PARASHAT BEHAALOTEJA: Una luz en el camino

Parashat Behaaloteja comenta, entre varios temas, las instrucciones que Dios le da a Moshé sobre los procedimientos para los viajes y campamentos que Israel va a tener durante su travesía en el desierto.

El segundo mes, del segundo año desde la salida de Egipto, la nube que representaba la presencia de Dios se levanta del campamento siendo ésta la señal para moverse a otro destino: el desierto de Parán. En este contexto aparece el famoso cántico que entonamos cada vez que abrimos el Arón Hakodesh, el Arca Sagrada, y tomamos la Torá en nuestras manos.

  וַיְהִי בִּנְסֹעַ הָאָרֹן, וַיֹּאמֶר מֹשֶׁהקוּמָה יְהוָה, וְיָפֻצוּ אֹיְבֶיךָ, וְיָנֻסוּ מְשַׂנְאֶיךָ, מִפָּנֶיךָ.   וּבְנֻחֹה, יֹאמַרשׁוּבָה יְהוָה, רִבְבוֹת אַלְפֵי יִשְׂרָאֵל.

 “Y fue así que al partir el arca, decía Moshé: ‘¡Levántate, Adonai, y sean disipados Tus enemigos, y huyan delante de Ti los que te aborrecen!’ Y cuando ella asentaba, decía: ‘¡Vuélvete, oh Señor, a los millares de los millares de Israel!’» (Bemidbar 10:35-36)

No sería del todo extraño este texto a no ser porque en el rollo de la Torá aparece entre “dos corchetes”, dos letras “nun” invertidas que le hacen de marco. Como si el escriba hubiera querido dar un mensaje especial sobre este texto.

En el Tratado Shabat del Talmud Babilónico, los rabinos nos enseñan: “El Santo Bendito hacía marcas especiales por encima y por debajo de este pasaje para decir que este pasaje no debía estar allí”.

Esto se explica diciendo que este pasaje debía aparecer en otro lugar de la Torá donde su significado sea más pertinente y en otro lugar de la Mishná explican algo distinto: que este pasaje era un libro en sí mismo de la Torá.

Lo que se preguntan es: ¿qué tiene de especial este texto para ser separado del resto?

El Talmud declara: “Con el fin de proporcionar una partición entre el primer castigo y el segundo castigo.”

Sigue siendo un enigma para nosotros. Veamos cómo se lo explica:

El primer castigo se refiere al versículo que precede a la primera nun invertida. Allí dice la Torá: “De manera que partieron del monte de Adonai” (Bemidbar 10:33). Y en el Talmud, Rabí Jama ben Rabí Janina interpretó este versículo como si el pueblo de Israel se hubiera arrepentido de estar allí y quiso alejarse de Dios.

Y por el segundo castigo se comprende lo que ocurrirá inmediatamente después de la segunda nun invertida, donde leeremos que el pueblo de Israel se quejará amargamente (Bemidbar 11:1).

Nuestros sabios creen que el texto que estamos estudiando, por su contenido, debía quedar separado de dos errores cometidos por el pueblo.

Y el Talmud continúa explicando que cuando los errores y las malas decisiones hayan desparecido, este texto volverá a su correcto lugar. Como si estuviera diciendo que en un relato de equivocaciones y sinsabores, hubo que “insertar” un poco de luz para poder continuar leyendo.

Y aquí me parece que se encierra una gran enseñanza:

Para poder tolerar el dolor, para afrontar los errores, para educar hijos en momentos difíciles, en nuestros días para superar la confusión que nos provoca el aislamiento por la pandemia; focalizar sólo en los relatos de la dificultad y la sombra no nos permite encarar lo que nos pasa cabalmente. Necesitamos también traer un poco de luz, como la que simboliza el Arón Hakodesh. Cuando contamos nuestras vidas, muchos tendemos a hacer largos listados de los fracasos, de los sinsabores. El que nos escucha se agobia y nosotros vamos construyendo un relato de nosotros mismos también agobiante y sin salida. Cuando hablamos de la situación social y de la realidad que vivimos, es común escuchar los discursos de la crisis y la derrota. Y hay cierto goce en esa presentación de la vida como un gran infortunio.

El pueblo de Israel tenía sobradas experiencias de equivocaciones. Sin embargo los que compilaron la Torá (o el mismo Dios para los que así lo creen) decidieron enseñarnos que es intolerable compartir un relato sólo de fracasos y errores. También tenemos que hablar de los momentos y los espacios sagrados, aquellos que nos dan luz y esperanza.

Ahora, la pregunta que surge es: ¿por qué se eligió este pasaje para hacer esta separación?

Si uno lee unos versículos antes, cuando se habla de cómo marcharía el pueblo de Israel está escrito: “por orden del Señor los hijos de Israel se ponían en marcha, y por orden del Señor acampaban”. (Bemidbar 9:18)

Y cuando vamos a nuestro texto en cuestión dice: “decía Moshé: “Levántate, Adonai…”

¿Es Dios quién indica el inicio de la marcha? ¿Moshé le dice a Dios que se levante? ¿Qué hay detrás de esta aparente contradicción?

Y quizás las cosas no sean tan tajantes.

Hay voluntad de Dios y hay voluntad del hombre para que la marcha hacia la promesa sea una realidad.

No todo puede suceder desde el cielo y tampoco creamos que sin el cielo nosotros podremos obtenerlo todo.

Ambas dimensiones se implican: nosotros y el Creador.

Fíjense: todos los milagros en la Torá están precedidos por una acción humana:

Moshé y la partición del mar.

Moshé y el suministro de agua.

Eliahu cuando resucita a un niño.

Aharón y Moshé ante el Faraón.

Nunca nos percatamos que lo que llamamos milagroso es la segunda parte de una acción que viene desde nosotros mismos.

Uno podría decir, casi heréticamente, que no hay milagro sin nosotros. No se movía el pueblo si Moshé no levantaba el arca. Las luces de la Menorá en el Templo no se hubieran reeencendido si los macabeos no hubieran irrumpido y encontrado esa vasija de aceite entre los restos profanados del Santuario.

Y esto me lleva a pensar nuestro tiempo. ¿Quién es el que nos mueve? ¿Somos nosotros o es otro que decide hacia dónde vamos? ¿Otro como el status, la masa, la globalización, que nos hacen puros espectadores de un tiempo al que después le reclamamos no darnos lo que nos merecemos?

Y en este sentido, pensando en esta parashá y su enseñanza, y pensando en este tiempo y sus enseñanzas uno podría decir: cuanto más esperamos que suceda menos vivimos. Cuanto más exigimos del afuera, menos comprendemos nuestra existencia, nuestro deseo y nuestro potencia. Cuanto más pasivos nos convierten los medios de comunicación, menos recursos generamos hacia nosotros mismos. Nos creemos perfectamente ubicados y muchas veces no estamos en ningún lugar.

Hoy en día vivimos casi asfixiados entre discursos de muerte, estadísticas de enfermedades y tirones de odio y desconfianza.

Necesitamos un respiro para curarnos: del virus de afuera y de lo que enferman las cataratas de discursos sin salida.

Necesitamos volver a tener la experiencia de un Arca que se abre, de una ventana que permita una bocanada de aire fresco, una puerta que nos permita cruzar un umbral, de la desesperanza; un cerrojo que pueda llegar a encontrar su llave.

Necesitamos volver a pronunciar palabras propias. Y recuperar la mirada. Estamos rodeados de buenos motivos para hacer el intento.

Shabat Shalóm,

Rabina Silvina Chemen