Parashat Nóaj 5779: La torre de Babel

En la porción de esta semana se narra la historia de Noé, cómo los hombres destruyeron la naturaleza que finalmente fue devastada mediante el diluvio. Noé construye un arca en la que salvarse él y los suyos, pero más importante aún: también a las demás especies que habitaban la tierra seca. Cuando la lluvia cesa y las aguas se retiran, sus pasajeros pueden empezar otra vez. La Torá nos relata cómo de los hijos de Noé descienden los pueblos de la tierra (cap. 10 de Bereshit), ish lilshonó (אִ֖ישׁ לִלְשֹׁנ֑וֹ) lemishpejotam begoyehem (v. 10:5), y “cada uno (tenía) su propia lengua para sus familias en sus naciones”, así se dice de los hijos de Yáfet. De los de Jam, lemishpejotam lilshonotam (לִלְשֹֽׁנֹתָ֑ם) beartsotam begoyehem “según sus familias y lenguas, en sus tierras y en sus naciones” (v. 10:20). También los hijos de Shem se dispersaron lemishpejotam lilshonotam (לִלְשֹֽׁנֹתָ֑ם) beartsotam legoyehem “según sus familias y lenguas, en sus tierras y a sus naciones” (v. 10:31).
Al finalizar el capítulo 10, la Torá intercala la historia de la construcción de la torre de Babel, y entonces se nos dice como sigue (v. 11:1):
וַיְהִ֥י כָל־הָאָ֖רֶץ שָׂפָ֣ה אֶחָ֑ת וּדְבָרִ֖ים אֲחָדִֽים:
“Toda la tierra tenía una lengua y unas pocas palabras.”
¿Cómo fue esto posible? Acabamos de leer que los descendientes de Noé poblaron la tierra y sus familias se dispersaron, habitando lugares nuevos y, con el paso de las generaciones, hablando varias lenguas. Hasta tres veces lo reitera el capítulo anterior. Aquí en cambio el relato hace un paréntesis y se refiere a safá ejat “una lengua” y a debarim ajadim “unas pocas palabras”.
La historia de la torre de Babel nos deja un sabor amargo en los labios. En los versículos 2 a 4 del capítulo 11 la Torá nos detalla lo acontecido:
“Cuando [los pueblos] migraron desde el oriente, encontraron un valle en la tierra de Shinar y se establecieron allí. (v. 11:2) Se dijeron el uno al otro: “Vamos, moldeemos ladrillos y cozámoslos”. Entonces tuvieron ladrillos para usar como piedra y asfalto para mortero. (v. 11:3) Dijeron: “Vamos, construyámonos una ciudad, y una torre cuya cima alcance el firmamento. Hagámonos un nombre, para que no seamos dispersados por sobre toda la faz de la tierra”. (v. 11:4)”
La torre de Babel me recuerda a todas esas construcciones que el ser humano levanta sobre la faz de la tierra para, como dice la Torá, “hacerse un nombre”. La expresión debarim ajadim (דברים אחדים) es difícil de traducir. Los sabios de antiguo leen aquí “palabras uniformes”, “las mismas palabras (u opiniones)”, y también podría leerse que cada uno tenía palabras únicas o singulares. Pero busquemos en la propia Torá. En dos lugares más en el libro de Génesis aparece la palabra ajadim (אחדים). Primero en el versículo 27:44: cuando Rebeca descubre el peligro que corre su hijo Jacob tras arrebatar la bendición a Esaú, el hermano mayor, le pide que huya a Jarán junto a su tío, yamim ajadim (ימים אחדים) “unos pocos días”. La madre, que echará de menos al joven, en su interior espera que su ausencia sea breve. Más adelante, en el versículo 29:19, así describe Jacob la sensación que tiene sobre lo rápido que pasan los años esperando para casarse con su amada Raquel:
וַיַּֽעֲבֹ֧ד יַֽעֲקֹ֛ב בְּרָחֵ֖ל שֶׁ֣בַע שָׁנִ֑ים וַיִּֽהְי֤וּ בְעֵינָיו֙ כְּיָמִ֣ים אֲחָדִ֔ים בְּאַֽהֲבָת֖וֹ אֹתָֽהּ:
“Así Jacob trabajó por Raquel siete años que fueron a sus ojos keyamim ajadim como unos pocos días debido a su amor por ella.”
Si cada pueblo tenía su lengua, lashón (לשון), esta safá ejat (שפה אחת) no puede ser sino un artificio humano para superar la diversidad lingüística. A diferencia de las lenguas que acompañaron a los pueblos a lo largo de la historia, estos idiomas artificiales se caracterizan por tener pocas palabras. Un pueblo abandona su lugar y su origen (Kédem): el lugar que habitaban, una montaña del oriente (Rashi) -piedra-, pero también su historia, pues kédem (קדם) es también el antes, el tiempo pasado. Llegaron a Shinar, que también estaría habitada e impusieron una lengua nueva, de pocas palabras, para aglutinar a los hombres en la misión de construir una ciudad y una torre -ladrillo-: callaron las lenguas del pecho y el útero con un lenguaje ajeno, nuevo, y arrastraron a los hombres y a las mujeres a construir una ciudad y una torre en ella que, tal vez, evocase la montaña perdida. Eclipsar lo natural (y lo humano) a través de lo artificial.
