PARASHAT VAISHLAJ: la bendición del nombre

“Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Yaakov le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Yaakov. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Yaakov, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.” Bereshit  32: 26-28

Volvemos una y otra vez a esta escena. De la pelea con el ángel o del encuentro con Dios, o con la conciencia de sí mismo.

Yaakov nos vuelve a convocar a una tensión en la que quizás todos nosotros hemos o estamos experimentando. La lucha entre la ambición y el sentido, entre las multitudes y las soledades. Las ganas de una experiencia trascendente y a su vez, el temor de vivirla.

Recordemos que Yaakov va a reencontrarse con el hermano que engañó y por el cual él huyo de la casa y de la tierra de su familia. Ahora está volviendo. Sabe que Esav- su hermano- viene al encuentro.

Algunos dicen que se asustó. Otros que se quería preparar… la cuestión es que envía a su familia delante de él y se queda solo.

Allí se produce el encuentro con ese Ish- ese ser con el que pelea. Y lo que más sorprende es por qué le pregunta a Yaakov por su nombre. ¿Cuál es tu nombre? ¿Acaso no lo sabía? ¿Acaso eso era lo más importante a la hora de comenzar a conversar? Y si el proyecto de este ser era cambiarle el nombre, ¿para qué le pregunta cómo se llamaba anteriormente?

Aparentemente es un dato innecesario. El sabio, Radak (Rabí David Kimji, comentarista francés del siglo XII) hace una comparación entre la pregunta del ángel y otras preguntas- del tipo retóricas y aparentemente innecesarias- dentro de la Torá.

Por ejemplo la famosa pregunta de Dios a Adam. “Mas el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Aieka- Dónde estás?” Bereshit 3: 9. Recordemos que la historia sucede cuando Adam estaba en el  Jardín del Edén. Después de que él y Java comieron del fruto del conocimiento de lo bueno y de lo malo, se vuelven conscientes de su desnudez e intentan esconderse de Dios en el Jardín. Dios pregunta, sabiendo la respuesta, “¿Dónde estás?”. Y sin embargo, hace la pregunta…

Otra situación similar: “Y Adonai  dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara.”  Shemot 4: 2. Aquí estamos con Moshé en la zarza ardiente. Cuando él duda sobre si el pueblo le creerá que él es el enviado de Dios para liberarlos, Dios aparece con una señal milagrosa: convierte su bastón en una serpiente. Pero antes de que esto suceda le pregunta “ Qué es eso que tienes en tu mano”. Es obvio, una vara. La respuesta es sabida por ambos. Sin embargo, hace la pregunta…

Esto es igual a la pregunta que nos inquieta hoy: ¿Cómo te llamas?. El ángel lo sabe. Y Yaakov por supuesto que lo sabe.

Sin embargo estas tres historias tienen un denominador en común. Tanto Adam, como Moshé, como Yaakov, después de estas preguntas cambiarán sus vidas: Adam comenzará su derrotero por el mundo fuera del Edén, Moshé liberará al pueblo y Yaakov será llamado Israel.

Pero hay algo más. Volvamos al versículo que elegimos: “Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Yaakov le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre?”

Yaakov pide una bendición. El ángel le pregunta cuál es su nombre. Punto.

Aquí opera la bendición. Al saber quiénes somos. Al poder responder por el nombre que nos dieron y el que debemos apropiarnos. Al poder decir de uno mismo, en voz alta, sin excusas.

El comienzo de la bendición no viene de afuera, sino de la respuesta a la pregunta: cuál es tu nombre. Quién eres, qué haces para merecer lo que estás pidiendo. O más aún: ¿eres tú, realmente, el que está acá o es una máscara o un personaje?

No habrá cambio de nombre en Yaakov sin que antes él pueda decir en voz alta quién es: Yaakov, el que salió tomado del “akev”, del talón de su hermano, el que le vendió la primogenitura por un plato de lentejas, el que se disfrazó de otro para robar lo que no le correspondía, el que tuvo que huir, el que fue engañado por su suegro, el que vivió con dos mujeres, una amada y la otra no… el que está volviendo, porque decidió no establecerse en el exilio, el que está buscando que su hermano lo perdone.

Todo eso resume el nombre, que porta la historia y las veces que pretendió no ser él, para llegar ilegítimamente a ser quien quería ser.

Pide bendición. Le reclaman por su nombre. Y al decirlo: Yaakov, en voz alta, con todas las letras y con nada que ganar o perder, el ángel le da su nuevo nombre: Israel, aquél que habitará sin mentiras ni rodeos, para vivir en la tierra del legado y fundar así la simiente de un pueblo.

Rabb Silvina Chemen

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