Parashat Ki Tavó: Un examen en la intimidad

Parashat Ki Tavó es, además de una de las parashot de la Torá, una antesala a las emociones que estamos viviendo como individuos, como familias y como comunidad, antes de los Yamim Noraim. En días de Teshuvá, de profunda reflexión sobre nosotros mismos, de honda mirada hacia lo inconfesable de nuestros actos y gestos, cada palabra de la Torá nos vuelve a nosotros, como inquietud, puerta o camino en esta aventura hacia nosotros mismos.

Y así nos pasa con esta parashá, que en su última parte enumera la Tojejá (llamada reprimenda aunque yo prefiero llamarla “consecuencia” de los actos errados que cometemos). Luego de listar las bendiciones que le corresponden a los que eligen seguir las leyes de la Torá, Moshé da una larga y dura lista de consecuencias negativas que sobrevendrán si el pueblo abandona los preceptos de Dios.

Moshé concluye diciendo al pueblo que cuarenta años después de su nacimiento como pueblo, alcanzaron “un corazón para saber, ojos para ver y oídos para escuchar”.

¿Y acaso no es eso lo que buscamos en este mes de Elul: Recuperar un corazón para entender desde nuestras sensibilidades, tener ojos para poder ver con claridad la realidad en la que vivimos y oídos para no desentendernos de las palabras que llegan a nosotros?

Y ¿por qué acciones seríamos castigados de acuerdo con esta parashá?

Leamos en la Torá el discurso de Moshé al respecto:

“11 Y mandó Moshé al pueblo en aquel día, diciendo:

12 Cuando hayas pasado el Yarden, éstos estarán sobre el monte Gerizim para bendecir al pueblo: Shimon, Leví, Iehudá, Isajar, Iosef y Binaimin.

13 Y éstos estarán sobre el monte Ebal para pronunciar la maldición: Reubén, Gad, Asher, Zebulún, Dan y Naftalí.

14 Y hablarán los levitas, y dirán a todo varón de Israel en alta voz:

15 Maldito el hombre que hiciere escultura o imagen de fundición, abominación a Adonai, obra de mano de artífice, y la pusiere en oculto. Y todo el pueblo responderá y dirá: Amén.

16 Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre. Y dirá todo el pueblo: Amén.

17 Maldito el que redujere el límite de su prójimo. Y dirá todo el pueblo: Amén.

18 Maldito el que hiciere errar al ciego en el camino. Y dirá todo el pueblo: Amén.

19 Maldito el que pervirtiere el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Y dirá todo el pueblo: Amén.

20 Maldito el que se acostare con la mujer de su padre, por cuanto descubrió el regazo de su padre. Y dirá todo el pueblo: Amén.

21 Maldito el que se ayuntare con cualquier bestia. Y dirá todo el pueblo: Amén.

22 Maldito el que se acostare con su hermana, hija de su padre, o hija de su madre. Y dirá todo el pueblo: Amén.

23 Maldito el que se acostare con su suegra. Y dirá todo el pueblo: Amén.

24 Maldito el que hiriere a su prójimo ocultamente. Y dirá todo el pueblo: Amén.

25 Maldito el que recibiere soborno para quitar la vida al inocente. Y dirá todo el pueblo: Amén.

26 Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas. Y dirá todo el pueblo: Amén.”  Devarim 27

En resumidas cuentas: Por practicar la idolatría en secreto, por insultar al padre o a la madre; por correr el cerco que marca el límite entre dos campos; por engañar a una persona ciega; por vulnerar los derechos de un extranjero o viuda o huérfano; por relaciones sexuales prohibidas entre ciertos miembros de la familia; entre personas y animales; por herir al prójimo sigilosamente; por aceptar soborno en el derramamiento de sangre inocente.

¿Qué es lo que tienen en común estas transgresiones, estas desviaciones del camino correcto?

Que todas se cometen en secreto, en la intimidad. Allí donde nadie te ve. Allí donde es imposible probar el error. Allí donde crees que la ley colectiva no te alcanza. Acá no hay guardianes, jueces, ni policías que puedan administrar el cumplimento de la ley porque los actos suceden en casa, en un pasillo, en una oficina, en la oscuridad, y en secreto. La única manera de limitarlo es la voluntad de quien está allí donde nadie lo ve.

Es infructuoso pensar una ley que se administre por voluntad propia si no apelamos a la conciencia de las personas. Y esto hace Moshé: advierte, reprende vehementemente, antes de entrar a la tierra para intentar generar algo de conciencia de que la ley de la Torá tiene que ver con esa capacidad de hacer lo correcto, SIEMPRE, más allá de los sistemas que la administre, más allá de los públicos presentes o no.

En tiempos tan turbulentos, en un mundo que prepara profesionales en sus universidades para encontrar escaparates para ampararse bajo procedimientos que los condonan por no cumplir con la justicia, la Torá en el mes de Elul viene a decirte que estás a prueba exactamente cuando nadie te ve. Y aunque sea duro el lenguaje bíblico e intentemos suavizarlo diciendo que son palabras en un contexto cultural diferente del nuestro, y aunque nos incomode la palabra: Arur– maldito aquél que creyendo que nadie lo ve elige el camino incorrecto, aquél que daña, marca, humilla, corroe, subvierte la letra de la ley. Arur- maldito, porque en la misma soledad (y aparente inocuidad) con la que cometió el delito queda sumido aquél que no puede contarle a sus hijos, con la frente en alto, los actos que realizó, aquél que no siente orgullo de su conducta, aunque tenga los bolsillos llenos.

La Teshuvá de estos días no es un acto público. Es un gesto de tu conciencia, es un examen a tu intimidad y la coherencia entre lo que se ve y lo que eres. Es una prueba a tu integridad, cuánto necesitas la mirada del otro para encaminar tus actos o cuánto haces lo que corresponde, porque elegiste una vida ética y trascendente.

Shabat shalóm,

Rabina Silvina Chemen

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