PARASHAT VAERÁ: La falta de escucha que esclaviza

ו לָכֵן אֱמֹר לִבְנֵי-יִשְׂרָאֵל, אֲנִי יְהוָה, וְהוֹצֵאתִי אֶתְכֶם מִתַּחַת סִבְלֹת מִצְרַיִם, וְהִצַּלְתִּי אֶתְכֶם מֵעֲבֹדָתָם; וְגָאַלְתִּי אֶתְכֶם בִּזְרוֹעַ נְטוּיָה, וּבִשְׁפָטִים גְּדֹלִים. ז וְלָקַחְתִּי אֶתְכֶם לִי לְעָם, וְהָיִיתִי לָכֶם לֵאלֹהִים; וִידַעְתֶּם, כִּי אֲנִי יְהוָה אֱלֹהֵיכֶם, הַמּוֹצִיא אֶתְכֶם, מִתַּחַת סִבְלוֹת מִצְרָיִם. ח וְהֵבֵאתִי אֶתְכֶם, אֶל-הָאָרֶץ, אֲשֶׁר נָשָׂאתִי אֶת-יָדִי, לָתֵת אֹתָהּ לְאַבְרָהָם לְיִצְחָק וּלְיַעֲקֹב; וְנָתַתִּי אֹתָהּ לָכֶם מוֹרָשָׁה, אֲנִי יְהוָה. ט וַיְדַבֵּר מֹשֶׁה כֵּן, אֶל-בְּנֵי יִשְׂרָאֵל; וְלֹא שָׁמְעוּ, אֶל-מֹשֶׁה, מִקֹּצֶר רוּחַ, וּמֵעֲבֹדָה קָשָׁה.

«Por tanto, di a los Hijos de Israel: “Yo soy el Eterno. Yo os sacaré de debajo de las cargas de Egipto
y os salvaré de su esclavitud. Os redimiré con brazo extendido y con grandes actos justicieros. Os tomaré como pueblo Mío, y Yo seré vuestro Dios.
Vosotros sabréis que Yo soy el Eterno vuestro Dios que os libra de las cargas de Egipto. Yo os llevaré a la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Itzjak y a Iaakov. Yo os la daré en posesión. Yo el Eterno.”
De esta manera habló Moshé a los Hijos de Israel, pero ellos no escucharon a Moshé, a causa de la angustia de ánimo y del duro trabajo.»
Shemot-Éxodo VI:6-9

Dios es el que habla. Dios es el que promete. Y con lujo de detalles le relata al pueblo de Israel cómo serán salvados de 400 años de esclavitud y opresión. Y no sólo eso sino que adelanta el futuro: serán tomados como pueblo suyo y llevados a la tierra de la promesa, juramento que le hiciera a nuestros patriarcas. ¿Qué más se podía pedir? Sin embargo este pasaje de parashat Vaerá culmina con una situación para nosotros imposible de ser imaginada. El pueblo de Israel no escuchó a Moshé y luego el texto explica: por causa de angustia de ánimo, kotzer ruaj, un espíritu empequeñecido y avodá kashá, trabajo duro.

Pero ésta no es la única alusión a la escucha que hace esta parashá. Avancemos en la lectura, cuando Moshé le habla a Dios y dice: “He aquí que los Hijos de Israel no me escucharon, ¿cómo entonces me escuchará Paró?” (Shmot-Éxodo 6:12). A lo que Dios contesta: “Paró no les escuchará, y entonces pondré mi mano sobre Egipto… y sabrán los egipcios que Yo soy el Eterno” (Shmot-Éxodo 7:4-5). Entonces vendrían las plagas, el ataque masivo de fenómenos inusuales de la naturaleza que terminaron con lo que para muchos de nosotros es inexplicable, como la muerte de los hijos primogénitos.

El pueblo, el esclavizado, no escucha. Paró, el esclavizador, no escucha. El resultado: las plagas.

¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Dios no podría haberlos liberado sin alocuciones ni anuncios previos? ¿No podría, acaso, haber torcido la voluntad del Faraón sin necesidad de ser escuchado? Aquí hay algo más que califica a la redención, a la de los hijos de Israel entonces y a la nuestra, en cada generación.

La falta de escucha esclaviza y nos esclaviza.

Y la libertad deviene de la capacidad de escuchar.

Pensemos en el primer párrafo: no pudieron escuchar por el espíritu empequeñecido y por el trabajo duro. ¿Les es familiar? Tanto trabajo, tantas horas extras, tanto tiempo fuera del horario laboral hablando por teléfono sobre trabajo, tanto tiempo de familia destinado al trabajo, tanta avidez de tener siempre más a costa de… nuestra libertad. Y la alienación tiene entre sus múltiples consecuencias, el empequeñecimiento del espíritu. Porque la gula por lo material ocupa todos aquellos espacios que debiéramos destinarlos al espíritu. Y cuando digo espíritu no me refiero a experiencias religiosas exclusivamente –que tan necesarias son a mi criterio–. Sino a aquellos momentos que no se miden en números sino en intensidades: tiempos con los hijos, lecturas placenteras, salidas con amigos, espacios para nuestras parejas, celebraciones y festejos, ejercicios físicos, estudiar algo nuevo, viajar, volver a leer poesía… y para eso se necesita tiempo y espacio que nos lo toma el trabajo. Porque si para todas estas actividades destinamos sólo el tiempo sobrante, probablemente sean un estorbo. A eso se le llama esclavitud. A la incapacidad de escuchar lo trascendente que nos depara la vida, a la sordera frente a las palabras significativas de los que nos quieren, a la cerrazón de elegir una vida que no sea sólo la productividad y la acumulación. En nuestra parashá no pudieron escuchar ni siquiera a Dios que les prometía la salvación. En nuestro tiempo, cuántas veces no podemos escuchar ni siquiera a los que tenemos cerca, que nos ofrecen espacios de libertad, de amor, de dedicación. Es más, ni siquiera sabemos escucharnos a nosotros mismos, y lo peor de todo es que creemos que ¡hemos alcanzado el éxito!

Quienes están del lado del Faraón, también sufren de esta incapacidad. Cuando establecemos relaciones esclavizantes es cuando dejamos de escuchar y negamos el derecho del otro a ser sujeto, a recibir buen trato, buena paga, en caso de ser nuestros empleados.

Ambos, esclavizadores y esclavos, son víctimas del mismo sistema, ambos presos, sordos, sumidos en su propio proyecto, a tal punto que no pueden vislumbrar la salida.

El resultado: las plagas; la confusión, la destrucción, la muerte, aún de lo que más queremos. Y luego, el arrepentimiento, muchas veces tarde por haber elegido una vida pequeña creyendo que éramos los más grandes.

Emmanuel Levinas en su libro “Difícil libertad” señala que el judaísmo no creó una religión, sino una ética que es anterior, antecede y se antepone a la filosofía, porque se trata de un saber que no proviene del conocimiento, sino de una sabiduría que emana del reconocimiento del «Otro».

Y cuando hay “Otro” es porque decidimos escuchar, abrir nuestras cerrazones y hacerle lugar. Y cuando hay otro, que me convoca a una actitud de responsabilidad hacia él, hay libertad. Sólo así podremos salir de Egipto.

Estamos a tiempo. Abramos nuestras almas para escuchar y escucharnos. Aún podemos detener la plaga.

Shabat shalóm,

Rabina Silvina Chemen