PARASHAT JAIEI SARA: Una definición de promesa

Estamos transitando la vida de nuestros primeros patriarcas. Abraham y Sará, junto con los que van a sucederlos en esta parashá; Itzjak y Rivká.

En el texto de esta semana aparecen dos historias centrales:

  • Sará se muere. Abraham necesita un lugar propio para su descanso eterno. Lo busca, lo compra, no acepta ningún regalo. Quiere que esa tierra a perpetuidad sea un lugar para sepultar a su esposa y a las generaciones siguientes.
  • Abraham activa la búsqueda de una mujer para su hijo Itzjak. Podemos aventurar muchas explicaciones a este gesto de ser el padre quien se encarga concienzudamente de encontrarle una pareja a su hijo. Abraham no pudo volver a hablar con él desde la escena del fallido sacrificio… Prefiero creer que este acto tuvo que ver con una reparación en el amor.

Dos temas aparentemente inconexos. Salvo que vayamos hacia atrás y registremos qué fue lo que Dios le prometió a nuestro patriarca.

Miremos: “Y apareció Adonai a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Adonai, quien le había aparecido.” Bereshit 12:7

“Y Adonai dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre.Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada. Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré.” Bereshit 13:14-17

Primera promesa: tierra. Abraham es el destinatario de una promesa divina: tener una extensión de tierra para él y sus sucesores que la poblarán con el mensaje de esta fe que se está iniciando. Pero no sólo la tierra es parte de la promesa. Sino también abundante descendencia.

“Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bereshit 12:2

“Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia.” Bereshit 15:5

Todos recordamos esta imagen de Abraham mirando al cielo, imaginando una descendencia numerosa, brillante y bella.

Tiera y descendencia. La promesa de Dios.

Y acá en parashat Jaiei Sará nos encontramos con que Abraham no tiene tierra propia y decide comprar una parcela para enterrar a su mujer y tiene dos hijos, cada uno por su lado, quienes no le dieron nietos.

¿Qué pasó con la promesa de Dios? ¿Cómo Abraham continúa creyendo en ese Dios que le hizo abandonar toda su familiaridad cuando ya viejo, se da cuenta que nada fue cumplido totalmente?

Quizás la fe de Abraham sabía algo que nosotros hemos olvidado o decidido desconocer. La promesa divina nos pide (lejos de sentarnos a esperar pasiva y demandantemente) que inspirados por el potencial que Dios vio en nosotros, nos activemos hacia su búsqueda, hacia su concreción.

Abraham compra tierra. Y busca una mujer para su hijo garantizándose la continuidad del linaje. Abraham hace realidad la promesa. Sin reclamos. Sabe que como desde el Lej Lejá, tiene que moverse hacia la realización de su destino. Abraham es el que nos inicia en una definición de fe que no tiene que ver con la magia, lo sobrenatural, lo supraterrenal.

Abraham, el patriarca de la fe, nos enseña a hacernos eco de la promesa e inspirados por ella, accionar y traccionar para que ésta sea una realidad

Somos herederos de una fe activa, decidida, corajuda si se quiere, que nos potencia, nos anima, nos mueve hacia la concreción de realidades que a veces parecen imposibles.

¿Cuándo habremos dejado de entender la fe de ese modo? ¿Cuándo habremos abandonado nuestros propios pasos, sentándonos a lamentarnos que no se nos cumplen las promesas?

Es hora de ponernos nuevamente de pie.

De hacernos cargo.

De sacudirnos el polvo de la queja y el desánimo.

Tierra y descendencia. Espacio y continuidad. Materialidad y trascendencia.

Somos todos hijos de esa promesa. Y está en nosotros caminar hacia ella.

Autora: Rabbi Silvina Chemen.

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