PARASHAT MASEI: El derecho a la ternura

Estamos acostumbrados a opinar sobre los grandes derechos públicos, aquellos que figuran en códigos y constituciones, haciendo parte de discursos políticos y promesas electorales. Se habla del derecho al empleo, el derecho a la vivienda, el derecho a la educación, al sufragio, en fin, de todos aquellos derechos que pueden figurar como reivindicaciones sociales de transparencia indemandable. Pero parece sospechoso y hasta ridículo hablar de esos derechos de la vida cotidiana que permanecen confinados a la esfera de lo íntimo, sin que nadie ose pronunciar sus nombres en las asambleas donde se debaten con grandilocuencia los problemas políticos de la época. A esta categoría de derechos domésticos, relegados y vergonzosos, pertenece el derecho a la ternura. “El derecho a la ternura”, de Luis Carlos Restreppo

Parashat Masei, el final del libro de Bemidbar, trae una temática al menos controversial como lo es la de las ciudades refugio- arei miklat.

Expliquemos cómo funcionaba este sistema:

La escena se desarrollará después de que entren a la tierra y expulsen a todos los haber habitantes de Cnaán. La tierra sería distribuida por lotes de acuerdo con la cantidad de miembros de cada tribu. Los leviím – que cumplían una función especial que servía a todo el pueblo – no recibierá ningún territorio, sino que se les otorgaron cuarenta y ocho ciudades a ambos lados del río Jordán. Seis de ellas, tres a cada lado de este río, fueron instituidas como ciudades refugio. Ellas servirían de asilo para cualquier persona que hubiera matado a otra accidentalmente, y que necesitara protegerse de la venganza de los parientes del muerto. Allí, en la ciudad refugio, el culpable sería llevado ante un tribunal. Si los jueces decidían que se trataba de un caso de asesinato intencional, la persona sería castigada. Pero si el crimen fuera accidental, el que lo cometió debía permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del Cohén Gadol, el Sumo Sacerdote. Si un asesino exiliado quisiera regresar a su hogar, su único recurso es orar por la muerte del Sumo Sacerdote.

Las ciudades refugio eran al menos para mí un motivo de orgullo. Pensar en aquellos que pueden quedar atrapados por sentimientos infundados de venganza, venganza que viene del dolor, de la confusión por la pérdida de un ser querido… La pregunta es ¿por qué la liberación del protegido debía llegar con la muerte del Sumo Sacerdote?

Y aquí aparece la Mishná, en el tratado de Makot nos sorprende con un dato interesantísimo. No sólo se trata del asesino incidental y del Cohén, sino que también entra en el juego la madre del Sacerdote.

לְפִיכָךְ אִמּוֹתֵיהֶן שֶׁל כֹּהֲנִים מְסַפְּקוֹת לָהֶן מִחְיָה וּכְסוּת, כְּדֵי שֶׁלֹּא יִתְפַּלְּלוּ עַל בְּנֵיהֶם שֶׁיָּמוּתוּ. מִשֶּׁנִּגְמַר דִּינוֹ מֵת כֹּהֵן גָּדוֹל, הֲרֵי זֶה אֵינוֹ גוֹלֶה.

Por lo tanto, las madres de los sumos sacerdotes proveen (a los asesinos involuntarios) de comida y ropa, para que no oren para que sus hijos mueran.   Mishná Makot 2: 6

Me llena de ternura.

Me deja pensando: La madre del Sacerdote, jamás nombrada ni tenida en cuenta, entra en escena, sin que se lo pidan, para salvar la vida de su hijo. Y ¿cómo? Salvando con comida y ropa, la vida de otro; del que está dentro del refugio. No nos esperábamos esta imagen ni este gesto.

¿Cómo lidiar con los egoísmos de alguien que necesita que otro se muera, para salir indemne de una muerte que no planificó? No es la tortura, ni el insulto, ni la degradación, ni la “moralina”. Es la ternura. Con comida y abrigo. Para que esté completo, cubierto, y no necesite que otro más muera para salvarse él.

Y me cuesta pensar, que hay seis ciudades refugio y un solo Sumo Sacerdote, por tanto, una sola madre. Quizás la necesidad vital de mantener a su hijo vivo, la hizo organizarse con otros/otras (no lo sabemos) para distribuir comida y ropa entre todos los que habitaban esas ciudades. Un emprendimiento solidario enorme.

¿Acaso la mamá de la mayor autoridad religiosa de la época temía por lo que las bocas de los refugiados podrían pronunciar en contra de su hijo? ¿No tenía suficientes garantías y seguridades como para creer que con un plato de comida y una túnica revertiría el poder de un rezo mal intencionado?

Aquí intuyo que hay una gran lección. No interviene sólo para salvar a su hijo. Sino a los que están dentro de las ciudades. Los salva de enfrentarse nuevamente con la situación en la que alguien debe morir. Los salva de la soledad, del escepticismo, del abandono.

Hoy, los abandonados a su suerte, terminan llenándose de odio y violencia, por no tener otro refugio más que la venganza.

La ternura es el antídoto. Alguien que se ocupe de que no pasen hambre ni frío, es todo lo necesario para revertir las palabras y las acciones nacidas de la desesperación.

La Torá los salva de ser linchados por los parientes del muerto.

La madre del sacerdote los salva del descuido a los que son confinados los desterrados. Los de entonces, y los de hoy, cuyas vidas dan un giro cuando sienten que hay quienes se conmueven y les devuelven ternura ante la indiferencia, y abrazo ante el prejuicio.

Así de simple. Así de hermoso. Así de escaso en nuestras actitudes cotidianas.

Necesitamos menos Sumos Sacerdotes y más personas que se ocupen de los que parecen no vivir en ninguna parte.

Shabat Shalom

Rabb Silvina Chemen

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