Parashat Noaj, la post-vida de un mito

¿Qué ocurrió con la torre de Babel?

“Rabi Yosef Yohanan dijo: “En cuanto a la torre, un tercio fue quemado, un tercio se derrumbó, un tercio existe aún. dijo: el solo hallarse en las inmediaciones de la torre hace perder la memoria.” Masejet Sanhedrin 109.1

Hoy vamos a dedicarnos a este tercer tercio, al que existe aun, aquel que cuando pasamos cerca nos hace perder la memoria. Y nos vamos a dedicar a este tercio de la torre porque necesitamos no perder la memoria, no alejarnos de las enseñanzas de este mito, que por ser mito no deja de ser estructurante de nuestra subjetividad y hasta de nuestra cultura.

La Torre de Babel: Nueve versículos. Sólo unas pocas líneas en toda la Torá. Pero su fuerza es arrolladora.

Andres Claro, un doctor en filosofía chileno que escribió largamente sobre el mito de Babel, habla acerca de la posvida del mito. Es decir; no nos preguntamos por la historia pasada ni por su significación religiosa, sino que nos ocupamos de cómo irrumpe este relato en nuestra cotidianeidad.

Porque eso es lo que hace un mito. Irrumpe, aparece e incómoda, porque nos llama a mirarnos de nuevo.

Eso es lo que él llama posvida y creo que es lo que nosotros hacemos con los relatos de la Torá: ahondamos en sus posvidas.

La pregunta que se hace el filósofo y nos hacemos nosotros desde hace tiempo es que si la Torá no dice que la destrucción de la torre y la dispersión de las personas en la tierra y la confusión de lenguas fue un castigo ¿por qué insistimos, desde la época talmúdica, con todas las interpretaciones posteriores, en hablar de castigo divino?

¿Cuál es el contenido del castigo? ¿Que estamos separados geográficamente? ¿Que tenemos muchas lenguas y por tanto tenemos que hacer un esfuerzo para comprendernos? ¿Que se abandona la ilusión de un proyecto único?

¿Cuál es la catástrofe? ¿Qué es lo que duele?

¿Acaso tenemos internalizado, casi sin darnos cuenta, que lo uniforme y unívoco es el mejor modo de vivir, y es eso lo que perdimos en Babel? En otras palabras: ¿Nos habremos convencido de que tenemos que ser todos iguales, gobernados por una única visión y que la pluralidad de lenguas, opiniones y rasgos es un castigo?

En mi opinión el mito de Babel, a diferencia de otros mitos, es exitoso justamente porque fracasó. Su fracaso, como emprendimiento humano total, es lo que le aseguró la posvida a este mito.

Somos seres que nacimos del aprendizaje de un fracaso; el habernos dado cuenta de que no podemos todo, que no sabemos todo, que no habitamos todos los espacios, que hay que trabajar para tener vínculos y que para llegar al otro tenemos que movernos de nuestros lugares.

Babel nos enseña a construir nuestras vidas sabiendo que hay límites que velan por nuestra sanidad individual y colectiva. Arrasar indiscriminadamente no es el proyecto humano al que nos lleva el aprendizaje de Babel.

En hebreo decimos Migdal Babel, y ya la palabra migdal, torre, tiene dentro de sí la palabra Gadol: una torre que hable de una grandeza, una omnipotencia física material que no reconoce ni límites ni éticas. Ese proyecto, en el mito y en la realidad, está condenado al fracaso, aunque a veces nos confundamos y creamos que la totalidad y el poder absoluto sea el camino para salvarnos del caos y las contradicciones, tan propias de lo humano y de lo social.

Sin embargo algunos podrían pensar todo lo contrario. Todos juntos trabajando para un mismo fin, la construcción de una torre, es el ideal de cualquier religión, -dice este filósofo chileno-, entendiendo a la  religión como una re-unión: podemos leer en Babel que una construcción que unía a todos los seres humanos a través de la técnica de un trabajo común, repetitivo y compartimentado, era un logro, al fin y al cabo.

Y yo pregunto: ¿es el ideal de la religión estar todos aquí reunidos alrededor de un solo objetivo? ¿Nos congregamos aquí como una experiencia técnica, repetitiva y compartimentada?

Cuando las religiones – y lo digo así, religiones, palabra que no menciono nunca- cuando las religiones nos convocan a una tarea técnica, repetitiva y compartimentada se transforman en fundamentalismos.

Las tradiciones religiosas son andamiajes que nos inspiran a hacernos las preguntas renovadas de cada época, que nos invitan a dar cuenta de las subjetividades de las personas, de sus emociones, sus sueños y proyectos personales. ¿Dónde hay espacio, si no, para los aprendizajes de lo que no hicimos bien y queremos corregir? ¿Dónde queda el lugar de los hijos? El paradigma de un Babel, técnico, repetitivo y compartimentado pone a los hijos en el lugar de los herederos de una repetición. Y nos pone a todos en el lugar de usuarios de una religiosidad técnica.

¿Cómo se leen las necesidades de cada época si lo único que tenemos que hacer es construir una sola torre desde siempre y para todos igual?

 וַיְהִי כָל-הָאָרֶץ, שָׂפָה אֶחָת, וּדְבָרִים, אֲחָדִים

Y fue toda la tierra   Lengua una    Y palabras unas…

Así era la humanidad: una sola lengua y pocas palabras. Los idiomas de pocas palabras representan realidades de pocos matices, de poca variedad, de poca intensidad y seguramente con nada de poesía. Una humanidad de pocas palabras tiene pensamientos más rudimentarios y por tanto muchas más posibilidades de ser sometidas al totalitario de turno.

El autor chileno que nos está acompañando en estas reflexiones Andrés Claro, cita a otro grande del pensamiento Andre Neher, que tradujo libremente la descripción de la tierra de este modo: “La desgracia es que la humanidad, en su totalidad era de un solo labio y vivía una sola historia.” Una sola lengua arma una sola historia, una sola historia que invisibiliza las otras historias, que nos deja sin argumentos propios y lo que es peor aún sin sueños propios. La decisión de Dios no es el castigo de la incomprensión entre los seres humanos, sino la posibilidad de la multiplicidad, de la diversidad, del compromiso personal con la creación de la realidad a través de las palabras que decimos.

Por eso me parece tan interesante y diría yo, tan imprescindible volver a hablar de Babel, porque ese tercio de torre que quedó intacta, nos hace perder la memoria y de tanto en tanto andamos reclamando, una sola lengua, un solo modo de vivir nuestra religiosidad, una visión única y totalitaria del mundo. Y eso nos hace a veces solitarios, a veces fundamentalistas, a veces xenófobos, a veces intolerantes, y todas las veces, pobres personas.

No perdamos la memoria. No nos castigaron. Nos dieron la mejor herramienta para vivir vidas interesantes, ricas, plenas, divertidas y desafiantes.

Autora: Rabb Silvina Chemen

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