PARASHAT NOAJ: Dos construcciones. Dos paradigmas

BERESHIT 6:9-11:32. HAFTARA: Yishaiahu 54:1-55:5

Hace una semana, solamente, comenzamos de nuevo. Bereshit. El principio de una narración. Con imágenes ajenas a lo real: la creación, la división de las aguas, la vida en el agua, en el aire, en la tierra, lo humano y sus desafíos, la primera pareja, los primeros hermanos, la primera muerte…

Hoy, Parashat Noaj, la segunda, ya nos ubica en el terreno de las obras. Las grandes obras. Nos acerca al modo que tenemos hoy nosotros de vivir la vida. Construyendo. Apostando a crecer y a tener un lugar en el mundo.

La primera gran obra que nos relata el libro de Bereshit es el Arca. Un arca para salvar a la humanidad construida por un hombre justo. Así dice la Torá: Noaj era un hombre íntegro y justo en su generación. Él junto con su familia, serán la semilla de humanidad sobre la tierra, después de toda su destrucción.

Pero Parashat Noaj incluye otro relato, que habla de otra construcción: Babel, una ciudad fortificada con una alta torre en el centro.

Es interesante: sobre el arca, la Torá se explaya en todas sus medidas: 132 metros de largo, 22 de ancho y 13 de alto. Pero de la torre de Babel, sólo dice que la cúspide iba a tocar el cielo.

Una construcción estaba destinada a salvar a la humanidad. La otra, a someterla a fuerza de poder.

Así lo analiza Luigino Bruni, un escritor y economista italiano (a quien respeto mucho), en su libro “El árbol de la vida”: La historia de la torre de Babel es una crítica radical a lo que generan las voluntades de construir imperios de poder sobre otros.

Bereshit dice que el fundador de Babel, Nimrod,“fue el primero que se hizo poderoso en la tierra.” (10:8)

Babel es una ciudad fortificada y es el símbolo de todas las construcciones que eligen muros como fronteras. El poder en sí no es malo. Babel representa el poder que no salva. Y por eso me parece que en estas parashot aparecen los relatos de ambas construcciones, una tan diferente de la otra, en su propósito y en su mensaje.

Hoy, ambos paradigmas viven entre nosotros y en nosotros, como herederos de esta humanidad que somos.

Hay un poder que salva. Y otro que mata. Está el poder que construye y el que se queda con todos los privilegios, en desmedro de otros.

Como anticipo a la construcción de la torre está escrito: “Y la tierra tenía el mismo lenguaje e idénticas palabras”.(Bereshit 11:1)

Construyeron esa torre, como ellos mismos lo expresan: “para no dispersarse de la faz de la tierra”. (Bereshit 11:4)

Mientras que cuando terminó el diluvio, la orden que les da Dios es:“Uds. deberán fructificarse y multiplicarse; procreen abundantemente en la tierra, y multiplíquense en ella.”(Bereshit 9:7)

Unos construyen para no dispersarse. Los otros se salvan con el mandato de expandirse.

Sin embargo, cuando el diluvio culminó, y se multiplicaron, los humanos comenzaron a desplazarse hasta que dejaron el proyecto de la dispersión, para asentarse en un valle. Se detuvieron en un solo lugar, y es allí donde creyeron que la uniformidad y la inmovilidad les traería la salvación por sobre lo múltiple y diverso.

La multiplicidad aparecía como peligrosa: variedad de rostros, de gestos, de idiomas, de geografías, de miradas…

Entonces se entiende muy bien: una sola lengua y una torre que implante un poder absoluto. Así se construyen los poderes que no salvan: uniformizándose alrededor de un único lenguaje, empobreciendo tanto la lengua como el pensamiento.

Los cultores de este tipo de dominación, eligen siempre a ese otro, diverso, con otro lenguaje, para sacarlo del medio, para combatirlo. Peligra el proyecto de Babel, entonces y ahora.

“El error de Babel”, escribe Luigino Bruni, “fue crear una cum-moenia (de muros comunes) en lugar de una cum-munnus (un espacio de dones y obligaciones recíprocas)”.

Y yo me pregunto: ¿cuánto de nosotros dedicamos a construir relaciones de muros comunes, creyendo que así formamos nuestras comunidades?

Dios interviene en ambos casos: En el arca, la salvación llegó con una construcción: el Arca. Con Babel, la salvación nació de una destrucción y de una dispersión.

La bendición está en dispersarse por la tierra, poblar nuevos mundos, animarse a las diversidades que la humanidad nos regala: lenguas, culturas, talentos, vocaciones.

Esto no implica de ningún modo abandonar lo propio. Al contrario. Para evitar la tentación de la torre, de lo unilateral, del pensamiento único, unívoco e impuesto, tenemos que animarnos a poblar otras tierras más allá de nuestros muros. Enriquecer nuestros vocabularios, atrevernos a otras miradas, aprender a no temer, como nos enseñaron, de todo aquello que a veces no nos resulta cómodo, propio o familiar.

La salvación del proyecto babel, mal interpretada a mi gusto como castigo, fue la dispersión y la multiplicidad de lenguas. Primer mensaje: no te vas a salvar llegando al cielo y sometiendo a los que quedan abajo. Te vas a salvar cuando dediques tiempo y esfuerzo para poder comunicarte con el otro, viajar hacia el otro, conocer su tierra y su modo de mirar la vida.

Miremos al mundo y pensemos si en muchos lugares no estamos en una situación pre Babel, con la tentación de creer que la salvación es para los pocos que llegan a habitar esas torres gigantescas, mientras los que viven en tiendas se están muriendo de hambre.

Una sola lengua no basta para decir las palabras de la vida. Nada encontraremos interesante encerrados detrás de los muros de la aparente seguridad, que nos hacen cada vez más pequeños y empobrecidos, pero creyendo que somos infranqueables.

La humanidad fue puesta en la tierra para caminarla, e ir tras una voz –como lo hará Abraham en la parashá siguiente – que no nos garantice la llegada, sino que nos ofrezca un camino de infinitos desafíos.

Gracias Luigino Bruni por enriquecerme la mirada sobre este texto.

Shabat shalóm.

Rabina Silvina Chemen

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