Parashat Bemidbar: el desierto, una página en blanco

Cada vez que comenzamos este nuevo libro me encuentro revisando libros queridos, llenos de anotaciones, buscando ideas poéticas, para hablar del desierto. Bemidbar- En el desierto-, nos invita a dejar atrás la ceñidura de los rituales de Vaikrá, para aventurarnos al espacio infinito, la travesía por el desierto, el territorio que nos verá transformarnos en seres libres y en un pueblo.

Bemidbar- במדבר- En el desierto, es el cuarto libro de la Torá. Y Devarim- דברים-palabras, el quinto y último. Ambos comparten la misma raíz. Desierto y palabra es el lugar de nuestra gestación como nación.

El comienzo del libro da cuenta de ciertos mensajes acerca de la libertad que comenzamos a degustar: Dios ordena realizar un censo, contar uno a uno, saber que somos parte imprescindible, que no nos podemos ocultar detrás de ningún patrón. Uno a uno, somos contados, porque nos tienen en cuenta.

Cada uno cuenta. No es un pueblo de iguales. Cada uno es quien es. Con nombre. Con familia. Con sus talentos y sus flaquezas.

Cada tribu tendrá un lugar en la formación del campamento. Y no importa cuán grande, poderosa o nimia sea la tribu, todas miran hacia el mismo lugar, hacia el Mishkán- lugar de residencia de la divinidad. Sólo cuando nos disponemos equitativamente, Dios vive en el centro.

Dios está en el centro. Abravanel (siglo XIV) nos recuerda que toda la organización del campamento estaba alrededor del Mishkan: “El Tabernáculo debía ser como el corazón dentro del cuerpo, ya que las tribus serían sus miembros”. El mensaje que aprendemos ya al principio de este libro acerca de nuestra fe es que no es suficiente con declarar nuestra creencia en Dios. Implica ponerlo en el centro, es decir, poner a todos los otros, alrededor, sin dejar a nadie afuera. Allí se juega nuestra fe como pueblo; sabiendo que tanto uno como todos los otros somos miembros imprescindibles de este cuerpo.

Ya desde el comienzo Bemidbar, el libro del desierto y la libertad, nos llama a ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Nos convoca a pensarnos como  individuos y como comunidad, a hablar de Dios, de la travesía y la promesa.

Me vienen a la mente títulos de libros como Difícil Libertad, de Emmanuel Levinas o Miedo a la Libertad de Erich Fromm.

Vuelvo a releer algunos párrafos de Fromm, para adentrarme en este desierto, de arena y de palabras, que es el continente de nuestro nacimiento como seres libres.

Así escribía Fromm: “El hombre es liberado de la esclavitud que entrañan los lazos económicos y políticos… Pero, a la vez, se ha liberado de aquellos vínculos que le otorgan seguridad y un sentimiento de pertenencia… “

Y es verdad; este grupo de personas, que ahora cuentan, se liberaron de la opresión económica y de poder… La pregunta para ellos y para nosotros es si siempre elegimos liberarnos de esas seguridades que, aunque esclavizantes, nos otorgan sentimientos de pertenencia… mientras hacemos de cuenta que las cadenas no nos aprietan y que podemos “manejarlas”.

“La vida- sigue Fromm– ya no transcurre en un mundo cerrado, cuyo centro es el hombre; el mundo se ha vuelto ahora ilimitado y, al mismo tiempo, amenazador. Al perder su lugar fijo en un mundo cerrado, el hombre ya no posee una respuesta a las preguntas sobre el significado de su vida; el resultado está en que ahora es víctima de la duda acerca de sí mismo y del fin de su existencia.”

La libertad- valor supremo si lo hay-, también encarna la amenaza de lo ilimitado- como el desierto- porque allí no hay bordes impuestos. Somos nosotros ahora los responsables de elegir el camino y de caminarlo. La esclavitud (disfrazada de la forma que quieran) no tiene sorpresas, imprevistos, cambios de marcha… la libertad convoca a la incertidumbre, la duda, la permanente búsqueda de saber quiénes somos y quiénes queremos seguir siendo.

Así parece ser que el libro de Bemidbar nos interroga sobre ciertos conceptos que nosotros damos por sentados. ¿Acaso nuestro antepasados, tanto como nosotros hoy, transitamos con claridad esa libertad que decimos anhelar y creemos tener?

De hecho, este libro que estamos comenzando está plagado de controversias y complejidades, de conflictos y confusiones. La libertad es un desierto infinito para el que hay que estar preparado y dispuesto.

Las partículas casi imperceptibles de la arena del desierto se hacen un espejo en el que nos vemos reflejados: ¿Quiénes somos realmente? ¿A quiénes nos debemos? ¿Cuáles son los resultados de nuestras decisiones?

Un desierto, como una página en blanco, nos da todas las oportunidades a la vez que un intenso vértigo: el de animarnos a encontrarnos a nosotros mismos, sin máscaras, escribiendo nuestra propia historia.

Shabat Shalom

Rabb Silvina Chemen

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