PARASHAT EKEV: la bendición de una tierra de trabajo y esfuerzo

כִּי יְהוָה אֱלֹהֶיךָ, מְבִיאֲךָ אֶל-אֶרֶץ טוֹבָה:  אֶרֶץ, נַחֲלֵי מָיִם–עֲיָנֹת וּתְהֹמֹת, יֹצְאִים בַּבִּקְעָה וּבָהָר.  אֶרֶץ חִטָּה וּשְׂעֹרָה, וְגֶפֶן וּתְאֵנָה וְרִמּוֹן; אֶרֶץ-זֵית שֶׁמֶן, וּדְבָשׁ.

“Porque Adonai tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel.” Devarim 8:7-8.

Estamos a punto de entrar.

Necesitamos metáforas, imágenes, olores, sabores, para entender lo que significa la promesa. Una tierra de libertad, de fertilidad y posibilidades.

Y el modo que tenemos de hablar de esta tierra es a partir de sus frutos. No cualquier fruto, sino lo que comúnmente se conoce como las 7 especies: Trigo, cebada, uva, higos, granadas, olivos, aceite y miel (miel, fruto de los dátiles). En algunos de ellos basta sólo con sacarlos de la tierra o de su planta. Otros necesitan la mano del hombre para transformarse en alimento.

Todos sabemos que la tierra de Israel ofrece otros frutos. Entonces… ¿por qué estos para definir esta tierra que es mucho más que una porción de territorio en el planeta? ¿Qué tienen de especiales?

Quizás sea bueno recordar que cuando se llevaban los bikurím, las primicias, como ofrendas al Beit Hamikdash, se llevaban estas siete especies. Y la pregunta entonces se escucha más fuerte aún: ¿Qué es lo que se agradece a través de ellas?

Se explica que fructifican entre Pesaj y Shavuot. De allí que se entiende que justamente en Shavuot debemos llevar lo primero que fructificó durante las 7 semanas del Omer.

Pero no es solo una referencia de un período entre dos festividades. Durante estas 7 semanas, la naturaleza se presenta un tanto contradictoria. Para que lleguemos a Shavuot con estas primicias, tendremos que haber sobrevivido a climas de aridez y calor, pero también de tormentas y fríos. Como si las manifestaciones de la madre naturaleza nos pusieran a prueba: ¿podremos obtener frutos- de la tierra y de la vida- cuando las condiciones para que esto suceda sean inestables, contrastantes, confusas?

¿Será que la tierra de la promesa está caracterizada por frutos que devienen de nuestra propia confrontación con la complejidad?

¿Será que llegar a una tierra que mana leche y miel tendrá que ver con animarnos a no esperar que las cosas nos sucedan y decidir afrontar la variedad de climas, de situaciones que la vida nos depara, sin abandonar nuestro objetivo: el fruto de nuestro trabajo y la bendición de poder hacerlo?

Esta reflexión de frutos que crecen a pesar de las incertidumbres y las tensiones me lleva a mis lecturas sobre el paradigma de la complejidad que desarrolló Edgard Morin- filósofo y sociólogo francés de origen sefaradí. Morin consideraba que cualquier aspecto de la experiencia humana debe ser estudiado multifacéticamente evitando cualquier pensamiento simplista, reduccionista que lo único que hace es mutilar y manipular el objeto de estudio.

Nuestro mundo, nuestras vidas son el resultado de un tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares. No podremos comprender todo, gobernar sobre todo, controlarlo todo, tener certeza sobre todo. La ambigüedad, el azar, lo indeterminado también son parte de nuestra realidad. Y no porque ella sea caótica y a veces inasible, no podemos soñar con producir el mejor de los frutos y la más bella de las ofrendas.

Eso son los bikurím. El regalo de nuestro esfuerzo, de nuestro tesón por no rendirnos ante las controversias. Es el reconocimiento de nuestra fe y nuestra confianza: fe en el Creador y la maravilla de la tierra y sus nutrientes y confianza en nuestro potencial, la labor de nuestras manos y nuestra voluntad de llegar a nuestro objetivo.

La tierra de la promesa no es la tierra en la que todo se nos regala. Muy por el contrario, los frutos con los que esta tierra nos recibe son los frutos que nacen en contextos de trabajo, de no poca angustia, de apuesta profunda, de avances y retrocesos, de movimientos de búsqueda, y de muchas ganas de cosechar finalmente el mejor de los sabores, y oler la mejor de las fragancias.

Que podamos entrar a la tierra.

Bendecidos por la sabiduría de afrontar todos sus climas y por la voluntad de llegar a obtener nuestras mejores cosechas.

¡Shabat Shalom!

Rab Silvina Chemen

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