La historia de Babel no es inocente. No debemos dejar que nos engañe la imagen idílica que parecen esculpir los primeros versos: un idioma, unas pocas palabras con las que entenderse, y una misión o cometido comunes. Es la metáfora y el sueño del totalitarismo. Todos iguales, como un ejército de réplicas, y haciendo las mismas tareas como autómatas. El Midrash nos dice que si caía un ladrillo y se rompía era para ellos un drama, pero ante la muerte de alguno de los obreros no reaccionaban: el trabajo debía continuar. A la mujer que quedaba embarazada no se le permitía el descanso: debía fabricar ladrillos. Cuando daba a luz, el bebé se envolvía en tela y se ataba a ella para que siguiese la labor asignada. Con más de mil años de antigüedad, los midrashim anticiparon las escenas que la historia reprodujo en lugares como Auschwitz-Birkenau.
Dios se dirige a alguien diciendo: “Vamos, descendamos y confundamos su habla, de modo que una persona no comprenda el habla de la otra”. (v. 11:7). ¿A quién? En todo grupo humano, la imposición de la normalidad no dura mucho tiempo. La esencia de lo humano es pluralismo y diversidad. Tarde o temprano, pese al peligro o la prohibición, uno disiente, y tras disentir él o ella publicamente tal vez deba enfrentar el rechazo de los demás y en los peores casos la más atroz condena de muerte. Pero cuando esa gota de agua cae en el terreno candente, millones de partículas se evaporan y la duda despierta en otros. “De ese lugar, Dios los dispersó por sobre la faz de la tierra, y dejaron de construir la ciudad.” (v. 11:8) Porque la Fuente incansable que crea e impulsa el universo nos diseñó dispersos y diversos.
Tenían un habla común, artificial, que les servía para fabricar ladrillos y levantar una torre, pero cuando dejaron de entenderse, tras ser confundida (o abandonada) aquella lengua de pocas palabras, también dejaron de escucharse (v. 11:7). En hebreo tenemos dos palabras para referirnos a una lengua o idioma: lashón (לשון) y safá (שפה), que designan también a dos partes de la boca, respectivamente la lengua y el labio. La lengua está dentro de la boca y los labios son el final de la boca, su límite, su frontera, y están hacia afuera. La lengua, lashón, evoca el habla que ha sido interiorizada, mientras que el labio, safá, la que no se afianza en el pensamiento ni en las emociones, es el habla que se queda en los labios pero no entra. No importa que los hombres y mujeres tengamos distinto color de piel, género, lengua, religión o condición sexual. La unidad que lo Divino inspiró en nuestros antepasados no es de naturaleza fisiológica, lingüística, religiosa o política, sino temporal. Para acercarnos al “otro” debemos conocerlo: saber sobre él, mostrar curiosidad sobre su lengua, sus palabras, sus creencias. Sí, también esto último, pues al fin y al cabo las religiones son como las lenguas: el resultando de otras búsquedas y otras aproximaciones a lo Divino, a lo Mismo, a la Fuente y al Lugar. Cuando conocemos al “otro”, lo comprendemos, pues las diferencias no deben ser comparadas sino comprendidas. Al comprender, empezamos a amar. Es el milagro del encuentro, que acontece siempre en Presente, y en la actualidad vivencial del encuentro con el “otro” se unifica lo Divino.
En su profecía Tsefaniá dice: “Por lo tanto, esperad por Mí, dice lo Eterno, por el día en que saldré a tu encuentro (…) Entonces convertiré a los pueblos a una lengua pura para que todos ellos proclamen el nombre del Eterno manantial del ser.” (v. 3:8-9). En ese instante no hay lenguas ni credos ni colores que nos distancien y entre dos corazones aparece safá berurá (שפה ברורה) “una lengua clara”. Pues no hace falta ser réplicas exactas ni tener una única lengua o idénticos pareceres y opiniones para encontrar y coexistir con el próximo y el lejano. En el encuentro, leyendo el uno los labios del otro, dos seres humanos se comprenden más allá de sus lenguas o sus religiones. Pueden residir en lugares alejados, dispersos por toda la faz de la tierra y poseer millones de palabras que les confundan, y cada uno tratar de que la esquina de su campo sea, cuando ya no esté, un lugar mejor que aquél que se encontró cuando llegó a él.
La torre de Babel simboliza la obsesión humana de someterse y adorar la obra de sus manos, en lugar de mirar de frente a los ojos de quienes le rodean y empatizar; el deseo de permanecer en ladrillos, cemento, y páginas de periódico o likes de redes sociales, en lugar de evocar el recuerdo de un buen nombre en la memoria de alguien a quien hemos amado, ayudado, protegido. Pretendemos llegar a otros mundos, cuando no cuidamos el que se nos regala cada instante, y malgastamos nuestros esfuerzos y recursos en los cometidos a los que nos conducen las élites en lugar de unir nuestras manos y luchar juntos contra la enfermedad, el hambre, el crimen, el odio. El nuestro es un mundo que se parece mucho a aquella sociedad: está lleno de torres de Babel, y nos dejamos llevar. Los tambores de los totalitarismos retumban a nuestro alrededor, y nos dejamos llevar. Desde Brasil hasta Hungría, pasando por Alemania, dirigentes mediocres seducen de nuevo a las masas en una lengua única, la del odio, con sus pocas palabras, y debemos tomar nota y estar alerta.
¿A quién interpela Dios cuando nos habla, mientras leemos, “vamos, descendamos y confundamos su habla”? La Torá se dirige a ti: el lector. Ve, desciende de la bimá y disiente. Cuestiona, incomoda, siembra la duda y así la curiosidad, para que las torres de Babel sean abandonadas y a medio construir ya no puedan eclipsar más la esencia de nuestra humanidad.
Autor: Adi Cangado

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