bereshit es veloz. Adam, Javá, Caín, Hevel, Noaj, Babel… llegamos a Abram. “—De lo general a lo particular”, “—de la historia universal al origen del monoteísmo”, decimos. Buscamos llegar a casa. Y lo sentimos cuando comenzamos esta parashá; está más cerca de lo que nosotros necesitamos como origen. Todos precisamos tener una historia en el origen: en nuestras familias, nuestras instituciones de pertenencia, nuestra sociedad. Todos necesitamos anclar en un relato desde donde comenzó todo.

Y solemos emocionarnos con este hombre, Abram, y su salida de la tierra de su padre: Lej Lejá. Ve, sal, de donde naciste para construir tu propio relato… “hacia la tierra que te mostraré”(Bereshit 12:1), indica Dios.

Lo cierto es que muchos comenzamos a contar la historia desde el versículo 1 del capítulo 12. Abram sale. Y con esa salida, equívocamente contamos un comienzo casi mágico, del que todos somos sus continuadores.

“No nos quedan más comienzos”, escribe George Steiner en su libro “Gramáticas de la creación”. Y quizás apunta a invitarnos a que necesitamos volver hacia atrás, para valorar aquel origen, que en realidad se inscribe dentro de una continuidad.

Estamos tentados por estos tiempos en los que se cree que es posible vivir sólo del presente, con la esperanza siempre puesta en tiempo futuro, con un “ahora” sobrevaluado que explota por los aires los ecos del pasado… y esto no le hace bien a nadie… y mucho menos a nuestros hijos, con paradigmas de vida que se desvanecen ante la aparición de “un nuevo modelo” de lo que sea.

Y con Abram corremos el mismo riesgo. De quedarnos en la anécdota de una persona que, sin historia previa, comienza a andar. Y no es así. Nuestra historia aparece en el medio de otra historia, la que lo lleva a Abram a ser quien es. Hay una realidad valiosa que lo funda.

Volver al origen, hacerlo presente y sembrarlo para que crezca en el futuro es la tarea de esta parashá.

Volvamos al final de la parashá anterior. Algo inusual y único hasta ese entonces aparece. Recordemos que luego del relato de la Torre de Babel, como estamos acostumbrados en el texto bíblico, aparecen listas genealógicas, nombres y a veces edades.

Y así lo hace la Torá el final de parashat Noaj. Una larga lista de los descendientes de Shem, que van pariendo hijos con nombre propio: Shem, Arpajshad, Shelaj, Ever, Peleg… hasta llegar a Najor.

“Vivió Najor veintinueve años y engendró a Téraj. Vivió Najor después de engendrar a Téraj ciento diecinueve años y engendró hijos e hijas. Vivió Téraj setenta años y engendró a Abram, a Najor y a Harán”. (Bereshit 11:24-26)

¿Qué es lo extraordinario en este listado? Que por primera vez, Téraj, hijo de Najor, fue padre de tres hijos: Abram, Najor y Harán.

Es decir que Téraj fue la primera persona en llamar a su hijo con el nombre del padre. Y de allí viene Abram. De una tradición que inaugura el ligar la nueva vida a los viejos nombres. Y no es sólo un tema de modo o de usos de la época. Es toda una posición respecto de la familia y de la civilización que deviene de esta manera de decir de uno, llevando consigo la huella de lo que nos antecedió.

Y Abram no viene sólo en una manera de nombrar que da cuenta de la historia. Sino que como sigue diciendo el final de la parashá pasada:

“Tomó Téraj a Abram su hijo y a Lot hijo de Harán –su nieto– y a Sarai, su nuera – esposa de Abram, su hijo– y partieron junto a él de Ur de los Caldeos, para encaminarse hacia la tierra de Knaan; pero vinieron hasta Jarán y se asentaron allí”. (Bereshit 11:31)

Téraj iba hacia Knaan pero no llegó. Se asentó en Jarán. Téraj también dejó su lugar de origen, su tierra natal, su pueblo. El padre de Abram le deja la mejor de las herencias, la capacidad de caminar el propio camino. Abram continúa, ahora sí con su impronta, un camino iniciado por su padre.

Podría aventurarme y decir que Abram desarrolla esa capacidad de escuchar la voz de Dios, porque nació en un entorno que le enseñó; por un lado, la búsqueda del propio rumbo y a su vez, la ligazón con una historia que rectificará o ratificará con su experiencia.

¿Cuántas veces escucho padres o madres decir: — Nosotros no le enseñamos nada… para que cuando sea grande pueda elegir libremente? ¿Cómo elegir si no nos ponen en ningún camino? ¿Cómo saber de uno si nuestros nombres no nos dicen nada de los que nos precedieron? ¿Cómo construir subjetividad y autonomía sin memoria?

A todo esto nos invita este personaje iniciático como lo es Abram, para repensar nuestra propia filiación – tema a quien le tomo prestado a mi querida maestra Diana Sperling, que desarrolla en su reciente libro, La difherencia,que tanto recomiendo.

Por eso cuando les damos la bienvenida a los nuevos hijos al pueblo de Israel la brajá correspondiente es:

Bendito seas Adonai Dios nuestro rey del universo que nos santificaste con tus preceptos y nos ordenaste introducirlo en el pacto de Abraham Avinu-Abraham nuestro padre.

Y no sólo eso.

A quienes abrazan la tradición de Israel, no habiendo nacido judíos se los llama “hijos de Abraham”.

¿A qué lenguaje los estamos implicando? ¿Qué relato de Abram tenemos para fundamentar la bienvenida de hijos y hermanos a nuestra tradición? ¿Nos creeremos tan únicos como para descender de alguien que comienza de la nada algo que jamás otro inició? ¿Seremos lo suficientemente conscientes de saber que si no llevamos a nuestros hijos de la mano, no podrán continuar solos ningún camino trascendente? ¿Tendremos registro de lo que significa inscribirlos a una tradición, a un relato que ellos deberán seguir escribiendo?

Estamos hechos de historias que nos significan, para que podamos elegir nuevos rumbos. Estamos narrados en nombres que portan huellas de otros nombres, que nos permiten descubrir quiénes somos.

Somos hijos de los hijos de Abram y así nos arrojamos a la aventura de heredar una historia, hacerla memoria y donarla a los que nos siguen.

Recibir y cuestionar–escribe Diana Sperling– lo que según Arendt define la herencia. Ambos momentos son imprescindibles. La tradición (y la filiación) se configuran así, como una extraña mezcla entre continuidad y discontinuidad, entre tomar y soltar, entre observancia y rebeldía, entre escritura y lectura, entre palabra e interpretación”(La difherencia, Ed. Miño y Dávila, pag.97)

Acá estamos. En el mismo camino, para incorporar nuevos destinos. Por eso volvemos año a año a esta escritura. Para que nuestra lectura nos descubra leyendo nuevos sentidos.

Shabat shalom.

Rabina Silvina Chemen

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