Hannah Arendt en Shavuot

En la parashá Emor (Lev. XXIII) se establecen las festividades del calendario judío: Rosh Hashaná, Pesaj, Sucot y Shavuot. En los tres primeros casos se hace mención al motivo de la festividad: qué se celebra y cómo. Sobre Shavuot, en cambio, no se menciona nada de lo que luego la tradición le adjudica: la fiesta de la entrega de la Torá. Hay aquí un juego literario interesante: las otras fechas conmemoran sucesos externos a la Escritura, es decir, acontecimientos que la Torá representa y “recuerda” como hechos anteriores a su registro escrito. Shavuot, en cambio, es un evento interior al texto mismo, es su propia celebración. Fiesta intratextual, o escritura autorreferente, dirían los críticos posmodernos… Pero nada de eso se menciona allí, solo se habla de “semanas”, (shavuot, en hebreo), las siete que se cumplen desde el segundo día de Pesaj y que se miden por la cuenta del omer. El omer es una medida que estipula la porción de los frutos cosechados que deben ofrendarse en un ritual específico en el Templo al finalizar ese periodo. Dado que Pesaj sucede en primavera, época de esplendor de la tierra, estas semanas a partir de ahí dan cuenta de la actividad agrícola y del tiempo de la cosecha, de donde proviene el sustento básico de una comunidad antigua. Las primicias que se ofrendan son la expresión de gratitud por el resultado pródigo del campo, la generosidad de la naturaleza (desde un punto de vista religioso, debida a la bondad de D’os) y la posibilidad de alimentar con abundancia a la comunidad.

Se sabe que prácticamente todas las celebraciones judías tienen, a la base, un hecho ligado a los ciclos naturales y a la labor agrícola que se desarrolla en ellos. Es decir, al calendario de la naturaleza se le superponen motivos históricos y/o religiosos, de modo que esa festividad de base deja de tener un carácter “natural” para transformarse en algo político, un evento que significa un hito en la constitución del pueblo. He ahí una de las claves: como bien enseña Hannah Arendt en su artículo “Labor, trabajo y acción”, la labor agrícola es cíclica, repetitiva y produce frutos destinados a ser consumidos, de modo que para renovarlos es preciso volver a sembrar y reiterar el ciclo. Para desarrollarla, no se precisa del lenguaje ni de la relación con el prójimo. El trabajo, en cambio, produce bienes de uso, muchos de los cuales duran más que la vida misma de quien los fabricó y, en general, involucra a otras personas en distintos momentos del proceso. El tiempo del trabajo tiene aspectos repetitivos pero no de la misma circularidad que la labor. Por último la acción, la más “elevada” y compleja de las actividades humanas, refiere directamente al ámbito de la vida política, la vida entre-otros, la existencia en el lenguaje y la dimensión ética. Es, por eso, fundamentalmente impredecible: la acción que yo comienzo se cruza y se combina con las de otros; la temporalidad entonces ya no es reiterativa, sino incierta.

¿Cómo se pasa, entonces, de celebrar el tiempo de las primicias de la tierra a festejar la entrega de la Torá? ¿Qué operación metafórica se ha producido para que esos frutos, extraídos de los surcos del campo, se hayan convertido en letra? ¿De qué modo un ritual tan arcaico y de orígenes paganos, común a toda colectividad antigua, se resignifica como “la fiesta de la libertad”?

Tal vez precisamente ahí esté la clave: Shavuot sería, desde este punto de vista, la quintaesencia de lo judío, la fecha más simbólicamente precisa y condensada. Con lo escueto de su representación –no hay en esta fiesta elementos ornamentales como en Pesaj y en Sucot, por ejemplo, ni narración épica, sino solo una seca y detallada cuenta de los días- se dice tal vez mucho más de lo que a primera vista pudiera parecer. En Shavuot se trata nada más –y nada menos- que de tiempo. Tiempo que debe contarse a partir del éxodo, por lo tanto, tiempo ya no sometido a lo cíclico del trabajo esclavo, tan semejante a la cansina circularidad de lo natural. Tiempo que marca un work in progress, el laborioso proceso de construir historia alejándose de la naturaleza. Tiempo, pues, ya no cerrado sobre sí, sino abierto a lo nuevo, a la posibilidad del acontecimiento.

Ya en el siglo XVIII Kant expresa un ideal: que las leyes de la física –necesarias, previsibles, repetitivas- no obturen el desarrollo de las leyes de la ética (la ley moral), ya que el mundo se rige por ambas. Y que, a la postre, las leyes éticas resulten, por obra de los hombres, tan obligatorias y universales como las de la física.

En el judaísmo, cultura del exilio y la partida, las raíces que más importan y nos caracterizan no son las del suelo –no tenemos “sentimiento de autoctonía”,  la idea de ser “nacidos de la tierra” como en las culturas paganas-, sino las de las palabras. Es en el terreno simbólico del lenguaje – ¡lo menos natural que existe!- donde se habla de shorashim, raíces, esas tres letras de cada familia de palabras que proveen la base para un despliegue interminable de significaciones. Y justamente, lo que el pueblo recibe al final de esos días de la cuenta, es la Torá: un don hecho de palabras. A las primicias de la tierra, IHVH (la historia, la cultura) responde con la primicia de la Ley. El tránsito entonces queda más claro: hemos sido “arrancados” del estado bruto y deshumanizado de la esclavitud para –luego de un arduo recorrido- acceder a la posibilidad de apropiarnos del tiempo y hacer algo productivo con él. De la labor a la acción. Hemos dejado atrás –como Adán, creado del polvo de la tierra pero dotado de lenguaje- el “estado de naturaleza” para devenir seres hablantes/legales. Eso, y no otra cosa, es el pasaje del paganismo al monoteísmo.

Por eso, cada año se vuelve a contar: porque una y otra vez, incesantemente, es preciso resignificarnos, “cocinar” nuestro carácter biológico en el fuego transformador de la cultura, traducir nuestras pulsiones al idioma de lo social y lo político. Tiempo que vuelve a ser contado pero no a la manera de lo cíclico, sino de la apertura a lo nuevo. Tiempo del acontecimiento. Es que, como dice Walter Benjamin, para el judaísmo importa más el futuro que el pasado, pues “cada segundo es la puerta por donde puede entrar el Mesías”.

Autora: Diana Sperling, Filosofa.

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