PARASHAT VAYETSÉ: Cuando la fe es miedo

 וַיִּירָא, וַיֹּאמַר, מַה-נּוֹרָא, הַמָּקוֹם הַזֶּה:  אֵין זֶה, כִּי אִם-בֵּית אֱלֹהִים, וְזֶה, שַׁעַר הַשָּׁמָיִם.

“Y tuvo miedo y dijo: ¡Cuán imponente es este lugar! Esto no es más que la casa de Dios, y esta es la puerta del cielo.” Bereshit 28:17

Recordamos la historia de Iaakov.

Un patriarca que en su juventud tiene que huir a exiliarse, no porque fue expulsado por algún dictador, sino porque a causa de su engaño, su patria no puedo albergarlo.

Es el primer exilio, al decir de muchos comentaristas bíblicos. Un exilio, me atrevo a decir, de sí mismo, de ese sí mismo que va a necesitar despojarse para transformarse en Israel, ese sí mismo que cree que va a ser primero a la fuerza y no por mérito y esfuerzo… Pero ya tendremos tiempo de comentar los procesos por los cuales Iaakov, ese joven intrépido y trepador, consigue su lugar en la historia, a partir de todos sus aprendizajes.

Volviendo a este momento fundamental: Se escapa. En el camino se acuesta a dormir. Sueña con una escalera con ángeles que suben y bajan. Se despierta y siente miedo.

¡Qué imponente es este lugar!  Un lugar que hasta que se acostó a dormir y soñó, no lo consideraba así.

Ésta es la casa de Dios y ésta es la puerta del cielo. Tuvo contacto con la presencia de lo trascendente por primera vez.  Despojado de lo que para él era lo importante, da cuenta de otra dimensión: acá es la casa de Dios.

Todo esto sería muy poético si nuestro versículo de hoy no hubiera comenzado con las palabras “y tuvo miedo…” Vairá.

Y no quiero minimizar el estremecimiento de Iaakov y su real encuentro con lo divino, es Dios del que su madre tanto le habló en sus largas conversaciones en la tienda. El Dios de la promesa que ella había escuchado durante el embarazo.

Por supuesto que la conciencia de Su presencia conmueve, moviliza, atemoriza… es tan grande su grandeza- y no es redundancia- es tan potente la comprobación de su existencia en un hecho concreto que por supuesto, la emoción que nos nace es el temor.

El problema, desde mi humilde punto de vista, es seguir nuestro vínculo con lo divino desde el temor. Y entonces observar nuestras leyes, por temor, cumplir los mandamientos, por temor, interpretar como otros me dicen que lo tengo que hacer, por temor y en ese temor, hacerme cada vez más impotente, más pequeña, más “servil” a un Dios al que le tengo miedo.

Y si Iaakov se dio cuenta de que allí era la casa de Dios, y la puerta del cielo, nos está enseñando a que Dios es nuestro anfitrión, de puertas abiertas. Es el Makom, el lugar- uno de sus nombres- que nos invita a albergarnos, a encontrar refugio.

Dios es Bait- es casa, es invitación, es regazo, es continente.

Y la tradición que va a inaugurar este personaje que será Israel, nos necesita habitantes de la casa, mucho más que temerosos y temblorosos.

“Shem Hamakom Bet El”- el nombre del lugar es Bet El, es casa de todos.

Un lugar para vivir y no para morir de miedo.

Rabb Silvina Chemen

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